Biografia
Gabriela Velazco, Nací un dos de junio en Puerto Cabello. Parte de mi infancia
transcurrió en Valencia y Caracas. Y por azar del destino llevo viviendo
catorce años en Coro. Ciudad de la que me he enamorado, a pesar de la falta de
gentileza de su gente. Soy Licenciada en Lengua, Literatura y Latín. Amo con
locura la literatura y el cine. Y me confieso culpable por adorar el animé. El
Gore es mi delirio, mi otra pasión.
Ella
Entre
dos bocanadas de humo observó el reloj, ella llegaría pronto. Pensó que la
única arma que poseía era su canción y el apoyo de su pueblo. La canción se
había convertido en una acción vital: Necesaria. Pero ¿acaso ella lo
entendería?
El
timbre sonó sacudiendo sus pensamientos. Al abrir la puerta los ojos de la
muchacha lo examinaron –sintió que escarbó en su alma- y, para su mayor
sorpresa, ella dijo mientras entraba: “creo en el canto”, tú has despertado mi
conciencia. La atrajo hacia su cuerpo y apreció como se alteraba el latir de su
corazón. Se amaron en silencio.
Esperanza
Se
había quedado allí, mirando al moribundo, hasta que aquél por fin dijo:
Es
verdad, sólo he sido un hombre que ha podido comprender: comprender que no basta con rezarle a Dios todos los
días, debemos jugarnos la vida en una acción, multiplicar nuestro canto hasta
que se apodere de las masas y se convierta en poesía humana, sólo de esa manera
podremos luchar y vencer la miseria.
El
hombre agradeció con gentileza aquellas palabras y sonrió- o al menos sus
labios hicieron una mueca parecida a una sonrisa- ¿será que aún estamos a
tiempo, Alí?
Galimatías
La
reunión comenzó a las ocho. Yo llegué antes, quería observar el lugar. Era un
jardín amplio, la fantasía arquitectónica se veía exagerada para mi gusto. Un
largo corredor avanzaba al lado derecho del jardín, acompañado de columnas
decoradas con formas y figuras de yeso en relieve que representaban a antiguos
Dioses griegos, y, entre los pórticos pintados se figuraban paisajes bellísimos,
llenos de naturalismo para resaltar la belleza del jardín, en cuál había una
enorme mesa rectangular, cobijada con un hermoso mantel color perla y sobre
éste una lujosa vajilla. En el centro de la mesa había un candelabro de plata
que hacía juego con los detalles plateados de la vajilla, alrededor de la mesa
estaban dispuestas las sillas, también decoradas con una cubierta elegante del
mismo color del mantel. Había lugar para cuarenta personas.
De
inmediato me dispuse a sentarme. Desde mi lugar podía observar a todos los que
llegaban, al principio era confuso, no concebía por qué en la tarjeta decía Este jueves reunión familiar, si al fin
y al cabo la mayoría de los invitados no serían de la familia. Por eso llevé a
María, al menos ella me haría grata la velada. La conocí hace siete años, mucho
antes de ingresar a la universidad, yo aguardaba en la parada del autobús y
ella llegó y me regalo una sonrisa, no pasaron treinta minutos y ya éramos las
mejores amigas, desde entonces, hasta hoy, hemos sido inseparables.
La
cena se inició con un brindis en honor a los setenta años de la compañía.
Durante ella se habló de los grandes progresos de la misma, de sus avances
tecnológicos, de la maravilla industrial y otras tantas pendejadas en las que
se vanagloriaban los que estaban al frente de la empresa.
Como
siempre dejaron a un lado la historia de la economía familiar y comenzaron a
intimar en la vida de los integrantes de la familia. Primero: el divorcio de
Luis, mi primo hermano. Segundo: los problemas económicos de Anita, una tía
política obsesionada por el juego, hasta que por fin llegaron a mí: La rebelde,
antipática y amargada de la familia. Una descripción nada seductora.
Simplemente obtuve esa clasificación porque nunca he permitido que controlen mi
vida. El tema se tornó desagradable y se inició una gran discusión con mi tía:
la viciosa, a quién cuando yo era niña, llegué a admirar, hasta que un día por
no someterme a sus deseos comenzó a maltratarme y menospreciarme.
Me
levanté de la silla y me acerqué a ella con la copa de vino en la mano. Una
sonrisa retorcida se dibujaba en su rostro -¿acaso esperaba que diera marcha
atrás?-. Imposible. El espectáculo debía comenzar.
La
miré fijamente a los ojos y vomité todo ese rencor dormido. Acumulado por años, desde aquella vez en que su corrompida
mente ingenió que espiaba a su esposo cuando se duchaba. Fui sutilmente
agresiva, expuse un discurso que tenía ensayado, desde no menos de un año.
