13/4/12

FRANCISCO (PNTO FIJO)


Biografía

Francisco Hernández, Nativo de la Península de Paraguaná bajo la luna menguante del antaño agosto del 92, próximo licenciado en artes y etimólogo de corazón, lector empedernido y compulsivo, que encontró en la poesía un medio de desahogo y comprensión, junto a la artesanía que practico con devoción, amante de  la naturaleza y sus misterios, así como de la luna y sus secretos,  agnóstico por religión y degustador de vinos por diversión.


Historia de una Venganza.

“La sociedad apesta,
La humanidad apesta,
Todo apesta,
Debería acecinarlos a varios
Y así librar a este mundo de tantas bacterias,
Llenar las cañerías con su sangre
Y borrarlos para siempre de la faz de la tierra”;
Estos son los pensamientos con los que siempre se despierta Juan Martínez, joven de 24 años que está cansado por el abuso de esta sociedad, esa sociedad corruptiva y caprichosa, que solo piensa en el beneficio propio y no colectivo.
Él, día a día va imaginando el plan para cumplir sus pensamientos e ideas narcisistas y egocéntricas, pasa horas y horas planeando el momento para atacar a su primera presa, porque claro está, no es a una sola persona a la que quiere lastimar.
6 am, hora en la que siempre se levanta Juan, desayuna, se baña y viste para salir a caminar por la urbe y tratar de encontrar a su primer objetivo, El Alcalde de su Ciudad, el cree que asaltando a este podrá saciar su sed de venganza, por un tiempo.
 Un día muy soleado y tedioso se encuentra al cruzar la puerta de su casa, que casualmente queda a pocas cuadras de la Alcaldía, camina par de cuadras sin mirar a nadie, sin hablar con nadie, ya que le tiene pavor a las personas, siempre con las manos dentro de su sweater negro, que usa aun con tanto calor, pasa incontables veces por el frente de la puerta, horas, minutos, segundos pasan pero nunca entra, la gente empieza a sospechar de él, aun no llega el momento en que se arme de valor y entre a enfrentar a su presa, ¿Pero a quien coño se le ocurre atacar a un Alcalde en su propia Alcaldía?.
Se resigna, y decide tomar el bus y dirigirse a la universidad,  aunque hace muchos semestres atrás que dejo de estudiar, por culpa de un chico que lo ataco y golpeo por bastante tiempo y como quiere saciar su sed de venganza y las ganas de ver correr sangre, quiere ir y atacar a su victimario.
El chico lleva por nombre Leonardo, que por cierto, es el hijo prodigio del Alcalde, es el típico chico deportista y con mojones por cerebro, con padres que le dieron todo y nunca tuvo que sudarse ni un par de medias, que cree que humillando y golpeando a los demás atraerá chicas y amigos. Juan no es el único del cual ha abusado, en su lista hay decenas de chicos golpeados, ya que su conducta agresiva convive con él desde antes del bachillerato.
Cuando Juan empezó las clases en la universidad, aun existía la “tradición del bautizo de los nuevos”, que antes solo llegaba al extremo de mojar con globos de agua a los alumnos dentro de su propia aula. Pero Leonardo se lleno de ira, cuando, al ver a Juan que no corría, que no grita como los demás, que no le importaba ser mojado, ser humillado, ya que por toda su vida lo habían hecho, así que decidió enfrentar y golpear al pobre joven cabizbajo, callado.
Lo jalo por el pelo y arrastro desde el aula hasta la plazoleta central, lo golpeo y golpeo hasta prácticamente hacer un riachuelo de sangre que llegaba hasta los arboles. Nadie hiso el intento de parar a Leonardo, nadie intento defender a Juan, nadie movió un musculo, solo se quedaron allí, mirando morbosamente, el cómo le destrozaban la cara, el cómo lo humillaban por ser un simple chico. Solo por el capricho de un niñato rico, hijo de un Alcalde, no le daba el derecho ni el poder para destrozarle el rostro a otro, nadie en realidad tiene ese derecho.
