14/4/12

GABRIELA (CORO)



Biografia

Gabriela Velazco, Nací un dos de junio en Puerto Cabello. Parte de mi infancia transcurrió en Valencia y Caracas. Y por azar del destino llevo viviendo catorce años en Coro. Ciudad de la que me he enamorado, a pesar de la falta de gentileza de su gente. Soy Licenciada en Lengua, Literatura y Latín. Amo con locura la literatura y el cine. Y me confieso culpable por adorar el animé. El Gore es mi delirio, mi otra pasión.


Ella
Entre dos bocanadas de humo observó el reloj, ella llegaría pronto. Pensó que la única arma que poseía era su canción y el apoyo de su pueblo. La canción se había convertido en una acción vital: Necesaria. Pero ¿acaso ella lo entendería?
El timbre sonó sacudiendo sus pensamientos. Al abrir la puerta los ojos de la muchacha lo examinaron –sintió que escarbó en su alma- y, para su mayor sorpresa, ella dijo mientras entraba: “creo en el canto”, tú has despertado mi conciencia. La atrajo hacia su cuerpo y apreció como se alteraba el latir de su corazón. Se amaron en silencio.

Esperanza

Se había quedado allí, mirando al moribundo, hasta que aquél por fin dijo:
Es verdad, sólo he sido un hombre que ha podido comprender: comprender  que no basta con rezarle a Dios todos los días, debemos jugarnos la vida en una acción, multiplicar nuestro canto hasta que se apodere de las masas y se convierta en poesía humana, sólo de esa manera podremos luchar y vencer la miseria. 
El hombre agradeció con gentileza aquellas palabras y sonrió- o al menos sus labios hicieron una mueca parecida a una sonrisa- ¿será que aún estamos a tiempo, Alí?

