4/4/12

MARÍA (CORO)


Biografía


María Gabriela Maseda, Nací el 21 de Febrero de 1988 en la ciudad de Judibana. Abogada sin ejercer, y posiblemente jamás lo haga, estudiante de Educación mención Ingles. Alegre, entretenida, divertida, algo perdida en las nubes, amante del cine y las series, adicta a buenos libros, perdida por las letras y la música. Para mí no todos los cuentos tienen que tener un final feliz, los mejores son aquellos que te sorprenden. Escribir es mi pasión, si la realidad no me convence, la invento. Las palabras son mis armas, el debate mi campo de batalla, y mi único sueño el escribir por siempre.

Crónicas de una partida anunciada

Mi nombre es María, soy una chica normal, con un nombre más que normal, de una pequeña ciudad demasiado normal,  y era la primera vez que me detenía a pensar en mi vida; en mis errores y mis triunfos. Vi mis primeros años pasar ante mí como una película, las imágenes superpuestas se mezclaban en una extraña amalgama de colores. La paz que al principio me había calmado ahora desaparecía lentamente y un latente miedo la estaba suplantando. Jamás me había detenido a imaginar cómo moriría.
La perfección es así de superflua, solo aquellos que la alcanzan entienden lo aburrido que puede llegar a ser. Nadie me advirtió del peligro al que me dirigía; parecía que el único resultado posible de aquel juego era el más simple de todo, el final; todo lo que empieza tiene que acabar y seguir su eterno ciclo. Las cosas que antes me habían molestado ahora aparecían tan banales frente a mí, ya no me importaban, nada tenía sentido.
Lo que más me asombra del ser humano es esa capacidad innata que tienen para sentirse inconforme; los que lo tienen todo no quieren nada, y los que no tienen nada lo quieren todo. Nunca pensamos en lo que poseemos, en lo que se nos presta en un momento, en lo que por naturaleza divina es nuestro.
Estoy en mi habitación, en uno de las zonas más lujosas de mi ciudad. Puedo escuchar todavía las risas de los niños jugando en el parque de enfrente, las cornetas de los autos pasando a toda velocidad. Nunca antes había estado tan consiente de todo lo que me rodeaba, quizás jamás había escuchado realmente; pero ahora podía distinguir entre el suave canto de un ave roja, posada en uno de los árboles que da a mi ventana, y los típicos sonidos de la ciudad, escuchar sonar las campanas de la iglesia más cercana, incluso las pisadas de mis familiares en el piso de abajo. En ese preciso momento me sentía más viva que nunca.
Todos mis sentidos se avivaron, alcanzaron una potencia inimaginable, podía contemplar con precisión las formas y los colores que me rodeaban, era como despertar de un sueño y admirar por primera vez la realidad que te rodea. Inhalé profundamente el aire que me envolvía como un delicado perfume aún no fabricado; cada esencia, cada olor posible, lo sentía de forma tan intensa que casi podía darle forma, casi podía tocarlo, ¡Y el Tacto! No creo que pudiese describir con palabras lo que mi piel era capaz de sentir, mi cuerpo nunca antes se había estremecido de aquella manera al simple roce de las sabanas. Mis labios se abrieron lentamente probando el suave olor floral que se colaba por la ventana entreabierta, era como tener los pétalos en mi boca. Aquella tarde había sido la mejor de todas, por primera vez en años sentí ganas de vivir, pero por supuesto, ya era demasiado tarde; como dije, la capacidad más asombrosa del ser humano es la inconformidad y esta tarde yo estaba siendo víctima de mi propio razonamiento, nunca sabes lo que tienes hasta que lo pierdes, o estás a punto.
