5/4/12

VANESSA (MARACAIBO)


Biografía

Vanessa Perez, Nací en Maracaibo, Venezuela el 25 de octubre de 1992. Tengo 19 años de edad, estudio el quinto semestre de Letras en La Universidad del Zulia. Bailo flamenco en la escuela “La Macarena”. Terminé el curso completo de inglés en el Centro Electrónico de Idiomas. Mi cuento “Tremor” fue publicado en la edición número 261, y mis cuentos “Cementerio”, “Rueda de la Fortuna” y “Sin Zapatos” serán publicados en la edición número 265 de la revista Letralia, Tierra de Letras.


La Mujer del Vestido Amarillo



Así que allí estaba ella, descalza con unas finas sandalias blancas en su mano, su vestido amarillo jugaba con la brisa y en su largo cabello negro resplandecía el sol. Su rostro irradiaba seguridad, y yo no podía entender por qué. Se veía tan hermosa y sutil, sus ojos hablaban por ella, observando el crepúsculo y el abismo.

Los carros pasaban desapercibidos, era como si sólo yo pudiera verla, a nadie le interesaba la situación… y a mí tampoco.

-Somos muchos los que andamos por este camino, pero somos pocos los que logramos cambiar el destino- me dije a mí mismo citando una vieja poesía, nada de lo que yo hiciera iba a alterar lo predestinado. Por eso decidí quedarme allí, inmóvil, observándola, tratando de entender por qué tanta confianza en su mirada y cuál era el siguiente paso.

-Hay gente loca en este país, cada vez somos menos los pensantes- me dijo un anciano señalando a la mujer de amarillo mientras se fumaba un cigarrillo, yo no respondí a su comentario, y sólo perdía de vista a la mujer en el momento de pestañear.

-¡Disculpe, señor!- me dijo una chica al tropezarme, únicamente en ese instante miré hacia abajo y noté que se le habían caído unas monedas a la chica, volteé para entregárselas y observé mi alrededor. Vi al anciano fumando y discutiendo con un joven sobre política; una pareja de novios besándose y hablando de romanticismos; dos chicos tomando jugo y riendo a carcajadas, y por último vi a un chico sentado en una banca con un libro en sus manos, sin ninguna expresión reflejada en su rostro. Entonces recordé a la mujer de amarillo. Miré rápidamente de vuelta al abismo, y ella ya no estaba.

Corrí con todas las fuerzas que tenía hasta llegar a la baranda del puente y vi como ella caía muy lentamente, era una caída desde muy alto, imposible que sobreviviera. Mi corazón latía muy rápido y mis pulmones aspiraban y exhalaban al ritmo del tic-tac de un reloj, incliné mi cuerpo apoyado en la baranda lo más que pude y estiré mis brazos como si pudiera alcanzarla, como si pudiera salvarla.

Cerré mis ojos, justo antes de que su cuerpo golpeara contra las rocas y cuando los abrí de nuevo, allí estaba ella, ya no era sutil y hermosa, sus ojos ya no transmitían nada, y su rostro ya no irradiaba seguridad.

Ahí yacía el cadáver ensangrentado de la mujer del vestido amarillo, y yo permanecí  inmóvil, con el cuerpo inclinado y apoyado en la baranda, hasta que sentí unas gotas de agua fría cayendo sobre mi espalda, alcé la vista hacia el cielo y noté que estaba lloviendo. Era momento de regresar a casa. Nada de lo que yo hiciera iba a alterar lo predestinado.

Al levantarme caminé hacia atrás desorientado y pisé algo que me hizo caer, me golpeé el codo con una roca pequeña, y cuando me levanté para seguir caminando noté que estaba sangrado, miré hacia abajo, y vi una sandalia blanca, la tomé y volví mi mirada hacia el abismo. El cadáver de la mujer del vestido amarillo aún sujetaba una sandalia blanca en su mano derecha, y yo sujetaba la otra en las mías.




La Naranja más naranja



Hola, soy una Naranja. A mí me gusta mucho mi color naranja pero a casi nadie más le gusta. Dicen que soy diferente a las demás naranjas, también dicen que ellas son mejores que yo, no sé por qué, pues somos igual de naranjas y redondas.

Soy más grande que el resto, pensé que eso sería una cualidad que las otras naranjas envidiarían de mí, pero estaba equivocada. Mi amiga la Manzana dice que sí me envidiaban al principio, cuando todavía estábamos en el árbol, pues mi tamaño les intimidaba, claro, eso fue antes de que me cayera. Mi amiga la Ramita me soltó antes de tiempo, no la culpo, pues era muy pesada, entonces fue cuando en mi piel salió una mancha oscura, y nunca se quitó.