Galimatías 

La reunión comenzó a las ocho. Yo llegué antes, quería observar el lugar. Era un jardín amplio, la fantasía arquitectónica se veía exagerada para mi gusto. Un largo corredor avanzaba al lado derecho del jardín, acompañado de columnas decoradas con formas y figuras de yeso en relieve que representaban a antiguos Dioses griegos, y, entre los pórticos pintados se figuraban paisajes bellísimos, llenos de naturalismo para resaltar la belleza del jardín, en cuál había una enorme mesa rectangular, cobijada con un hermoso mantel color perla y sobre éste una lujosa vajilla. En el centro de la mesa había un candelabro de plata que hacía juego con los detalles plateados de la vajilla, alrededor de la mesa estaban dispuestas las sillas, también decoradas con una cubierta elegante del mismo color del mantel. Había lugar para cuarenta personas.
De inmediato me dispuse a sentarme. Desde mi lugar podía observar a todos los que llegaban, al principio era confuso, no concebía por qué en la tarjeta decía Este jueves reunión familiar, si al fin y al cabo la mayoría de los invitados no serían de la familia. Por eso llevé a María, al menos ella me haría grata la velada. La conocí hace siete años, mucho antes de ingresar a la universidad, yo aguardaba en la parada del autobús y ella llegó y me regalo una sonrisa, no pasaron treinta minutos y ya éramos las mejores amigas, desde entonces, hasta hoy, hemos sido inseparables.
La cena se inició con un brindis en honor a los setenta años de la compañía. Durante ella se habló de los grandes progresos de la misma, de sus avances tecnológicos, de la maravilla industrial y otras tantas pendejadas en las que se vanagloriaban los que estaban al frente de la empresa.
Como siempre dejaron a un lado la historia de la economía familiar y comenzaron a intimar en la vida de los integrantes de la familia. Primero: el divorcio de Luis, mi primo hermano. Segundo: los problemas económicos de Anita, una tía política obsesionada por el juego, hasta que por fin llegaron a mí: La rebelde, antipática y amargada de la familia. Una descripción nada seductora. Simplemente obtuve esa clasificación porque nunca he permitido que controlen mi vida. El tema se tornó desagradable y se inició una gran discusión con mi tía: la viciosa, a quién cuando yo era niña, llegué a admirar, hasta que un día por no someterme a sus deseos comenzó a maltratarme y menospreciarme.
Me levanté de la silla y me acerqué a ella con la copa de vino en la mano. Una sonrisa retorcida se dibujaba en su rostro -¿acaso esperaba que diera marcha atrás?-. Imposible. El espectáculo debía comenzar.
La miré fijamente a los ojos y vomité todo ese rencor dormido. Acumulado por años, desde aquella vez en que su corrompida mente ingenió que espiaba a su esposo cuando se duchaba. Fui sutilmente agresiva, expuse un discurso que tenía ensayado, desde no menos de un año. Saboreé, disfruté y gocé cada palabra, frase y oración. Hasta que noté lágrimas en sus ojos, lágrimas de arrepentimiento, lágrimas de dolor, lágrimas de Derrota; entonces me detuve y vi como tomaba su pecho. Por un breve instante sentí que ella sufriría un infarto. Luego todo fue una gran confusión, corrían a socorrerla. Gritaban, lloraban. Yo solamente observaba inmóvil aquél espectáculo. No sentía arrepentimiento, no sentía dolor. Simplemente sentí libertad.
 Antes de que se la llevaran me pidió perdón. No dije nada. Sus hijos me miraban complacidos, en el fondo se sentían satisfechos ellos también.
Después de esa catástrofe de cena, María se acercó a mí, me tomo de la mano y juntas observamos como todos desaparecían por el gran pasillo. No hizo ningún comentario –ella sabe cuando es mejor callar-, me sacó de allí.
Llegamos a un bar acogedor que estaba en el centro de la ciudad. Era un sitio nuevo, decorado al estilo de los años 60. Las paredes tenían combinaciones de colores en turquesa, fucsia y verde lima acompañadas de estampados llamativos y figuras geométricas: círculos y rectángulos. Los muebles eran negros, de semicuero, las mesas parecían diseñadas por Philippe Starck.  En cuanto a barra, era lo más encantador del lugar. Media unos cuatro metros y medio, era de melanina negra brillante. Las luces hacían que cambiara de color. Los estantes de licores eran modulares, en cuanto a los bartender, eran muchachos jóvenes y fornidos.
 Nos sentamos cerca de la barra. Al instante se acercó uno de los jóvenes a atendernos. María propuso tomar whisky, acepté. Cuando traían el trago, éste se veía rosado, no le di importancia, la iluminación jugaba un papel importante en el cambio de color, así que lo tomé de igual forma.
María y yo platicábamos de lo ocurrido cuando llegó Nico, un argentino muy atractivo a quien conocimos hace dos años en el teatro. Él era actor. Habíamos compartido mucho tiempo juntos, a pesar de ser un hombre catalogado como seductor, conmigo siempre fue especial. Nunca hizo ninguna insinuación, ni intentó algo más que un beso. Esa  noche estaba acompañado por otro, un moreno de acento español -tan atractivo como él-. Nos acompañaron en la mesa y platicamos a gusto por horas. Entre tragos y risas la gente fue desapareciendo poco a poco hasta que sólo quedamos nosotros y un grupo de ocho personas que estaba en un rincón. Decidimos irnos a las tres de la madrugada, María se fue con el moreno,  y yo con Nico.
Era la primera vez que iba al departamento de Nico -a pesar de conocernos y gustarnos desde que nos presentaron en el teatro--. Entre él y yo las cosas no habían pasado de cenas en lugares concurridos, salidas al parque, ensayos en el teatro. Una vez surgió beso, pero no le dimos importancia, fue parte de show.
Camino a su departamento platicamos acerca de su próxima presentación. Nico vivía en el centro de la ciudad, relativamente cerca del bar. La recepción del edificio en donde se domiciliaba era muy elegante. Entramos al ascensor, marcó el número siete. Me abrazó y me dio un beso profundo que se interrumpió cuando el ascensor abrió sus puertas. Caminamos tomados de la mano hasta la puerta de su departamento.
 Al abrir la puerta me sorprendió un amplio espacio de paredes blancas y piso de mármol negro.  Los muebles rectos y simples en colores blancos y grises. Había varios cuadros con imágenes abstractas, y un enorme LCD que completaba la decoración frente al juego de recibo. Era un ambiente moderno, elegante y clásico, que representaba una decoración con mucho gusto, y orden.
Nico me acompañó hasta el mueble principal, encendió el televisor y apareció la imagen de uno de esos tantos programas musicales que estaban de moda, sirvió un par de tragos. Brindamos por el reencuentro.
-Fue una gran sorpresa encontrarte –me dijo, brindándome una encantadora sonrisa-.
-Al menos para ti fue grato, temprano huyeron de mí –una carcajada acompañó mi frase-.
-¿Quién quisiera escapar de ti?
-Te aseguro que muchos, Anita por ejemplo.
-¿Aún tienes problemas con ella? ¿Quieres hablar de ello?
-No, hablemos mejor de ti.
-¿De mí? No hay mucho que decir, el teatro me absorbe, pero es lo que me gusta. Es mi vida. Me encanta el público –su mirada cambió, y una sonrisa pícara se dibujó en su rostro- ¿pero sabes qué me gusta más?
-No, sorpréndeme.
 -La sola idea de abrazarte, sintiendo tu respiración tan cerca, como hace un momento pasó. Eso me enloquece.
-¿Y si te gusta tanto, por qué no lo haces?
Tomó mis manos, luego me abrazó. Caricias ligeras se fueron convirtiendo en intensas muestras de pasión. Me tomó con fuerza, pero sin quitarme el aliento. Hubo una sucesión de largos besos, su aliento y el mío fundidos. Y las caricias comenzaron a ser más invasivas. Con sólo mirarle y saber que deseaba más, igual que yo, me hacía sentirme entre nubes.
Me sentía magnífica entre sus  brazos. Su lengua se deslizó por mi cuello, colocó una mano por debajo de mi vestido. Mi piel se erizó y al sentir su mano, ahogué un gemido. Poco a poco quitó toda mi ropa,  hasta dejar mi cuerpo al descubierto. Lo miré  anhelante. Mientras mis manos lo despojaban de su camiseta, no perdió detalle de mis actos. Me miró con sus apasionados ojos azules. Nos fundimos en un beso mientras nuestra piel sentía el calor de nuestros cuerpos llenos de deseo.
-No te cohíbas, déjate llevar y hazme lo quieras, soy sólo tuyo –me dijo al oído-.
 Fui deslizando su pantalón hacia sus pies. Luego, con suavidad, mirando esos hermosos ojos azules lo despojé de su ropa interior. Al dejar  su cuerpo desnudo, me recree con la vista. Pasé mi lengua por su entre pierna y dejé un rastro de saliva. Me tomó con fuerza del cabello me obligó a ver sus ojos. Su cuerpo temblaba. Obediente pero insistiendo, deslicé mi lengua por su torso, hasta llegar a su boca  mientras una mano suya me tomaba por detrás para que no me separase de él. Me miró medio desafiante y dijo: siempre te he amado. Entonces desperté con la mano entre las piernas.