Golpes venían, golpes se iban, a Juan no le quedaban fuerzas ni para levantar los brazos por la magnitud de la golpiza. La pelea, o mejor dicho, la masacre duro hasta que Leonardo se canso de dar golpes; Duro mucho, ya que el deportista inflado de testosterona en su amplia gama de “disciplinas” practicaba el boxeo. Al terminar del golpear al “friki”, Leo se fue con su frente en alta y su orgullo aun mas arriba, su camisa manchada por la sangre de aquel chico, del cual ni el nombre conocía.
Todos se fueron atrás de aquel hombre arrecho, de aquel que golpeo y desfiguro a un chico en la universidad. Solo una joven, muy parecida a Juan, se quedo con él, lo ayudo a levantarse y lo llevo al hospital, lo cuido por un par de días, pero luego no volvió más, como si la tierra se la fuera tragado. El pobre Juan pasó semanas hospitalizado, por la cantidad de herida que le había causado aquel “hombre arrecho”, costillas quebradas, tabique partido, mandíbula rota, hombros dislocados, y varias heridas mas, que tardaron en sanar.
Lo extraño del caso no es tanto la joven que misteriosamente no volvió más, sino que, no se encontraba en un hospital público, en realidad estaba en una clínica, la cual una persona anónima, pago toda su estadía allí. Juan nunca supo quien pago todo eso, ni se molesto en averiguarlo, al salir de la clínica, se fue directo a su casa, tomo su lista negra, y coloco como segundo objetivo a Leonardo Cyrano, el primero en su lista era el Alcalde Leopoldo Cyrano padre del segundo, que hace muchos años atrás, antes de entrar en el mundo corrupto de la política, mato al padre de Juan, por mero capricho.
Al llegar a la universidad, después de tanto años, Juan nota que han habidos muchos cambios, pero prácticamente, sabe dónde queda todo, sabe a dónde tiene que ir, se conoce el horario de memoria. Camina entre varios pasillos hasta llegar al aula que estaba buscando. En el marco de la puesta se puede leer un letrero que dice: “Aula G5”. Juan entra como si siempre ha estudiado allí, levanta la cara y empieza a buscar ese rostro que se quedo marcado en su memoria.
Al mismo tiempo Leo levanta la cara, lo ve, lo detalla, sabe que en algún momento de su vida ha visto esa mirada cabizbaja. Lo reconoce, sale disparado como una bala en dirección a la puerta y grita:
-       Vaya que tienes bolas para volver aquí después de tantos años.
Juan no le responde, solo lo mira a los ojos con odio, con rencor.
-       Quieres que te vuelva a golpear, que te vuelva a humillar, por mi no hay problema, eso me da placer, ese placer que ninguna mujer me puede dar, ver tu sangre correr aquel día me excito.
Juan no respondió, solo lo miro. Nadie dijo nada, ya que por ser el hijo del Alcalde tenía como una libertad de decir y hacer lo que le diera la gana, su padre siempre lo tapaba con abogados y mucho dinero.
-       Esta vez no está “Ella” para ayudarte y llevarte al hospital.
Le decía leo en el oído mientras lo agarraba por el pelo y se lo llevaba consigo, Juan se dejo llevar, eso sí, sin nunca sacar las manos del sweater negro. Leonardo lo monto en su auto, un Audi último modelo color rojo iridiscente, que le regalo su padre en su cumpleaños. Piso el acelerador como si fuera un conductor de formula 1, condujo un largo rato, hasta alejarse de la ciudad, pensaba probar que se siente matar a una persona, pero por su mente nunca se cruzo que el muerto aquí seria él.
-       Hoy te matare y me bañare en tu sangre, nadie nunca sabrá que paso, mi padre se encargara de borrar todo, además, quien se preocuparía por un estúpido como tú, ni siquiera tus padres están vivos - decía Leo – Te matare lentamente, esta vez no dejare de golpearte hasta tu ultimo respiro.
Llegaron a un lugar alejado, a unos cuantos kilómetros de la carreta, sin ningún rastro de civilización, Leo baja todo eufórico por la emoción, Juan se queda esperando el momento en que su “victimario” le abra la puerta. Leo tira la puerta con fuerza, le da la vuelta al carro por delante y nunca deja de mirar la cara de su “victima”. Juan lo mira fijamente, esta vez no tiene miedo, está seguro, aprieta su mano derecha dentro del sweater, como si apretara algo con fuerza. Leo llega a su puerta, la abre y por lo menos tiene la decencia de decirle que se baje el mismo.