A mí me gusta mi manchita. Me distingue del resto, pero el señor frutero dice que ese es mi problema –ojalá fueras igual que las demás naranjas- entonces me pongo triste. Todos los días me levanto pensando en que ahora sí me comprarán y tendré un hogar, pero al final del día, me guardan otra vez.

-Mi jugo tiene vitamina C, soy muy dulce y mis semillitas podrás sacarlas con facilidad- Me paso el día diciendo eso pero nadie escucha. A veces me toman con una sonrisa, pero me tiran de vuelta al cesto cuando ven mi manchita, y al ver la bolsa que compraron de naranjas me doy cuenta que todas son iguales, a pesar de que soy la más grande, la más naranja y la más dulce de todas, soy yo la que siempre termina de vuelta al cesto.

-No se preocupe, amiga Naranja- dijo el cambur negrito- usted no necesita un hogar porque ya tiene uno, es aquí junto con todas las frutas que fuimos soltadas antes de tiempo o que crecimos cuando no debíamos o que no crecimos más o que simplemente ya estamos muy viejitos. Este es el hogar de las mejores frutas, las que siempre somos de vueltas al cesto. Lo que nadie sabe es que somos las más fuertes y por eso nuestro sabor también lo es.


Lucía ha crecido



Siempre pensé que ser joven sería diferente. Cuando era niña, fantaseaba con serlo.

-Lucía, no puedes salir con esos pantalones rotos.

-Lucía, no tienes edad para usar maquillaje.

-Lucía, si quieres ir a casa de ese muchacho, primero tengo que conocer a sus padres.

-Lucía, es tarde, quiero que te vengas a la casa ¡ya!

-Lucía, no tienes edad para tener novio.



Sí, cuando era niña mi madre me prohibía hacer muchas cosas, entonces, deseaba dejar de ser niña, y ser joven. Pensaba lo divertido que sería poder hacer lo que quisiera, sin tener que pedir permiso. –Qué divertido sería ser libre-.

Mientras crecía, me di cuenta de que siempre tendría que pedir permiso, bien sea a mi madre, a mis profesores, a mi novio, o a mí misma.

¿Libre de qué?

Años después dejé de maquillarme porque me di cuenta de que era una ofensa para mi rostro, tomé mis pantalones rotos y me reí a carcajadas por lo feos que son, iba a casa de mis amigos y me regresaba temprano porque al día siguiente tenía que trabajar, y tuve muchos novios que mi hicieron daño y yo a ellos también.

La verdad, es que ser joven, sí es divertido, pero de manera diferente a como yo lo imaginé. A pesar de entender que la libertad era compleja y depende de algo más que la edad, disfruté de ser joven, incluso de las responsabilidades que venían junto con la adolescencia, de los romances y aventuras inesperados. El único problema, fue seguir necesitando esa libertad.

Me decía a mí misma que estaba conforme. –Adáptate, Lucía, no puedes escapar de la sociedad y sus normas- pero inconscientemente seguía buscando una forma de lograrlo, así no fuese permanente, quería encontrar algún lugar o algo que me permitiera sentirme libre, aunque sólo se tratara de una ilusión.

Lo que no había notado, para mi sorpresa, es que siempre tuve esa libertad entre mis manos.

Me la brindó Shakespeare, cuando me permitió ser Ofelia. García Lorca, cuando fui Mariana Pineda. Cortázar, cuando caminé por las calles de París buscando a La Maga. Stephen King, quien me llevó a perder al amor de mi vida mientras fui Johnny Smith. Junto a García Márquez disfruté del maravilloso y fantástico pueblo de Macondo. Supe lo que es la vejez, me lo enseñó Adriano González León. Gracias a Roald Dahl, sentí el aroma del chocolate fresco de La Fábrica de Chocolates de Willy Wonka.

Viajé, fui feliz, reí, lloré, nací, morí y volví a nacer, fui niña y envejecí, me enamoré, muchas veces me enamoré. Fui libre. ¡Hasta en un bicho raro producto de Kafka me convertí!

Si esto no es libertad. ¿Qué podría serlo?

La mejor parte de mi adolescencia, fue encontrar ese algo en el que puedo ser y hacer lo que quiero sin pedir permiso, pero que también me conecta con la niña que fui y no puedo olvidar, el adulto que seré o espero ser, y la joven que soy y que en algún momento extrañaré ser.

Así, encontré los libros.



Los pensamientos de Jimena



Jimena veía las olas del mar golpear las rocas en la orilla. Por un momento sintió que ella era una roca, recibiendo golpe tras golpe, y las rocas inmóviles, como si no les afectara. Sí, Jimena sintió que ella era una roca, inquieta y tranquila como si las situaciones incómodas pasaran desapercibidas frente a sus ojos, como si a Jimena nada le afectara.

