Biografía
Francisco Hernández, Nativo de la Península de
Paraguaná bajo la luna menguante del antaño agosto del 92, próximo licenciado
en artes y etimólogo de corazón, lector empedernido y compulsivo, que encontró
en la poesía un medio de desahogo y comprensión, junto a la artesanía que
practico con devoción, amante de la
naturaleza y sus misterios, así como de la luna y sus secretos, agnóstico por religión y degustador de vinos
por diversión.
Historia
de una Venganza.
“La sociedad apesta,
La humanidad apesta,
Todo apesta,
Debería acecinarlos a varios
Y así librar a este mundo de
tantas bacterias,
Llenar las cañerías con su
sangre
Y borrarlos para siempre de
la faz de la tierra”;
Estos son los pensamientos
con los que siempre se despierta Juan Martínez, joven de 24 años que está
cansado por el abuso de esta sociedad, esa sociedad corruptiva y caprichosa,
que solo piensa en el beneficio propio y no colectivo.
Él, día a día va imaginando el
plan para cumplir sus pensamientos e ideas narcisistas y egocéntricas, pasa
horas y horas planeando el momento para atacar a su primera presa, porque claro
está, no es a una sola persona a la que quiere lastimar.
6 am, hora en la que siempre
se levanta Juan, desayuna, se baña y viste para salir a caminar por la urbe y
tratar de encontrar a su primer objetivo, El Alcalde de su Ciudad, el cree que asaltando
a este podrá saciar su sed de venganza, por un tiempo.
Un día muy soleado y tedioso se encuentra al
cruzar la puerta de su casa, que casualmente queda a pocas cuadras de la Alcaldía,
camina par de cuadras sin mirar a nadie, sin hablar con nadie, ya que le tiene
pavor a las personas, siempre con las manos dentro de su sweater negro, que usa
aun con tanto calor, pasa incontables veces por el frente de la puerta, horas,
minutos, segundos pasan pero nunca entra, la gente empieza a sospechar de él, aun
no llega el momento en que se arme de valor y entre a enfrentar a su presa,
¿Pero a quien coño se le ocurre atacar a un Alcalde en su propia Alcaldía?.
Se resigna, y decide tomar
el bus y dirigirse a la universidad,
aunque hace muchos semestres atrás que dejo de estudiar, por culpa de un
chico que lo ataco y golpeo por bastante tiempo y como quiere saciar su sed de
venganza y las ganas de ver correr sangre, quiere ir y atacar a su victimario.
El chico lleva por nombre
Leonardo, que por cierto, es el hijo prodigio del Alcalde, es el típico chico
deportista y con mojones por cerebro, con padres que le dieron todo y nunca
tuvo que sudarse ni un par de medias, que cree que humillando y golpeando a los
demás atraerá chicas y amigos. Juan no es el único del cual ha abusado, en su
lista hay decenas de chicos golpeados, ya que su conducta agresiva convive con
él desde antes del bachillerato.
Cuando Juan empezó las
clases en la universidad, aun existía la “tradición del bautizo de los nuevos”,
que antes solo llegaba al extremo de mojar con globos de agua a los alumnos
dentro de su propia aula. Pero Leonardo se lleno de ira, cuando, al ver a Juan
que no corría, que no grita como los demás, que no le importaba ser mojado, ser
humillado, ya que por toda su vida lo habían hecho, así que decidió enfrentar y
golpear al pobre joven cabizbajo, callado.
Lo jalo por el pelo y
arrastro desde el aula hasta la plazoleta central, lo golpeo y golpeo hasta
prácticamente hacer un riachuelo de sangre que llegaba hasta los arboles. Nadie
hiso el intento de parar a Leonardo, nadie intento defender a Juan, nadie movió
un musculo, solo se quedaron allí, mirando morbosamente, el cómo le destrozaban
la cara, el cómo lo humillaban por ser un simple chico. Solo por el capricho de
un niñato rico, hijo de un Alcalde, no le daba el derecho ni el poder para
destrozarle el rostro a otro, nadie en realidad tiene ese derecho.