-       ¡Bájate pues! – gritaba Leo – ¡Bájate que te matare!
Juan observando el lugar, callado, se baja y cierra la puerta, sube la cara y mira fijamente a su víctima. Leo lo mira, sonríe macabramente y dice:
-       ¿Estás listo para morir?, Bueno, debes estarlo, porque de otro modo no fueras ido a buscarme.
Juan no dice nada, callado como siempre, sin ningún gesto en su cara. Leo da par de pasos rápidos y se acerca lo suficiente para golpear a Juan, pero él hace un movimiento aun mas rápido, lo esquiva, saca el puñal que tenía guardado en su sweater y lo puñalea 3 veces, uno en el nivel del tórax que le perfora el pulmón derecho, otro al nivel del abdomen que le perfora el estomago y el ultimo al nivel lumbar que le perfora la medula espinal. El último golpe tumba a Leonardo y lo deja tirado en el suelo.
Juan le da la vuelta a Leo, lo pone boca arriba, lo mira fijamente a los ojos, se acerca a su oído y le susurra sádicamente:
-       Dime: ¿Qué se siente?, ¿En verdad pensaste que no haría nada?, ¿Que me quedaría callado mientras me golpeabas?, - Esta vez era Leo quien no decía nada – No pienses que aun he terminado, contigo jugare un rato, te cortare parte por parte, hueso por hueso, miembro por miembro.
La mirada de miedo en el rostro de Leo era un poema para Juan, era esa mirada con la que había soñado tantos años. Leo rompió el silencio y grito mientras lloraba:
-       ¡Por favor no me mates! ¡Yo hare lo que tú quieras! ¡Te daré todo el dinero que tú quieras! ¡¿Quieres mi auto?! ¡¿Quieres mis joyas?! Toma yo te las doy todas.
-       ¡Cállate! – gritaba Juan, mientras se levantaba y se enrollaba las mangas- No quiero tu cochino auto, ni tu cochino dinero, ni tus estúpidas joyas, eso no me llenara, quiero es ver tu muerte perpetrada por mis manos, ¡Eso es lo que quiero!
-       ¡Por favor no me mates! – decía Leo – Mi hermanita te salvo la vida, mi padre te pago la clínica, le debes la vida a ellos.
Juan se acordó de la chica que lo llevo al hospital, clínica mejor dicho, aunque nunca supo quién era, ni sabia su nombre ni como era su cara, era la hija del asesino de su padre y hermana del hombre que medio lo mato.
-       A tu padre no le debo nada, sino sabias, el mato a mi padre hace muchos años y a tu hermana yo no le pedí que me salvara, por mi, yo fuera muerto ese día en aquel asqueroso lugar. De todas maneras, se lo agradeceré matando a vuestro padre.
-       Mi padre sería incapaz de eso.
-       ¡Cállate! Ni tú mismo conoces a tu propio padre. Mírame a la cara – decía Juan mientras se quitaba la capucha del sweater – Mira mis cicatrices, te dejare peor, ¡INRECONOSIBLE!
Juan paso horas allí cortando el cuerpo sin vida de su antiguo victimario, al terminar, metió todo los pedazos dentro del auto, junto a las ropas que el cargaba y encendió el auto. Se quedo un rato viendo como se quemaba una parte de su pasado, disfruto ver como todo se fundía y unía. Al terminar se fue caminando.
Camino por horas, hasta llegar a un río, se baño y tiño de rojo el agua, por la sangre de aquel hombre que acababa de asesinar. Al terminar el baño, siguió caminando siguiendo la dirección del rio, hasta que encontró una cabañita solitaria.
-       ¿Qué hace por aquí mijo?, Esto no es un buen lugar para andar solo, fácilmente se puede perder y morir – Le decía un viejito que estaba en la cabaña-.
-       Por favor, usted señor podría decirme cual es el camino para llegar a la ciudad – fue lo único que dijo Juan- Es que me perdí.
-       Este lugar no es como la ciudad, aquí te perderás fácilmente si no sabes andar.
