Biografía
Fernando Vanegas, San
Cristóbal - Táchira, 1993. Ganador del primer y segundo lugar del
concurso estadal juvenil de cuentos (Táchira, 2010) con Tulipanes Rojos y
Cuestión de Tarot y Persuasión, respectivamente. Es integrante y
cofundador, junto a Jesús Montoya y Josué Calderón, del colectivo de
poesía experimental Los Hijos del Lápiz, con quienes escribió "Once
poemas en los cuadernos de noviembre" (2011), poemario ganador del
primer lugar a nivel estadal del concurso Explosión Cultural
Bicentenaria y merecedor del tercer lugar a nivel nacional del mismo,
mención Literatura (Caracas, 2011). Actualmente es estudiante de Español
y Literatura en la Universidad de Los Andes, núcleo Táchira.
Noviembre uno
Lo que he hecho, sea lo que sea, me
pertenece.
Charles Bukowski.
—Allá hay algo, al otro
lado, no sé qué es pero hay algo,
créanme, yo lo he visto.
*
El primer lunes de noviembre hizo un calor inusual. Esa
mañana desperté con los síntomas típicos de una gripe y para no arriesgarme
decidí quedarme en cama por el resto del día; de cualquier forma afuera no había
nadie esperándome. Me gusta creer que hay alguien esperándome afuera los lunes
por la mañana, me da algo de fuerza para empezar la semana. Nunca he sido un
hombre fuerte, nunca he sido un hombre, me basta con ser yo a las 7:30 sin
importar lo que eso implique. Me sobrepuse del malestar, saqué algo de dinero
de abajo del colchón ortopédico y fui caminando hasta el supermercado de la
esquina a comprar cigarrillos. En el camino tropecé con un anciano que decía
ser ciego y pedía dinero a las personas que pasaban por ahí; aun siendo ciego
atinó con mucha precisión el instante en el que yo pasaba a su lado y de
inmediato volteó con una sonrisa dibujada en los labios:
—Una limosna para un desamparado —me dijo.
—Yo estoy más desamparado que usted, créame —le respondí.
De regreso a casa decidí pasar por la farmacia y preguntar
por algo que aliviara mi malestar. Un tipo
con una bata blanca me dijo que lo único que podía darme era un frasco
de pastillas para dormir que me ayudarían a pasar el mal rato soñando. Me dije que al menos así ahorraría algunos
cigarrillos y compré el frasco de somníferos. De camino encendí el primero, no
fui capaz con el humo que junto a la gripe hicieron un infierno con mi garganta
así que se lo di al anciano que seguía pidiendo limosna y este me lo agradeció
guiñándome un ojo. Qué buen ciego resultó ser ese hombrecito.
En la televisión un hombre gordo con el cabello hasta los
hombros estaba a punto de responder una pregunta que le haría ganar todo el dinero
de todos los mundos. Respondió, se equivocó, perdió. Yo seguía teniendo gripe y
él seguía siendo un hombre gordo con el cabello hasta los hombros. Las
preguntas hay que saborearlas bien, no sea que uno se equivoque y empiece a
llorar en televisión nacional.
Probé con otro cigarrillo, todo seguía igual. Maldita sea
desperdiciar otro cigarrillo. Me tiré en la cama, abrí
el frasco de somníferos y me eché un par en la boca, las tragué sin agua,
siempre he creído que tomar pastillas con agua es de maricas y de todos modos
no tenía agua en la nevera, así que adentro, queridas. El calor se coló en la
habitación y se metió en la cama conmigo, el cielo raso estaba lleno de manchas
amarillas de humedad, con los ojos empecé a dibujar sobre ellas formas y
rostros, un payaso, un tiburón, una especie de triángulo ebrio que se
balanceaba sobre una cabeza calva, la clase de cosas que uno dibuja cuando
tiene gripe. No podía dormir, el sueño, el triángulo ebrio, la gripe, los
cigarrillos, todos se turnaban para mantener mi cabeza en una eterna duermevela,
una náusea perfecta que mantenía bajo control el efecto de las pastillas y me
hacía sudar sobre las sábanas. Maldita sea no poder fumarme un cigarrillo, dije,
maldita sea no ganar todo el dinero de todos los mundos, diría un hombre gordo
con el cabello hasta los hombros.
Así, medio riendo, medio llorando, enfermo y odiando al
anciano que se fumó uno de mis cigarrillos, entendí que la ripe que tenía
necesitaba más para darse por vencida. Un par de pastillas, suficientes para
dejar a los tiburones en el océano y a los payasos en el circo, para que los
triángulos sean solamente triángulos, para dejar de sentir el infierno en la
garganta y empezar a volar, un par más para convertirme en un pedazo de aire,
para llegar más alto y dejar de sentir esta maldita gripe de lunes por la
mañana, un par más para soñar, para empezar a cerrar los ojos y no despertar.