Saboreé, disfruté y gocé cada palabra, frase y oración. Hasta que noté lágrimas
en sus ojos, lágrimas de arrepentimiento, lágrimas de dolor, lágrimas de Derrota; entonces me detuve y vi como
tomaba su pecho. Por un breve instante sentí que ella sufriría un infarto.
Luego todo fue una gran confusión, corrían a socorrerla. Gritaban, lloraban. Yo
solamente observaba inmóvil aquél espectáculo. No sentía arrepentimiento, no
sentía dolor. Simplemente sentí libertad.
Antes de que se la llevaran me pidió perdón.
No dije nada. Sus hijos me miraban complacidos, en el fondo se sentían satisfechos
ellos también.
Después
de esa catástrofe de cena, María se acercó a mí, me tomo de la mano y juntas
observamos como todos desaparecían por el gran pasillo. No hizo ningún
comentario –ella sabe cuando es mejor callar-, me sacó de allí.
Llegamos
a un bar acogedor que estaba en el centro de la ciudad. Era un sitio nuevo,
decorado al estilo de los años 60. Las paredes tenían combinaciones de colores
en turquesa, fucsia y verde lima acompañadas de estampados llamativos y figuras
geométricas: círculos y rectángulos. Los muebles eran negros, de semicuero, las
mesas parecían diseñadas por Philippe Starck.
En cuanto a barra, era lo más encantador del lugar. Media unos cuatro
metros y medio, era de melanina negra brillante. Las luces hacían que cambiara
de color. Los estantes de licores eran modulares, en cuanto a los bartender,
eran muchachos jóvenes y fornidos.
Nos sentamos cerca de la barra. Al instante se
acercó uno de los jóvenes a atendernos. María propuso tomar whisky, acepté.
Cuando traían el trago, éste se veía rosado, no le di importancia, la
iluminación jugaba un papel importante en el cambio de color, así que lo tomé
de igual forma.
María
y yo platicábamos de lo ocurrido cuando llegó Nico, un argentino muy atractivo
a quien conocimos hace dos años en el teatro. Él era actor. Habíamos compartido
mucho tiempo juntos, a pesar de ser un hombre catalogado como seductor, conmigo
siempre fue especial. Nunca hizo ninguna insinuación, ni intentó algo más que
un beso. Esa noche estaba acompañado por
otro, un moreno de acento español -tan atractivo como él-. Nos acompañaron en
la mesa y platicamos a gusto por horas. Entre tragos y risas la gente fue
desapareciendo poco a poco hasta que sólo quedamos nosotros y un grupo de ocho
personas que estaba en un rincón. Decidimos irnos a las tres de la madrugada,
María se fue con el moreno, y yo con
Nico.
Era
la primera vez que iba al departamento de Nico -a pesar de conocernos y
gustarnos desde que nos presentaron en el teatro--. Entre él y yo las cosas no
habían pasado de cenas en lugares concurridos, salidas al parque, ensayos en el
teatro. Una vez surgió beso, pero no le dimos importancia, fue parte de show.
Camino
a su departamento platicamos acerca de su próxima presentación. Nico vivía en
el centro de la ciudad, relativamente cerca del bar. La recepción del edificio
en donde se domiciliaba era muy elegante. Entramos al ascensor, marcó el número
siete. Me abrazó y me dio un beso profundo que se interrumpió cuando el
ascensor abrió sus puertas. Caminamos tomados de la mano hasta la puerta de su
departamento.
Al abrir la puerta me sorprendió un amplio
espacio de paredes blancas y piso de mármol negro. Los muebles rectos y simples en colores
blancos y grises. Había varios cuadros con imágenes abstractas, y un enorme LCD
que completaba la decoración frente al juego de recibo. Era un ambiente moderno,
elegante y clásico, que representaba una decoración con mucho gusto, y orden.
Nico
me acompañó hasta el mueble principal, encendió el televisor y apareció la
imagen de uno de esos tantos programas musicales que estaban de moda, sirvió un
par de tragos. Brindamos por el reencuentro.
-Fue una gran sorpresa
encontrarte –me dijo, brindándome una encantadora sonrisa-.
-Al menos para ti fue grato,
temprano huyeron de mí –una carcajada acompañó mi frase-.
-¿Quién quisiera escapar de
ti?
-Te aseguro que muchos,
Anita por ejemplo.
-¿Aún tienes problemas con
ella? ¿Quieres hablar de ello?
-No, hablemos mejor de ti.
-¿De mí? No hay mucho que
decir, el teatro me absorbe, pero es lo que me gusta. Es mi vida. Me encanta el
público –su mirada cambió, y una sonrisa pícara se dibujó en su rostro- ¿pero
sabes qué me gusta más?
-No, sorpréndeme.