El señor muy humildemente le dijo qué camino seguir. Juan emprendió su recorrido, no sin antes ponerse un pantalón y una franela que el viejito le regalo. El camino lo llevaba hasta la carretera que daba hacia la ciudad. Espero hasta que el bus llegara a la parada y se fue como si nada a su morada.
Juan llega a casa cansado, se fuma un cigarro, bebe un vaso de ron para calmar la euforia y se acuesta a dormir sin siquiera quitarse los zapatos. Esa noche soñó con lo que acaba de hacer.
Se despierta tarde, a pesar de su costumbre de levantarse temprano, lo primero que llega en su cabeza es terminar lo que se ha propuesto, quiere ir por Leopoldo, los demás pueden morir luego. Se levanta de la cama y se va directo al baño, luego a la cocina, cuando se dispone a comer enciende la tv y mira las noticias:
-       Hayan un carro calcinado a 60 km fuera de la ciudad, se presume que fue algo intencional. – dice el conductor del noticiero – En otras noticias la desaparición del hijo del Alcalde Leopoldo Cyrano deja a la ciudad espantada, el último lugar en donde se le vio fue en la universidad ha eso de las 11 am del día de ayer. Si alguien sabe del paradero del joven Leonardo Cyrano por favor comunicarse con nosotros o la policía.
Juan se sorprende de que no hayan relacionado el carro con la muerte de Leo, bueno, aun ni siquiera sabían que estaba muerto y esto lo aprovecharía para atraer a Leopoldo y llevarlo al mismo final de su hijo. Pero ese día no seria, tenía que descansar, estaba cansado de tanto caminar, además, sería muy sospechosos que el padre muera en menos de 24 horas después del hijo.
Días despues, Juan recibe una llamada inesperadamente en su teléfono celular, el número que llamaba estaba restringido, pero igual contesto:
-       ¿Aló? Por favor con Juan
-       ¿Quién habla?
-       Soy la chica que te llevo a la clínica hace años atrás
-       Como conseguiste mi número
-       Lo tengo guardado en mi celular desde ese día, bueno, nunca te escribí porque me fui del país a estudiar, me quede muchos años y no hice nada, por eso decidí volver, pero al llegar me entero de la desaparición de mi hermano, quiero hablar con alguien y creo que tu serias la persona indicada
-       Bueno, puedes venir a mi casa – debo matarla a ella también, pensaba Juan -
-       Pero no sé dónde queda
-       Ok, ok, te espero en el centro comercial.
Juan se viste y sale corriendo a él C.C. y en el trayecto va pensando en cómo matar a esa chica aunque le haya salvado la vida. Quiere hacer sufrir lo más que puede a Leopoldo, por haber hecho sufrir a su padre. La chica llega minutos después que Juan, aunque él no la reconoce, ella sí. Charlan durante horas y horas, bueno, ella hablo casi todo el tiempo y Juan solo asentía o negaba con la cabeza, una cosa llevo a la otra y para cuando Juan se da cuenta, están desnudos bajo las mismas sabanas. Sabanas que usaría él para robarle el último aliento a Ana Cyrano.
Recoge el cuerpo muerto de la chica y lo lleva a la cabaña del viejo. Al llegar se da cuenta que el señor que lo ayudo días atrás, está muerto, tal vez fue un paro cardiaco, o simplemente murió por viejo,
-       Esto le pasa por vivir solo – irónicamente decía Juan pensando en voz alta-.
Llega a su casa cansado, se quita los zapatos y prende el televisor, lo coloca en el canal de las noticias y se sienta a verlas:
-       Se cree que es un caso de secuestro el de los hermanos Cyrano, ya que hoy desapareció Anita Cyrano hermana menor del desapareció Leonardo Cyrano e hija del Alcalde Leopoldo Cyrano.
Juan sonríe macabramente y dice para sí:
-       Debes de estar sufriendo bastante bastardo, mañana voy por ti.
Al otro día se levanta temprano sale de su casa en busca de un teléfono público y llama directamente a la Alcaldía:
-       Por favor con el señor Leopoldo Cyrano, dígale que tengo información sobre sus hijos.
Da una dirección y una hora especifica, pero sin antes pedirle a Leopoldo que no traiga a nadie, que venga solo, que si no, sus hijos morirán, también su mujer y hasta el perro.