Supongo que mañana comenzarán a correr las historias y los típicos rumores de ciudad pequeña, ya saben lo que dicen, “Pueblo chico, infierno grande”. Imagino que todos se preguntarán el por qué, cómo, cuándo y dónde. A estas preguntas realmente me gustaría poder responder, pero no creo que yo misma logre encontrar un verdadero motivo. ¿Dónde? “En su habitación, la misma de toda la vida, aquella en la que entraste una vez” Dirá una. ¿Cuándo? “En plena tarde mientras todos se reunían en el salón a tomar café y hablar del día, incluso escuché que su novio estaba en la otra habitación viendo un partido de futbol con el hermano” Dirá la otra. ¿Cómo? Esta será quizás una de las preguntas más formuladas. Sí, esta y ¿Por qué? Me imagino que serán las más populares. Otra de las cosas más curiosas de los humanos es que, a pesar de que lo neguemos, y de lo mucho que intentemos ocultarlo, está en nuestra naturaleza el morbo, querer saber hasta los más mínimos detalles, por muy horrorosos y desagradable que puedan ser, siempre queremos saber; algunos lo llamarán curiosidad, yo simplemente lo llamo morbosidad.
Pero…cuando se te acaba el tiempo y no hay vuelta atrás, es que te das cuenta de lo que de verdad quieres. Y mi verdad es que estaba arrepentida, ya no seguía deseando lo mismo, quería volver, comenzar de nuevo; sin embargo me había cerciorado de que no existiese escapatoria, esa tarde era “La tarde”. Una vez que las pastillas surtieron todos sus efectos y que aquella sustancia carmesí comenzó a esparcirse por todo mi cuerpo empapando mis sabanas, supe que no había salida. Estaba perdiendo todas mis fuerzas, las drogas habían paralizado mi cuerpo, no podía moverme, hablar o gritar por ayuda, pero podía sentirlo todo, experimentar el pánico efervescente en el pecho mientras mi corazón luchaba por realizar su trabajo, sabiendo que sus latidos estaban contados.
 Sentía el frío envolviéndome como una manta de agua mientras el color abandonaba poco a poco mi cuerpo; la sangre escapaba de mí despiadadamente vaciándome por completo. Podía sentir a la muerte tocando mi puerta.
Nunca entenderían por qué, yo tampoco lo sabría. ¿Por qué había decidido acabar con mi vida aquella tarde? Esa era la pregunta que nadie nunca iba a poder responder. Partiría de aquel mundo dejando a todos los que me quisieron con aquella incógnita, mis padres, mi hermano, mi novio, mis amigos. Los periódicos escribirían, en la página de atrás, sobre mi repentina muerte, “Suicidio sin motivo conocido”, todos los que me conocieron hablarían de mi durante días, inventarían nuevas pruebas, exagerarían los comentarios y luego, con suerte o sin ella, me convertiría en un simple recuerdo de esos que se van con el tiempo, de aquellos que se olvidan; mi muerte no sería recordada porque lo hubiese hecho por una causa justa, como una forma de protesta o para demostrar un punto, no, nadie nunca lo entendería.
La muerte, como la vida, es imprevisible, y al igual que ella, tan fácil como llega se va. “La esperanza es lo último que se pierde” ¿Cuántos no han escuchado aquella frase? Tienen razón, es lo único que queda al final, y es lo peor. Escuché los pasos de mi madre acercándose cada vez más a mi habitación y mi corazón no pudo evitar latir desesperado acortando un poco más los minutos o segundos que me quedaban; podría salvarme, solo necesitaba que me encontraran, debía hacer algún tipo de señal, cualquiera. Intenté con todas mis fuerzas mover mi brazo, el celular reposaba a pocos centímetros de distancia, solo debía presionar la primera tecla por unos segundos y el marcador automático llamaría al celular de mi mamá instantáneamente, pero por más que quisiera, por mucho que lo intentase, mi cuerpo estaba inmovilizado por completo. Abrí lo máximo que pude los labios y forcé la garganta tratando en vano de emitir algún sonido. Podía escuchar las voces de mis padres a solo pasos de mi puerta. Estaba desesperada luchando contra corriente, quería vivir, quería ser salvada y mi única esperanza yacía a solo un metro de distancia. Incluso cuando unos nudillos golpearon la puerta de mi cuarto y una voz, que ya apenas reconocía, me llamaba para que bajara a cenar y las lagrimas recorrían la pálida piel de mi rostro, solo había algo en lo que podía pensar y con esa idea exhalé mi último aliento cuando la esperanza me abandonó. ¿Por qué había decidido acabar con mi vida de aquella manera? La única respuesta que existía era… “Porque podía”.