-La sola idea de abrazarte, sintiendo tu
respiración tan cerca, como hace un momento pasó. Eso me enloquece.
-¿Y si te gusta tanto, por
qué no lo haces?
Tomó
mis manos, luego me abrazó. Caricias ligeras se fueron convirtiendo en intensas
muestras de pasión. Me tomó con fuerza, pero sin quitarme el aliento. Hubo una
sucesión de largos besos, su aliento y el mío fundidos. Y las caricias
comenzaron a ser más invasivas. Con sólo mirarle y saber que deseaba más, igual
que yo, me hacía sentirme entre nubes.
Me
sentía magnífica entre sus brazos. Su
lengua se deslizó por mi cuello, colocó una mano por debajo de mi vestido. Mi
piel se erizó y al sentir su mano, ahogué un gemido. Poco a poco quitó toda mi
ropa, hasta dejar mi cuerpo al
descubierto. Lo miré anhelante. Mientras
mis manos lo despojaban de su camiseta, no perdió detalle de mis actos. Me miró
con sus apasionados ojos azules. Nos fundimos en un beso mientras nuestra piel
sentía el calor de nuestros cuerpos llenos de deseo.
-No te cohíbas, déjate
llevar y hazme lo quieras, soy sólo tuyo –me dijo al oído-.
Fui deslizando su pantalón hacia sus pies.
Luego, con suavidad, mirando esos hermosos ojos azules lo despojé de su ropa
interior. Al dejar su cuerpo desnudo, me
recree con la vista. Pasé mi lengua por su entre pierna y dejé un rastro de
saliva. Me tomó con fuerza del cabello me obligó a ver sus ojos. Su cuerpo
temblaba. Obediente pero insistiendo, deslicé mi lengua por su torso, hasta
llegar a su boca mientras una mano suya
me tomaba por detrás para que no me separase de él. Me miró medio desafiante y
dijo: siempre te he amado. Entonces desperté con la mano entre las piernas.
Lluvia de Lobos
Antes
de morir pudo contarme nuevamente aquella historia. Pero esta vez lo hizo con
más dolor y pasión que las anteriores. Quizás haya sido esa sensación de estar
al borde de la muerte que conlleva a aferrarnos a los recuerdos y hacer de
ellos un espacio en la memoria de los otros.
Mi padre siempre fue un hombre fuerte. Recio
como un árbol. Debajo de sus ramas abrigaba y protegía a sus seres amados, y a
sus posesiones. Su lema era “proteger lo que amamos no es un deber: es una
obligación”. Mi padre, Vittore Luciano, vivió en Palermo. En lo que él llamaba
una joya cubierta polvo. Con sus calles estrechas, su inmensa Catedral, la
plaza Precatoria, la plaza Bellini y justo frente a Bellini él tenía su Vucciria.
Un pequeño supermercado en el que al caer la noche se encendía una especie de
aureola mágica, por esa mezcla de olores de las flores de la plaza y los
colores de los faros que lo hacen un
recuerdo tan indescriptible como inolvidable.
Vittore
sobrevivió a desastres naturales. Terremotos y miseria, pero lo que dejó honda
huella en su espíritu fueron “Los hombres de honor”. Él siempre decía: el honor
tendría que ver con una cualidad moral que nos recuerda el deber con nuestro
prójimo y con nosotros mismos y debería estar estrechamente ligado a la dignidad
de la persona, cuando decimos “un hombre de honor” inmediatamente imaginamos a
alguien de valores morales y conducta intachable, pero para mí y en especial
para él, “un hombre honor viene a ser todo lo opuesto”.
En
esta era de criminalidad, como no se había visto antes en la historia, y cuando
empiezan a comprenderse costumbres
criminales de solidez en Sicilia que no estaban antes en nuestra imaginación
criminal. Es cuando más recuerdo aquella historia.
II
Esa
noche Vittore se veía muy desmejorado. Hubo un momento en el que perdió el
conocimiento. El doctor nos dijo que faltaba muy poco para que se apagara la
llama de sus ojos. Su corazón ya no quería o no podía seguir latiendo. Cuando
recuperó el conocimiento me llamó y pidió que me acostase a su lado, me dijo:
-Paula, hoy quiero contarte
la historia más triste y más apasionante de mi vida -yo había escuchado esa
historia muchas veces, pero comprendí que ya se acercaba el momento de su
partida. Entonces me acurruqué entre brazos y me mantuve atenta durante la
historia-.
-Dime padre, ¿cuál es esa la
historia?