Golpes venían, golpes se
iban, a Juan no le quedaban fuerzas ni para levantar los brazos por la magnitud
de la golpiza. La pelea, o mejor dicho, la masacre duro hasta que Leonardo se
canso de dar golpes; Duro mucho, ya que el deportista inflado de testosterona
en su amplia gama de “disciplinas” practicaba el boxeo. Al terminar del golpear
al “friki”, Leo se fue con su frente en alta y su orgullo aun mas arriba, su
camisa manchada por la sangre de aquel chico, del cual ni el nombre conocía.
Todos se fueron atrás de
aquel hombre arrecho, de aquel que golpeo y desfiguro a un chico en la
universidad. Solo una joven, muy parecida a Juan, se quedo con él, lo ayudo a
levantarse y lo llevo al hospital, lo cuido por un par de días, pero luego no
volvió más, como si la tierra se la fuera tragado. El pobre Juan pasó semanas
hospitalizado, por la cantidad de herida que le había causado aquel “hombre
arrecho”, costillas quebradas, tabique partido, mandíbula rota, hombros
dislocados, y varias heridas mas, que tardaron en sanar.
Lo extraño del caso no es
tanto la joven que misteriosamente no volvió más, sino que, no se encontraba en
un hospital público, en realidad estaba en una clínica, la cual una persona
anónima, pago toda su estadía allí. Juan nunca supo quien pago todo eso, ni se
molesto en averiguarlo, al salir de la clínica, se fue directo a su casa, tomo
su lista negra, y coloco como segundo objetivo a Leonardo Cyrano, el primero en
su lista era el Alcalde Leopoldo Cyrano padre del segundo, que hace muchos años
atrás, antes de entrar en el mundo corrupto de la política, mato al padre de
Juan, por mero capricho.
Al llegar a la universidad,
después de tanto años, Juan nota que han habidos muchos cambios, pero
prácticamente, sabe dónde queda todo, sabe a dónde tiene que ir, se conoce el
horario de memoria. Camina entre varios pasillos hasta llegar al aula que
estaba buscando. En el marco de la puesta se puede leer un letrero que dice: “Aula
G5”. Juan entra como si siempre ha estudiado allí, levanta la cara y empieza a
buscar ese rostro que se quedo marcado en su memoria.
Al mismo tiempo Leo levanta
la cara, lo ve, lo detalla, sabe que en algún momento de su vida ha visto esa
mirada cabizbaja. Lo reconoce, sale disparado como una bala en dirección a la
puerta y grita:
-
Vaya que tienes bolas para
volver aquí después de tantos años.
Juan no le responde, solo lo
mira a los ojos con odio, con rencor.
-
Quieres que te vuelva a
golpear, que te vuelva a humillar, por mi no hay problema, eso me da placer,
ese placer que ninguna mujer me puede dar, ver tu sangre correr aquel día me
excito.
Juan no respondió, solo lo
miro. Nadie dijo nada, ya que por ser el hijo del Alcalde tenía como una libertad
de decir y hacer lo que le diera la gana, su padre siempre lo tapaba con
abogados y mucho dinero.
-
Esta vez no está “Ella” para
ayudarte y llevarte al hospital.
Le decía leo en el oído
mientras lo agarraba por el pelo y se lo llevaba consigo, Juan se dejo llevar,
eso sí, sin nunca sacar las manos del sweater negro. Leonardo lo monto en su
auto, un Audi último modelo color rojo iridiscente, que le regalo su padre en
su cumpleaños. Piso el acelerador como si fuera un conductor de formula 1,
condujo un largo rato, hasta alejarse de la ciudad, pensaba probar que se
siente matar a una persona, pero por su mente nunca se cruzo que el muerto aquí
seria él.
-
Hoy te matare y me bañare en
tu sangre, nadie nunca sabrá que paso, mi padre se encargara de borrar todo,
además, quien se preocuparía por un estúpido como tú, ni siquiera tus padres
están vivos - decía Leo – Te matare lentamente, esta vez no dejare de golpearte
hasta tu ultimo respiro.
Llegaron a un lugar alejado,
a unos cuantos kilómetros de la carreta, sin ningún rastro de civilización, Leo
baja todo eufórico por la emoción, Juan se queda esperando el momento en que su
“victimario” le abra la puerta. Leo tira la puerta con fuerza, le da la vuelta
al carro por delante y nunca deja de mirar la cara de su “victima”. Juan lo
mira fijamente, esta vez no tiene miedo, está seguro, aprieta su mano derecha
dentro del sweater, como si apretara algo con fuerza. Leo llega a su puerta, la
abre y por lo menos tiene la decencia de decirle que se baje el mismo.