Mi demonio oculto

Estoy acostada aquí en mi cama temiendo quemar con el calor de mi cuerpo las sabanas, abrumadas, quizás encolerizada por todos estos pensamientos que pasan en estos momentos por mi mente... Cierro los ojos fuertemente tratando de convencerme a mí misma...pero lo recuerdo enseguida, llega a mi memoria como si me cuerpo lo invocara.
Me tiembla el pulso de tan solo pensar qué sucederá cuando llegue el día...solo me sumerjo en mis pensamientos más profundos "Por mi se llega a la ciudad del eterno placer donde se pierden todas las almas".
Aprieto mis puños tan fuerte como desafiando a mi piel a romperse y sangrar...sentir dolor, un dolor más intenso que el que causa el engaño.
"Porque...Es engaño ¿No? mi piel palpita al ritmo de su mirada...porque su amor profana la virtud divina y me lleva como demonio a la pasión más oscura"
Logrando a penas ver la silueta de mi cuerpo estremeciéndose entre el dolor y el placer, sucumbió ante la oscuridad y dejó escuchar su voz.
"¿Quieres que responda esa pregunta que llevas horas haciéndote?". Su tono hizo estremecer mi espalda desnuda, era una voz fría, misteriosa, había un dejo en su tono de voz como si aquella escena fuese algo de todos los días; luché contra mis deseos de huir de esa cama y de esa voz que no sabía de dónde venía...sin embargo la intriga y mis ganas de conocer aquella respuesta me ganaron.
“¿Quién eres?" Pregunté "¡Muéstrate!" Ordené al no oír respuesta. Incrédula, dudando ya siquiera de haber escuchado la voz volví a mi ensimismamiento.
"Confieso que has  sido, sin duda alguna, una de mis favoritas, siempre fuiste la más controversial, hacías lo que sentías"
Esta vez la voz llevó mi vista hasta una esquina de mi habitación oculta entre las sombras...un tenue rayo de luz, proveniente de la ventana, rozó su silueta.
"¿Qué quieres de mí?" Pregunté, casi al mismo tiempo que ahogaba un grito.
"Sabes muy bien a qué vine" Lo sabía, de alguna manera sabía quién era y por qué estaba allí. Me carcomían las ganas y el desespero de oír esa frase aturdidora...entonces habló, habló y palpitó mi corazón desafiante.
"Me cautivaste desde el primer momento en que te ví, fue el mismo día en que tus labios probaron pecado alguno" Pasó rozando uno de los lados de mi cama, seguía sin poder ver su rostro, se acercaba y alejaba sigilosamente. Podía ver una mueca en su rostro que semejaba una sonrisa cuando continuó hablado.
"Conozco todos tus secretos, incluso aquellos que tú misma has olvidado... Sí"
"Sí, ¿qué?" Pregunté, casi temerosa de saber la respuesta.
"Sí, es la respuesta a tu pregunta..."
Entonces lo entendí todo...mi cuerpo ardió casi de excitación cuando escuchó lo que quería oír, pero aún parte de mí se debatía entre lo real y lo incierto; se estaba peleando en mí una batalla entre el bien y el mal...y el demonio que me poseía llevaba aún la delantera.
"Veo que he dicho exactamente lo que deseabas escuchar...sin embargo, sabes muy bien que le estás mintiendo, y aunque disfruto del engaño que estás creando te advierto que en el infierno hay un lugar para los pecadores, donde yace un pozo dilatado y hondo en donde almas como la tuya, bañadas de lujuria, pagan por todos sus pecados"
Su voz cada vez me asustaba más, pero todavía no podía borrar de mi memoria aquellos labios besando los míos...sus manos trazando las curvas de mi cuerpo ¡Dios! ¿Cómo no anhelarla? ¿Cómo no imaginar su figura desnuda? Su cintura, sus caderas...Pero ahí estaba él del otro lado, con su cuerpo de adonis, diciéndome todas esas cosas al oído, el hombre perfecto... Pero... ¡Ese maldito "pero"! ¡Es ella! Ella es ese "pero" que me hace dudar, que me hace pensar solo en su cuerpo y en la sensación de deseo imperial que siento cada vez que la veo. Ella es mi demonio, la que me posee en las noches...El es mi realidad en los días.
"¿Puede esto estar sucediendo?"  "Sí" había dicho aquel hombre, sí está sucediendo...Le estoy mintiendo...mi mente se escapa a ese lugar entre las sombras en el que está ella mientras él me toma de la mano dulcemente mientras caminamos... y me resigno...me resigno a ser una mentirosa compulsiva, me resigno a estar dividida eternamente.
Estas últimas palabras fueron las que pronuncié al hombre de las sombras...este, como si lo hubiese previsto, dejó escapar un leve suspiro de conformidad.
"Seguiré haciéndote dudar cuando menos lo esperes" Dijo en un tono desafiante digno de un profeta.
"Ya no te necesito, puedes volver de donde viniste, ya elegí mi camino"...Dije.
Y así fue como, con una sonrisa de complicidad, su leve silueta se desvaneció en el aire... fue como si se mezclara con las sombras y se fuera con el viento...volvió a donde pertenecía, a ese lugar al que todos llamamos conciencia.