Lluvia de Lobos

Antes de morir pudo contarme nuevamente aquella historia. Pero esta vez lo hizo con más dolor y pasión que las anteriores. Quizás haya sido esa sensación de estar al borde de la muerte que conlleva a aferrarnos a los recuerdos y hacer de ellos un espacio en la memoria de los otros.
 Mi padre siempre fue un hombre fuerte. Recio como un árbol. Debajo de sus ramas abrigaba y protegía a sus seres amados, y a sus posesiones. Su lema era “proteger lo que amamos no es un deber: es una obligación”. Mi padre, Vittore Luciano, vivió en Palermo. En lo que él llamaba una joya cubierta polvo. Con sus calles estrechas, su inmensa Catedral, la plaza Precatoria, la plaza Bellini y justo frente a Bellini él tenía su Vucciria. Un pequeño supermercado en el que al caer la noche se encendía una especie de aureola mágica, por esa mezcla de olores de las flores de la plaza y los colores de los faros que lo hacen  un recuerdo tan indescriptible como inolvidable.
Vittore sobrevivió a desastres naturales. Terremotos y miseria, pero lo que dejó honda huella en su espíritu fueron “Los hombres de honor”. Él siempre decía: el honor tendría que ver con una cualidad moral que nos recuerda el deber con nuestro prójimo y con nosotros mismos y debería estar estrechamente ligado a la dignidad de la persona, cuando decimos “un hombre de honor” inmediatamente imaginamos a alguien de valores morales y conducta intachable, pero para mí y en especial para él, “un hombre honor viene a ser todo lo opuesto”.
En esta era de criminalidad, como no se había visto antes en la historia, y cuando empiezan a comprenderse  costumbres criminales de solidez en Sicilia que no estaban antes en nuestra imaginación criminal. Es cuando más recuerdo aquella historia.