-
¡Bájate pues! – gritaba Leo
– ¡Bájate que te matare!
Juan observando el lugar,
callado, se baja y cierra la puerta, sube la cara y mira fijamente a su
víctima. Leo lo mira, sonríe macabramente y dice:
-
¿Estás listo para morir?,
Bueno, debes estarlo, porque de otro modo no fueras ido a buscarme.
Juan no dice nada, callado
como siempre, sin ningún gesto en su cara. Leo da par de pasos rápidos y se
acerca lo suficiente para golpear a Juan, pero él hace un movimiento aun mas
rápido, lo esquiva, saca el puñal que tenía guardado en su sweater y lo puñalea
3 veces, uno en el nivel del tórax que le perfora el pulmón derecho, otro al
nivel del abdomen que le perfora el estomago y el ultimo al nivel lumbar que le
perfora la medula espinal. El último golpe tumba a Leonardo y lo deja tirado en
el suelo.
Juan le da la vuelta a Leo,
lo pone boca arriba, lo mira fijamente a los ojos, se acerca a su oído y le
susurra sádicamente:
-
Dime: ¿Qué se siente?, ¿En
verdad pensaste que no haría nada?, ¿Que me quedaría callado mientras me
golpeabas?, - Esta vez era Leo quien no decía nada – No pienses que aun he
terminado, contigo jugare un rato, te cortare parte por parte, hueso por hueso,
miembro por miembro.
La mirada de miedo en el
rostro de Leo era un poema para Juan, era esa mirada con la que había soñado
tantos años. Leo rompió el silencio y grito mientras lloraba:
-
¡Por favor no me mates! ¡Yo
hare lo que tú quieras! ¡Te daré todo el dinero que tú quieras! ¡¿Quieres mi
auto?! ¡¿Quieres mis joyas?! Toma yo te las doy todas.
-
¡Cállate! – gritaba Juan,
mientras se levantaba y se enrollaba las mangas- No quiero tu cochino auto, ni
tu cochino dinero, ni tus estúpidas joyas, eso no me llenara, quiero es ver tu
muerte perpetrada por mis manos, ¡Eso es lo que quiero!
-
¡Por favor no me mates! –
decía Leo – Mi hermanita te salvo la vida, mi padre te pago la clínica, le
debes la vida a ellos.
Juan se acordó de la chica
que lo llevo al hospital, clínica mejor dicho, aunque nunca supo quién era, ni
sabia su nombre ni como era su cara, era la hija del asesino de su padre y
hermana del hombre que medio lo mato.
-
A tu padre no le debo nada,
sino sabias, el mato a mi padre hace muchos años y a tu hermana yo no le pedí
que me salvara, por mi, yo fuera muerto ese día en aquel asqueroso lugar. De
todas maneras, se lo agradeceré matando a vuestro padre.
-
Mi padre sería incapaz de
eso.
-
¡Cállate! Ni tú mismo
conoces a tu propio padre. Mírame a la cara – decía Juan mientras se quitaba la
capucha del sweater – Mira mis cicatrices, te dejare peor, ¡INRECONOSIBLE!
Juan paso horas allí
cortando el cuerpo sin vida de su antiguo victimario, al terminar, metió todo
los pedazos dentro del auto, junto a las ropas que el cargaba y encendió el
auto. Se quedo un rato viendo como se quemaba una parte de su pasado, disfruto
ver como todo se fundía y unía. Al terminar se fue caminando.
Camino por horas, hasta
llegar a un río, se baño y tiño de rojo el agua, por la sangre de aquel hombre
que acababa de asesinar. Al terminar el baño, siguió caminando siguiendo la
dirección del rio, hasta que encontró una cabañita solitaria.
-
¿Qué hace por aquí mijo?,
Esto no es un buen lugar para andar solo, fácilmente se puede perder y morir –
Le decía un viejito que estaba en la cabaña-.
-
Por favor, usted señor
podría decirme cual es el camino para llegar a la ciudad – fue lo único que
dijo Juan- Es que me perdí.
-
Este lugar no es como la
ciudad, aquí te perderás fácilmente si no sabes andar.