Cicatrices

¿Qué harías si tuvieses el poder de decidir quién vive y quién muere? ¿Te atreverías a equilibrar la balanza y tomar la justicia en tus propias manos?
Hace veinte años mi destino fue decidido, fui marcado para siempre. Aprendí a vivir entre las sombras y parecer invisible para que nadie notara mi presencia, aprendí entre otras cosas a ser menos que una ilusión. Mi defecto, sin embargo, me otorgo la habilidad que más aprecio.
Nunca imagine que pudiese existir en el mundo alguien tan diferente y capaz de mirarme de esa manera, no había odio ni terror en su mirada, solo paz y tranquilidad, a pesar de lo que estaba a punto de suceder; incluso creo haber visto un destello de algo que parecía lastima, pero no de esa destinada a herir y hacerte sentir menos persona, sino de aquella que te llena de ese sentimiento de comprensión.
A la edad de ocho años mi padre casi acaba con mi vida. Ebrio, como de costumbre, tomó una de las llaves inglesas del cajón de las herramientas y me golpeó con ella hasta dejarme sin sentido. Desperté en el hospital dos días después, casi no recordaba nada hasta que vislumbré un destello de mi rostro en el reflejo oscuro de la luna sobre la ventana de mi habitación. Recuerdo haber gritado como loco hasta que una de las enfermeras se acercó alarmada hasta mí, seguido de ella se encontraba la última persona a la que deseaba ver; nunca había odiado a nadie como lo odié a él. Dicen que no somos capaces de sentir tales sentimientos, pero yo digo que mienten, nunca entendieron ni entenderán la forma en la que pensamos. Sí podemos odiar, y yo odie a mi padre hasta el último de mis días.
 Entró sigilosamente en la habitación con la mirada desconfiada fija en mí. No dije nada. La enfermera me tranquilizó, aunque ya no lo necesitara, y me explicó que las heridas habían sido demasiado profundas y que a menos que me sometiera a varias dolorosas, y nada económicas, cirugías reconstructivas, quedaría marcado para siempre. Vi, literalmente, como todos y cada uno de mis sueños se caían a pedazos, adiós a toda mi vida.
Las cicatrices surcaban mi rostro como largos y profundos zarpazos, distorsionando toda mi cara mientras me contemplaba en un espejo.  La enfermera abandonó la habitación dejándonos a solas. Mi padre se acercó ahora más tranquilo, suponiendo que no diría nada de lo ocurrido; pero fue cuando su áspera y fría mano tocó la mía, cuando la furia y la ira que había dentro de mí estalló en todas sus formas distorsionado cada partícula de mi voz hasta hacerla sonar salida de ultratumba.
-No creas que olvidé, o dejaré pasar lo que hiciste – Le aseguré – Vivirás hasta el último minuto mirando mi rostro, y te juro que será el ultimo que veas antes de tu muerte.
Aquellas palabras no habrían significado nada viniendo de cualquier otro niño de ocho años, pero tanto él como yo sabíamos lo diferente que yo era del resto del mundo; y a pesar de la sorpresa que le causaron mis palabras no pudo esconder el miedo que invadió sus ojos cuando posé los míos en ellos, sabía muy bien que jamás llegaría  a ser más inteligente que yo; no había nada que pudiese hacer para luchar contra algo más allá de sus capacidades.