-Paula, después de sufrir el
sismo de 1968, cuando tu madre y yo logramos recuperar las pérdidas, decidimos
montar nuestro propio negocio, eso fue en 1970. Ah, podrías imaginar la
felicidad de tu viejo. ¡La mia attività in proprio! Estaba tan contento. Recién
cumplía mis treinta y cinco años. Tenía una mujer maravillosa a mi lado que me
apoyaba en todo. Y Justo cuando comenzaba a prosperar nuestra Vucciria, teníamos
seis meses trabajando duro, abríamos a las cinco de la mañana y cerrábamos a
las once de la noche. Una tarde de octubre el negocio se quedó solo. Estamos tu
madre y yo en la puerta principal y se detuvo una camioneta lujosa, de ella
descendieron tres hombres y desde adentro se dejaron ver dos. Los tres hombres
se me acercaron y preguntaron:
-¿Es usted Vittore Luciano?
–por supuesto que ellos sabían que era yo-.
-Sì, io sono Luciano Vittore.
Después
de la presentación ellos pidieron a mi mujer y a mi, entrar al local porque
venían a hablar de negocios. Cuando estábamos dentro cada uno dejó que viéramos
sus armas y el más grande de ellos habló.
- Somos “Los hombres de
honor” y acá todo se rige por nuestras leyes –sentenció el gigante-. Desde los
puestos de diarios, hasta los emporios más grandes. Ustedes deberán pagarnos el
derecho a piso. Si se niega destruiremos su negocio. Si avisa a la policía mataremos a su esposa. Si hace algún
comentario le amputaremos alguna extremidad. Se fijará una cuota quincenal de
acuerdo al tipo de negocio. Mañana pasaremos por su respuesta.
Cuando
”Los hombres de honor” salieron de la Vucciria
tu madre rompió en llanto. Yo estallé ira. Pero ¿qué podíamos hacer?
“Los hombres de honor” siempre cumplen su palabra. Teníamos dos opciones: cerrar
la Vucciria o pagar la cuota. Si cerrábamos la Vucciria seguramente destruirían
nuestra casa o se vengarían de alguna forma. Por más vueltas que diéramos no
teníamos opción. Esa noche no pude dormir, abrí el negocio a las ocho de la
mañana. Tu madre se quedó en casa muerta de miedo. Pocos minutos después de
estar trabajando llegaron “Los hombres de honor”.
Se acordó una cuota y “los hombres de honor”
se marcharon. En cada quincena aparecían ellos buscando su cuota. Nunca fallé.
Siempre la tuve puntual. Pero un día tú mamá estaba muy grave, peligraba su
vida tanto como la tuya. Los médicos pudieron salvar a ambas. Pero yo olvidé
por completo a “Los hombres de honor”. Al llegar esa noche vi mi negocio destrozado. Al sentarme junto a la mesa, frustrado y
enojado, observé una nota pegada que
decía: “Esto es por fallar a la cuota, si vuelve a pasar iremos por tu mujer o
por tu primogénita”.
Yo
estaba cansado de pagar cuotas. Cuotas
que cada vez aumentaban más. Ya no podía vivir bajo esa amenaza constante. Tú ya
te habías convertido en una señorita. Yo no quería que nadie te hiciera daño.
Así que te envié fuera del país y me reuní con varios propietarios de negocios
acordamos establecer una lucha contra “Los hombres de honor”. Ellos se
enteraron de mis actos y le dieron un castigo a tu madre. La golpearon tanto
que casi muere.
Fue
en aquel momento en que no lo soporte más y
decidí actuar. Lleve al hombre que golpeo a tu madre a juicio y lo señale
públicamente como un mafioso. Desde ese momento se inició una lluvia de
lobos. Destruyeron la casa, el negocio,
el auto. Tu madre y yo estábamos bajo el
resguardo de la policía y pudimos escaparnos de su ira. Fue entonces cuando la
noticia se dio a conocer y muchos otros se unieron a la causa. Ahora ya todos
lo saben. Ahora todos se apoyan y luchamos contra “Los hombres de honor”. Pronto
habrá quienes no paguen ese derecho a piso, pronto nadie tendrá que vivir bajo
amenaza y seremos una unidad. Recuerda Paula, los buenos somos más que los
pillos.
III
Se
dibujó una sonrisa en su rostro y sus ojos se apagaron. Ahora todos tendremos
el derecho, el derecho de lo pagar derecho a piso, gracias a ti Vittore
Luiciano. Gracias ti papá por crear esa lluvia de lobos para indicarnos el
camino para derrotar a “Los hombres de honor”.

bien, me gusta tu voz narrativa aunque se que esta en vais te perfeccionarse. me gusta tus cuentos no quiero comentar en detalle por que simplemente me gustan. no sabia que escribías tan bien, bueno no sabia que escribías. te felicito.
ResponderEliminarGracias cielo. Estoy mejorando la redacción, tengo muchos escritos guardados. Pero debo acomodarlos, estos son los que tenían menos fallas. Pienso que aún me falta pulirlos más.
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