El señor muy humildemente le
dijo qué camino seguir. Juan emprendió su recorrido, no sin antes ponerse un
pantalón y una franela que el viejito le regalo. El camino lo llevaba hasta la
carretera que daba hacia la ciudad. Espero hasta que el bus llegara a la parada
y se fue como si nada a su morada.
Juan llega a casa cansado,
se fuma un cigarro, bebe un vaso de ron para calmar la euforia y se acuesta a
dormir sin siquiera quitarse los zapatos. Esa noche soñó con lo que acaba de
hacer.
Se despierta tarde, a pesar
de su costumbre de levantarse temprano, lo primero que llega en su cabeza es
terminar lo que se ha propuesto, quiere ir por Leopoldo, los demás pueden morir
luego. Se levanta de la cama y se va directo al baño, luego a la cocina, cuando
se dispone a comer enciende la tv y mira las noticias:
-
Hayan un carro calcinado a 60
km fuera de la ciudad, se presume que fue algo intencional. – dice el conductor
del noticiero – En otras noticias la desaparición del hijo del Alcalde Leopoldo
Cyrano deja a la ciudad espantada, el último lugar en donde se le vio fue en la
universidad ha eso de las 11 am del día de ayer. Si alguien sabe del paradero
del joven Leonardo Cyrano por favor comunicarse con nosotros o la policía.
Juan se sorprende de que no
hayan relacionado el carro con la muerte de Leo, bueno, aun ni siquiera sabían
que estaba muerto y esto lo aprovecharía para atraer a Leopoldo y llevarlo al
mismo final de su hijo. Pero ese día no seria, tenía que descansar, estaba
cansado de tanto caminar, además, sería muy sospechosos que el padre muera en
menos de 24 horas después del hijo.
Días despues, Juan recibe
una llamada inesperadamente en su teléfono celular, el número que llamaba
estaba restringido, pero igual contesto:
-
¿Aló? Por favor con Juan
-
¿Quién habla?
-
Soy la chica que te llevo a
la clínica hace años atrás
-
Como conseguiste mi número
-
Lo tengo guardado en mi
celular desde ese día, bueno, nunca te escribí porque me fui del país a
estudiar, me quede muchos años y no hice nada, por eso decidí volver, pero al
llegar me entero de la desaparición de mi hermano, quiero hablar con alguien y
creo que tu serias la persona indicada
-
Bueno, puedes venir a mi
casa – debo matarla a ella también, pensaba Juan -
-
Pero no sé dónde queda
-
Ok, ok, te espero en el
centro comercial.
Juan se viste y sale
corriendo a él C.C. y en el trayecto va pensando en cómo matar a esa chica
aunque le haya salvado la vida. Quiere hacer sufrir lo más que puede a
Leopoldo, por haber hecho sufrir a su padre. La chica llega minutos después que
Juan, aunque él no la reconoce, ella sí. Charlan durante horas y horas, bueno,
ella hablo casi todo el tiempo y Juan solo asentía o negaba con la cabeza, una
cosa llevo a la otra y para cuando Juan se da cuenta, están desnudos bajo las
mismas sabanas. Sabanas que usaría él para robarle el último aliento a Ana
Cyrano.
Recoge el cuerpo muerto de
la chica y lo lleva a la cabaña del viejo. Al llegar se da cuenta que el señor
que lo ayudo días atrás, está muerto, tal vez fue un paro cardiaco, o
simplemente murió por viejo,
-
Esto le pasa por vivir solo
– irónicamente decía Juan pensando en voz alta-.
Llega a su casa cansado, se
quita los zapatos y prende el televisor, lo coloca en el canal de las noticias
y se sienta a verlas:
-
Se cree que es un caso de
secuestro el de los hermanos Cyrano, ya que hoy desapareció Anita Cyrano
hermana menor del desapareció Leonardo Cyrano e hija del Alcalde Leopoldo
Cyrano.
Juan sonríe macabramente y
dice para sí:
-
Debes de estar sufriendo
bastante bastardo, mañana voy por ti.
Al otro día se levanta
temprano sale de su casa en busca de un teléfono público y llama directamente a
la Alcaldía:
-
Por favor con el señor
Leopoldo Cyrano, dígale que tengo información sobre sus hijos.
Da una dirección y una hora
especifica, pero sin antes pedirle a Leopoldo que no traiga a nadie, que venga
solo, que si no, sus hijos morirán, también su mujer y hasta el perro.