Desde pequeño había demostrado una impresionante capacidad de análisis, mi mundo era uno completamente distinto al de todos, veía las cosas como un todo y a la vez de forma tan individual que podía imaginar cómo funcionaba y se conectaba cada parte. A  los ocho años de edad cursaba ya el sexto grado y era el primero en mi clase.
Al ver el mundo en la forma en la que lo hacía pude al fin llevar a cabo mi mayor promesa. Me acababa de graduar de la universidad con los más grandes honores cuando decidí volver al lugar al que una vez llamé hogar y así fue como la cumplí. Estaba resignado cuando me contempló bajo el marco de la puerta de la casa, sabía lo que significaba mi presencia en aquel lugar; no importaba, ni nunca lo habría hecho, lo mucho que hubiese cambiado, que hubiese encontrado el buen camino para hacer el bien y limpiar sus pecados, como había dicho, lo único importante era mi misión. Mi rostro fue el último que vio mientras la luz se apagaba en sus ojos con una última señal de miedo, terror y culpa, me miró como si ya no reconociera la cara de su propio hijo; como si yo hubiese muerto también aquella noche. Ese fue el nacimiento del monstruo.
Han pasado ya nueve años desde aquella fatídica noche en la que cumplí mi promesa, y nunca he podido olvidar aquellos ojos mirándome de aquella manera. Esa imagen me ha acechado toda las noches como una sombra, como el frágil sueño de un desesperado, esté dormido o despierto.
Me acostumbré a la oscuridad, a que las personas pasen a mi lado en la calle y decidan cambiar de acera, a que los niños lloren al ver mi rostro. Me acostumbré entre otras cosas a pasar desapercibido; sabía muy bien que mis intentos serían recompensados, que había un destino mucho mayor para mí en esta vida, que todo ocurría por una razón. Sin embargo; no puedo ocultar lo mucho que odio cuando retiran la mirada asustados o llenos de asco como si se creyesen mejores; como si no fuese más que un vulgar fenómeno de circo, un monstruo, solo porque no era igual a ellos.
Se creían superiores solo porque sus rostros eran perfectos, más eran incapaces de entender como yo, de pensar como yo, estaban completamente huecos por dentro, eran un simple cascaron esperando a convertirse en una obra maestra; pero así como se encontraban solo eran borradores, bosquejos aun sin terminar porque les faltaba lo más importante, la inteligencia. Eso me daba placer, más no me reconfortaba del todo, tenía que existir alguna clase de justicia, de equilibrio, y yo lo encontré.
Si los hombres han sido creados para ser todos iguales, ¿Entonces por qué no serlo?, crearía mi propio mundo, y cada quien sería hecho a mi imagen y semejanza. Sería el nuevo Dios y ya no habría ninguna diferencia. Nosotros no seríamos los fenómenos sino ellos.
Mi nuevo plan parecía ser perfecto hasta que llegó ella. No recuerdo con exactitud cuántos había creado, solo que sus marcas eran iguales a las mías; perfectas en todas sus formas y todos y cada uno de ellos me miraba en aquel momento con sus fríos rostros vueltos hacia aquella dantesca escena.