II

Esa noche Vittore se veía muy desmejorado. Hubo un momento en el que perdió el conocimiento. El doctor nos dijo que faltaba muy poco para que se apagara la llama de sus ojos. Su corazón ya no quería o no podía seguir latiendo. Cuando recuperó el conocimiento me llamó y pidió que me acostase a su lado, me dijo:
-Paula, hoy quiero contarte la historia más triste y más apasionante de mi vida -yo había escuchado esa historia muchas veces, pero comprendí que ya se acercaba el momento de su partida. Entonces me acurruqué entre brazos y me mantuve atenta durante la historia-.
-Dime padre, ¿cuál es esa la historia?
-Paula, después de sufrir el sismo de 1968, cuando tu madre y yo logramos recuperar las pérdidas, decidimos montar nuestro propio negocio, eso fue en 1970. Ah, podrías imaginar la felicidad de tu viejo. ¡La mia attività in proprio! Estaba tan contento. Recién cumplía mis treinta y cinco años. Tenía una mujer maravillosa a mi lado que me apoyaba en todo. Y Justo cuando comenzaba a prosperar nuestra Vucciria, teníamos seis meses trabajando duro, abríamos a las cinco de la mañana y cerrábamos a las once de la noche. Una tarde de octubre el negocio se quedó solo. Estamos tu madre y yo en la puerta principal y se detuvo una camioneta lujosa, de ella descendieron tres hombres y desde adentro se dejaron ver dos. Los tres hombres se me acercaron y preguntaron:
-¿Es usted Vittore Luciano? –por supuesto que ellos sabían que era yo-.
-Sì, io sono Luciano Vittore.
Después de la presentación ellos pidieron a mi mujer y a mi, entrar al local porque venían a hablar de negocios. Cuando estábamos dentro cada uno dejó que viéramos sus armas y el más grande de ellos habló.
- Somos “Los hombres de honor” y acá todo se rige por nuestras leyes –sentenció el gigante-. Desde los puestos de diarios, hasta los emporios más grandes. Ustedes deberán pagarnos el derecho a piso. Si se niega destruiremos su negocio. Si avisa a la policía  mataremos a su esposa. Si hace algún comentario le amputaremos alguna extremidad. Se fijará una cuota quincenal de acuerdo al tipo de negocio. Mañana pasaremos por su respuesta.
Cuando ”Los hombres de honor” salieron de la Vucciria  tu madre rompió en llanto. Yo estallé ira. Pero ¿qué podíamos hacer? “Los hombres de honor” siempre cumplen su palabra. Teníamos dos opciones: cerrar la Vucciria o pagar la cuota. Si cerrábamos la Vucciria seguramente destruirían nuestra casa o se vengarían de alguna forma. Por más vueltas que diéramos no teníamos opción. Esa noche no pude dormir, abrí el negocio a las ocho de la mañana. Tu madre se quedó en casa muerta de miedo. Pocos minutos después de estar trabajando llegaron “Los hombres de honor”.
 Se acordó una cuota y “los hombres de honor” se marcharon. En cada quincena aparecían ellos buscando su cuota. Nunca fallé. Siempre la tuve puntual. Pero un día tú mamá estaba muy grave, peligraba su vida tanto como la tuya. Los médicos pudieron salvar a ambas. Pero yo olvidé por completo a “Los hombres de honor”. Al llegar esa noche vi mi negocio destrozado.  Al sentarme junto a la mesa, frustrado y enojado, observé  una nota pegada que decía: “Esto es por fallar a la cuota, si vuelve a pasar iremos por tu mujer o por tu primogénita”.

Yo estaba cansado de pagar  cuotas. Cuotas que cada vez aumentaban más. Ya no podía vivir bajo esa amenaza constante. Tú ya te habías convertido en una señorita. Yo no quería que nadie te hiciera daño. Así que te envié fuera del país y me reuní con varios propietarios de negocios acordamos establecer una lucha contra “Los hombres de honor”. Ellos se enteraron de mis actos y le dieron un castigo a tu madre. La golpearon tanto que casi muere.
Fue en aquel momento en que no lo soporte más y  decidí actuar. Lleve al hombre que golpeo a tu madre a juicio y lo señale públicamente como un mafioso. Desde ese momento se inició una lluvia de lobos.  Destruyeron la casa, el negocio, el auto.  Tu madre y yo estábamos bajo el resguardo de la policía y pudimos escaparnos de su ira. Fue entonces cuando la noticia se dio a conocer y muchos otros se unieron a la causa. Ahora ya todos lo saben. Ahora todos se apoyan y luchamos contra “Los hombres de honor”. Pronto habrá quienes no paguen ese derecho a piso, pronto nadie tendrá que vivir bajo amenaza y seremos una unidad. Recuerda Paula, los buenos somos más que los pillos.

III

Se dibujó una sonrisa en su rostro y sus ojos se apagaron. Ahora todos tendremos el derecho, el derecho de lo pagar derecho a piso, gracias a ti Vittore Luiciano. Gracias ti papá por crear esa lluvia de lobos para indicarnos el camino para derrotar a “Los hombres de honor”.

2 comentarios:

  1. bien, me gusta tu voz narrativa aunque se que esta en vais te perfeccionarse. me gusta tus cuentos no quiero comentar en detalle por que simplemente me gustan. no sabia que escribías tan bien, bueno no sabia que escribías. te felicito.

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  2. Gabriela Arianne Velazco9:55 p. m., abril 23, 2012

    Gracias cielo. Estoy mejorando la redacción, tengo muchos escritos guardados. Pero debo acomodarlos, estos son los que tenían menos fallas. Pienso que aún me falta pulirlos más.

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