La dirección llevaba  a una parte alejada de la ciudad, donde Leopoldo nunca en su vida se había metido, pero su instinto paterno y de protección le dio el coraje para cruzar la puerta de ese galpón desalojado. Aunque eran las 2 pm, a cualquiera le diera escalofríos por la locación del lugar.
-       ¿Buenas? – Decía el Alcalde – ¿Se encuentra alguien aquí?
Un segundo después de la entrada, el Alcalde siente un golpe muy fuerte en la cabeza y cae al suelo. Al despertar se da cuenta que esta maniatado y amordazado, pero con los ojos sin vendar. Lo único que veía era una figura de un hombre joven, que se acercaba poco a poco con algo en la mano.
-       Hola Alcalde, ¿Cómo me le va? – Dice Juan con algo de ironía – Está de más decirle que ahora usted me pertenece y que de aquí no saldrá, con vida.
El hombre asustado empieza a gritar, pero de nada sirve, esta amordazado y además, Juan lo movió a un lugar aun más alejado, donde nadie escucharía sus gritos aun sin la mordaza.
-       Estas igual de asustado que tu hijo, de tal palo tal astilla ¿No?, tranquilo, tu hijo está bien, ¡Bien Muerto! – decía mientras se reía y lo apuntaba con una pistola – Igual que tu hija, que por cierto, resulto ser un diabla en todo el sentido de la palabra.
Leopoldo empezó a llorar, tanto por sus hijos como por el mismo, sabía que solo quedaba una cosa por hacer, soltar los nudos y atacar a aquel joven que mato a sus hijos sin ninguna razón. Empieza a moverse y a tratar de soltar los amarres que tenía en las manos, pero él se da cuenta y lo golpea con la cacha de su propia arma. Juan le quita la mordaza, pero antes, sin dejar de apuntarle a la cabeza, le pregunta:
-       ¿Sabes quién soy yo? ¿Sabes porque estás aquí? ¿Sabes porque mate a tus hijos?, supongo que no ¿Verdad?, bueno, empezare a contarte, porque matarte de una vez no me es divertido.
Empieza contándole lo que le hiso sus hijos, porque los mato y como los mato, luego le cuenta que lo matara y como lo matara, por ultimo le cuenta sobre su papa. Leopoldo escucha todo sin mucha atención hasta el momento que escucha un nombre que creía olvidado:
-       Recuerdas a Simón Martínez.
En ese momento Leopoldo deja de llorar, levanta la cara, mira fijamente a Juan y le pregunta:
-       ¿Sabes quien fue ese señor?
-       ¡Sí! – responde Juan – Ese señor es mi padre y hoy cobrare venganza por su muerte.
-       Puedes matarme – dice Leopoldo – pero antes, déjame contarte porque lo mate y quien fue verdaderamente ese señor.
Leopoldo no mato a Simón físicamente, sino historialmente. Salió una noche y fingió su propia muerte, para borrar unos problemas con la ley y así poder entrar en la política, se fue y abandono a la madre de Juan, para cambiarse el nombre, empezar una nueva vida y enmendar los errores que había cometido. La madre de Juan a los años, cuando Leopoldo fue electo Alcalde, se dio cuenta que su antiguo amor desaparecido, en realidad estaba vivo, pero con nuevo nombre. Al crecer su niño, le conto que su padre había sido asesinado, por la corrupción y el poder, que el nombre del asesino de su padre era Leopoldo Cyrano.
Juan creció con esto en la mente, con una sed de venganza por delante, esto lo llevo a matar a su medio hermano, a ser salvado por su media hermana que luego se acostó con ella y asesino, y finalmente a matar a su propio padre. Luego, confundido por el enredo que causo su madre, sintió que perdió una gran parte de su vida deseando matar a su padre por matar a su padre.  Tomo el arma con la que mato a su padre se la coloco dentro de la boca y jalo del gatillo.
Semanas después la policía encontró cuatro cuerpos dentro una cabaña a unos 40 km de la ciudad. El Alcalde, su hija, un anciano y un joven, solo lograron identificar a tres, del cuarto, nunca se supo quién era, ese era el cuerpo de Juan Martínez.



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