Su cabello rojizo se mezclaba con las gotas carmesís que caían del filo de mi escalpelo haciendo aquella imagen la mejor de todas. Mi mano temblaba por primera vez bajo aquella tenue luz del sótano; a un buen cirujano nunca debería sucederle aquello, y sin embargo me estaba ocurriendo, había quedado completamente paralizado bajo su mirada como una especie de embrujo. Habíamos estudiado juntos durante varios semestres, era inteligente, más que el resto de los estudiantes; y yo la había reservada para ser una de las ultimas, ella sería mi esposa, la Diosa de mi nuevo mundo, solo necesitaba convertirla en uno de nosotros.
A pesar de que sus labios no estaban sellados nunca gritó, ni siquiera hizo sonido alguno, su cuerpo no tembló de miedo bajo la señal del escalpelo o de los demás cuerpos sin vida que yacían en el suelo de la habitación; permanecía inmóvil y apacible como disfrutando de un extraño y placentero sueño. Aquello no era lo que me imaginaba, no encontraba ningún placer en aquella escena, necesitaba los gritos, las suplicas, las redenciones, las palabras de odio y luego las mentiras de amor y arrepentimiento que todos decían, y aun así aquella princesa del hielo nunca hizo nada de aquello. Era como si lo quisiera, como si me estuviese pidiendo en silencio que la convirtiera en uno de nosotros, que tomara su vida en mis manos y la destruyera.
Su marmoleo rostro  brillaba con la pálida luz de las velas que nos rodeaban y no pude evitar sonreír, había encontrado por fin la justicia, lo único que había estado buscando sin saberlo. Ella no me juzgaba, no me temía, en cierta forma solo me comprendía. Tomé el escalpelo nuevamente y mi mano no tembló esta vez, estaba preparado para acabar con todo, ese sería el fin. Lo levanté lentamente, mientras la miraba a los ojos llenos de vida, y lo clavé directo en el corazón, su mirada nunca tembló, ni sus parpados se cerraron mientras me veía caer al suelo con el escalpelo aun en la mano, ella era mi justicia, mi pequeña esperanza, y fue ella la única capaz de detener al monstruo. Mientras mi corazón daba los últimos latidos que tenia destinado y la vida poco a poco se me escapaba del cuerpo, me concentré fuertemente en su mirada; lo único que había deseado en mi vida había sido justicia, equilibrio, y al final lo había tenido, había conseguido a la única persona que no creía que fuese un monstruo, ya no importaban las cicatrices.

3 comentarios:

  1. Luis Daniel Ramones3:36 a. m., abril 07, 2012

    aunque para mi gusto los temas que te gusta relatar son medio melodramaticas, sin duda alguna son muy buenos cuentos, sobretodo en la forma de describir las escenas.

    ResponderEliminar
  2. Francisco Hernández1:02 p. m., abril 09, 2012

    Tienes pinta de ser buena autora, tus historias envuelven y agradan, son del tipo de cuentos que no puedes dejar de leer hasta que llega el punto final.

    ResponderEliminar
  3. Me gusta lo que escribes. Siento que puedes envolver al lector hasta tal punto de hacerlo sentirse parte de la historia y ponga su imaginación a andar, recree las escenas, los personajes y el más minucioso detalle de ellos. Bueno, al menos yo fuí sensible a ese morbo que describías, pero el literario. Alguna vez escuché que no hay lectura más grande que la que hace crecer la sed de saber y leer más, creo que diste en el blanco :) buen trabajo!

    ResponderEliminar