Maldita suerte, malditos pasos apresurados que atraviesan la noche que me cae
encima.
Cuando abrí los ojos aún quedaba calle, estaba desnudo,
estaba corriendo. No recordaba por qué corría, no importaba recordar, solo
importaba correr; ellos no sabían por qué me perseguían, no importaba saber, solo
importaba perseguir. Quedaban atrás la ciudad y las veredas, quedaba atrás la
noche que se tragaba todo a su paso, la más oscura de las noches que pueda
recordar, pero yo no recordaba, solamente corría. No era media noche. El reloj
de la catedral se veía borroso y aun así sabía que no era media noche, la media
noche se esconde en el reloj cuando los hombres no son capaces de recordar. No
podía detenerme, mis pies mantenían el paso de la huida. Sus voces eran una,
una que se confundía con el latido de mi corazón, una sola voz que yo no era
capaz de entender. Me estaban gritando o quizá era yo quien gritaba, los gritos
se alzaban y se perdían antes de decir nada. Lo importante es correr, lo importante es escapar. En cualquier
momento se acabaría todo; ellos querían atraparme y meterse en sus camas a
pensar en las noches del pasado, noches llenas de hombres corriendo, de
pequeñas manchas negras que gritaban de dolor atrapadas en el presente, ellos
querían soñar y recordar, pero corríamos, todos corríamos. Era yo quien
escapaba, nadie más que yo era capaz de huir por siempre, solamente yo era
capaz de saber que había algo al final y que las cosas estaban mal, pero que
así debía ser. Sigue corriendo, me
decía alguien al oído, sigue corriendo
que aún hay camino, sigue corriendo y un
día serás libre. No pensaba detenerme. Las esquinas estaban llenas de
murmullos, de voces de hombres, sigue corriendo
hasta que amanezca y serás libre. Al final de la noche estaba ella, una
chica, no podía verla pero allí estaba. Pensé en esa chica, en mi chica, quise
besarla, decirle que ella era libre, que no corriera, que todo estaba bien. ¿Dónde
está mi chica? Quisiera decirle que me persiguen y que tengo que huir, que no
se rinda, que un día lograré alcanzarla y quiero que ella me espere, pero sus
labios se convierten en una mueca y quiero olvidarla. No podía recordar, no
podía olvidar, podía gritar y sentir en mi boca el sabor del vómito, de la
desesperación, podía sentir en mis labios el sudor salado que bañaba mis manos,
el sudor que dejaba tirado en la calle como testigo de que un día busqué la
libertad aun si saber qué haría con ella. Nadie en las calles, nadie en las
aceras, solamente ellos y yo, solamente la calle que se extendía más allá de mi
memoria, más allá de la luz de los postes, de las noches de borrachera, más
allá de las ambulancias y los suicidios, más allá de nosotros y la libertad,
llevando consigo el olvido que se me negaba, solamente la promesa de la silueta
de esa chica cuando se rompiera la noche. Sentía cómo la lluvia caía sobre mi
espalda, también caía la luz y cayeron mis ojos. La distancia entre ellos y yo
desaparecía, corrí más rápido, más fuerte, más lejos. Lloré por los recuerdos
perdidos, por mi chica perdida y por ellos, hombres tristes condenados a
correr. Adiós a la media noche que se negó a llegar y a los dueños de las voces
susurrantes en mi oído. Seguí corriendo, sin olvidar, sin recordar, sintiendo
por primera vez miedo, miedo a dejar de ser yo, a olvidar que debía correr, a
detenerme, miedo al cansancio, miedo a rendirme, a no saber jamás por qué
corría. Mis ojos quedaron atrás, no podía ver nada. Seguí corriendo y ellos
siguieron persiguiéndome, siendo tan míos como era yo de ellos, sabiendo que
nos pertenecíamos mientras durara la calle, mientras durara el sueño, mientras
llegara el amanecer, sonriendo ellos y sonriendo yo, dejando atrás la ciudad, y
la oscuridad, y a mi chica…
— ¡Se salvó! —decía una enfermera sonriente— ¡Se salvó,
el maldito se salvó!
Llegó un doctor y me puso un estetoscopio en el pecho.
—Sí, se salvó.
—Me salvé —les dije yo.