La dirección llevaba a una parte alejada de la ciudad, donde
Leopoldo nunca en su vida se había metido, pero su instinto paterno y de
protección le dio el coraje para cruzar la puerta de ese galpón desalojado.
Aunque eran las 2 pm, a cualquiera le diera escalofríos por la locación del
lugar.
-
¿Buenas? – Decía el Alcalde
– ¿Se encuentra alguien aquí?
Un segundo después de la
entrada, el Alcalde siente un golpe muy fuerte en la cabeza y cae al suelo. Al
despertar se da cuenta que esta maniatado y amordazado, pero con los ojos sin
vendar. Lo único que veía era una figura de un hombre joven, que se acercaba
poco a poco con algo en la mano.
-
Hola Alcalde, ¿Cómo me le
va? – Dice Juan con algo de ironía – Está de más decirle que ahora usted me
pertenece y que de aquí no saldrá, con vida.
El hombre asustado empieza a
gritar, pero de nada sirve, esta amordazado y además, Juan lo movió a un lugar
aun más alejado, donde nadie escucharía sus gritos aun sin la mordaza.
-
Estas igual de asustado que
tu hijo, de tal palo tal astilla ¿No?, tranquilo, tu hijo está bien, ¡Bien
Muerto! – decía mientras se reía y lo apuntaba con una pistola – Igual que tu
hija, que por cierto, resulto ser un diabla en todo el sentido de la palabra.
Leopoldo empezó a llorar,
tanto por sus hijos como por el mismo, sabía que solo quedaba una cosa por
hacer, soltar los nudos y atacar a aquel joven que mato a sus hijos sin ninguna
razón. Empieza a moverse y a tratar de soltar los amarres que tenía en las
manos, pero él se da cuenta y lo golpea con la cacha de su propia arma. Juan le
quita la mordaza, pero antes, sin dejar de apuntarle a la cabeza, le pregunta:
-
¿Sabes quién soy yo? ¿Sabes
porque estás aquí? ¿Sabes porque mate a tus hijos?, supongo que no ¿Verdad?,
bueno, empezare a contarte, porque matarte de una vez no me es divertido.
Empieza contándole lo que le
hiso sus hijos, porque los mato y como los mato, luego le cuenta que lo matara
y como lo matara, por ultimo le cuenta sobre su papa. Leopoldo escucha todo sin
mucha atención hasta el momento que escucha un nombre que creía olvidado:
-
Recuerdas a Simón Martínez.
En ese momento Leopoldo deja
de llorar, levanta la cara, mira fijamente a Juan y le pregunta:
-
¿Sabes quien fue ese señor?
-
¡Sí! – responde Juan – Ese
señor es mi padre y hoy cobrare venganza por su muerte.
-
Puedes matarme – dice
Leopoldo – pero antes, déjame contarte porque lo mate y quien fue verdaderamente
ese señor.
Leopoldo no mato a Simón
físicamente, sino historialmente. Salió una noche y fingió su propia muerte,
para borrar unos problemas con la ley y así poder entrar en la política, se fue
y abandono a la madre de Juan, para cambiarse el nombre, empezar una nueva vida
y enmendar los errores que había cometido. La madre de Juan a los años, cuando
Leopoldo fue electo Alcalde, se dio cuenta que su antiguo amor desaparecido, en
realidad estaba vivo, pero con nuevo nombre. Al crecer su niño, le conto que su
padre había sido asesinado, por la corrupción y el poder, que el nombre del
asesino de su padre era Leopoldo Cyrano.
Juan creció con esto en la mente,
con una sed de venganza por delante, esto lo llevo a matar a su medio hermano,
a ser salvado por su media hermana que luego se acostó con ella y asesino, y
finalmente a matar a su propio padre. Luego, confundido por el enredo que causo
su madre, sintió que perdió una gran parte de su vida deseando matar a su padre
por matar a su padre. Tomo el arma con
la que mato a su padre se la coloco dentro de la boca y jalo del gatillo.
Semanas después la policía
encontró cuatro cuerpos dentro una cabaña a unos 40 km de la ciudad. El
Alcalde, su hija, un anciano y un joven, solo lograron identificar a tres, del
cuarto, nunca se supo quién era, ese era el cuerpo de Juan Martínez.

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