Vino un sacerdote, un policía y un abogado. Luego de un
rato logré convencerlos de que aquí nadie se quería morir y todo bien, cada
quien a su casa. Estaba a punto de marcharme cuando la enfermera sonriente me
llamó y me dijo: siéntese aquí un momento. Me senté, soy un todo un caballero y
ella era toda una dama, con toda una falda corta de enfermera sonriente. Al
rato regresó y se sentó frente a mí:
—¿Sabe qué pasó dos minutos en los que se le declaró
muerto? —preguntó.
—Allá hay algo, al otro lado, no sé qué es pero hay algo, créame, yo lo he visto —le
susurré al oído.
Revisé el récipe que me había dado la enfermera con su
número de teléfono, tomé un taxi y me fui a casa.
Adiós gripe, fue un placer. Me recosté en la cama y quise
recordar, recordar los dos minutos de muerte, de cielo, de infierno, y recordé
los pasos, recordé una silueta de mujer al final de una calle. Busqué el récipe
en los bolsillos de mi pantalón, lo encontré entre un puñado de cigarrillos
mojados, no hay nada más triste que un cigarrillo mojado, los tiré a la basura
y llamé a la enfermera sonriente:
—Creo que vi a una mujer, y era guapa.
—¿Seguro?
—Era de verdad guapa.
—De seguro era yo, ya sabes.
—De seguro —y colgué.
El domingo decidí ir a la iglesia, a misa. Luego de un
buen rato de estar sentado en las escaleras, entré. Un sacerdote con el cabello
totalmente encanecido estaba despidiendo a unos jovencitos. Me acerqué:
—Yo soy un hombre que no cree en Dios, padre —le dije.
—Yo soy un hombre que sí —respondió amablemente.
Le conté mi primer lunes de noviembre, él escuchó con
atención, a veces me pedía que le explicara algo, que por qué tiburones, que
por qué no tenía agua, al final le dije:
—Padre, allá hay algo, al otro lado, no sé qué es pero hay
algo, créame, yo lo he visto.
—Hijo, Dios tiene muchas formas.
—Dios no tiene una silueta tan bonita, padre.
Quería saber y ese padre no sabía, mi enfermera no sabía,
nadie sabía, maldita sea no saber.
Caminé por una calle, me metí a un café, fumé tres cigarrillos,
vi los pechos de tres mujeres y regresé a
casa. La habitación seguía siendo tan chica como siempre, no había agua, en el
periódico aparecía la fotografía de un hombre gordo con el cabello hasta los
hombros que se había volado la cabeza de
un balazo y había dejado una nota que decía “Me mato porque no supe.” —¡Qué
tipo tan loco!—, le dije a la fotografía. Me acosté un rato, dormí, desperté,
me fumé un cigarrillo y volví a dormir, soñé con un hombre que tenía una flor
amarilla en la solapa de su chaqueta y decía que todos los hombres eran
ángeles. —Mierda— pensé. Abrí el frasco y acabé con todas las
pastillas.
Cuando desperté estaba amarrado en una camilla dentro de
un hospital psiquiátrico.
—Estás jodido —me dijo una enfermera que no sonreía.
—Estoy jodido.
— ¿Por qué lo hizo? —preguntó.
—Casi me mato porque no supe, y sigo sin saber —dije yo.
*
El segundo lunes de noviembre fue un día caluroso, como
es usual. Desperté temprano y fui a mi consulta matutina luego de desayunar. Me
senté en el diván frente al doctor:
—Allá hay algo, al
otro lado, no sé qué es pero hay algo, créame, yo lo he visto, dos veces —le dije sonriendo.

María Gabriela Maseda
ResponderEliminarBien narrado, el tema de la muerte siempre es interesante, principalmente por lo que muchas personas opinan al respecto, y la inquietud y curiosidad de tu personaje se entiende. Atrae la atención del lector, porque tiene aspectos de la viaa real, mezclado con la curiosidad más básica de querer saber qué hay más allá.
Me gustó el jueguito del otro mundo con el más acá. En esos viajes con retorno entre inconciencia y realidad seguramente veremos ese algo, al otro lado...
ResponderEliminarumm qye hay mas aya... hay esooo... o auquello o tal vez un poco de esto... muy buena narrativaa
ResponderEliminarMe gustan más tus poemas.
ResponderEliminarPor cierto, que muchacho pa' simpático y mirada buenmoza hoho :3
Me gustó la estructura del cuento, el tema es muy interesante y supiste desarrollarlo.
ResponderEliminarVanessa Pérez.
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarme gusta mucho las personas que utilizan situaciones y palabras diferentes, para darle un enfoque distinto a una misma realidad de las cosas.
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