Jimena siempre estaba allí para escucharlos a todos, pero nadie estaba allí para escuchar a Jimena. Cuando la gente necesitaba ser aconsejada, Jimena estaba allí para hacerlo, pero cuando Jimena se sentía confundida, nadie estaba allí para aconsejar a Jimena.

Jimena siempre piensa más de dos veces antes de actuar para no afectar a alguien sin notarlo, pero cuando se trata de Jimena la gente la pisotea sin siquiera mirar abajo, mientras que ella sólo se queda inmóvil sin quejas, sin reproches, como las rocas, en silencio, esperando ¡Qué alguien en algún momento piense en Jimena!

Jimena tiene esperanza de que un día todo cambiará, pero nadie muestra inicios de preocuparse por Jimena.

Jimena es muy buena, es fuerte, es comprensiva, es atenta, alentadora, pensante, madura, responsable, única, es agradable, cálida, alegre, intuitiva, diferente, hermosa, amorosa, delicada, respetuosa, inteligente, fresca, segura, digna, confidente, Jimena es honesta, tranquila, inocente, natural, defensora, divertida, talentosa, sonriente, entusiasta, carismática, y en conclusión perfecta.

Jimena es admirada y amada por todos. Pero cuando Jimena está triste, no tiene a alguien a su lado que le pregunte -¿Cómo estás?- porque todos dicen que aman a Jimena, pero nadie lo demuestra.



Cuando Jimena se siente sola, nadie acompaña a Jimena, pero cuando alguien necesita compañía ¿adivinen a quién buscan? A Jimena. Siempre dispuesta a dejar sus obligaciones y deberes para ofrecer ayuda, pero nadie deja nada atrás para ayudar a Jimena.

Todos están demasiado ocupados. Cualquier cosa es más importante que Jimena. Una botella de ron, un programa de televisión, una llamada telefónica, la fiesta del vecino, el mensaje de texto de Fernando, una simple charla sin sentido, media hora más en el despertador, una cita en el salón de belleza, un cigarrillo sin encendedor, un porro de marihuana, quince minutos de tu rutina de ejercicios, dos copas más de vino, un postre para alimentar la gula, un concierto de la banda que no te gusta, un libro que no te interesa, un partido de futbol,  una noche de sexo vacío. Cualquier cosa es más importante que Jimena.

Entonces Jimena siempre está allí para todos, pero para Jimena sólo está ella misma. Se cansó de falsas esperanzas, de imaginar que la gente notaría que están errando sin que Jimena tuviera que mencionarlo, ¿Qué creen que pasaría si Jimena se revelara? Si Jimena comenzara a pensar en ella misma y en nadie más.

Pues todos dejarían de amarla y admirarla, Jimena entonces sería egoísta, malagradecida, caprichosa, ego centrista, problemática, demente, histérica, solitaria, malcriada, irrespetuosa, narcisista, aislada, rechazada, bruja, viciosa, individualista, irracional, ignorante, desagradable, fría,  mentirosa, maliciosa. Jimena sería odiada por la gente que solía decir que la amaba.

¿Qué harían ustedes en el lugar de Jimena?

Si para Jimena no existía un no por respuesta, ella dejaba de limpiar la casa, de salir con sus amigos, de divertirse, de hablar con Daniel, de tener sexo, de fumarse un cigarrillo, de leer un buen libro, de descansar después de terminar los deberes, de dormir, de cocinar, de comer, de beber un poco de whiskey o de beber un poco de agua, de bañarse, de pintarse las uñas, de escribir un poema, de mirar las estrellas, de mirarse al espejo. Jimena era capaz de dejarlo todo para brindarle una sonrisa a alguien más, mientras que las sonrisas de Jimena eran vacías y poco espontáneas.

Pues entonces Jimena sintió que era una roca, pues ellas resisten golpe tras golpe, ¿Pero qué pasaría si un día las rocas deciden golpear a las olas? Quizás el mar les pediría disculpas e hiciera algo para reponerlo  o quizás el mar se enfadaría con tanta fuerzas que golpearía a las rocas con constancia hasta que estas sean destruidas. Ese era el temor de Jimena, dejar de ser amada y comenzar a ser odiada, aunque al final no sería mucha la diferencia, pues todo el pueblo ama a Jimena, pero Jimena está sólo acompañada por ella misma.

Jimena reflexionaba, pensaba en qué sería lo más conveniente, pero se detuvo a indagar en ese último pensamiento, si ahora la gente decía amar a Jimena y le ofrecían ese terrible trato, ¿Cómo sería si la gente la odiara? Entonces su trato hacia ella empeoraría, Jimena no sabía si pensar o no pensar.

Jimena quiso congelar su mente por un segundo y respirar profundamente. Fue entonces cuando sintió aquel enorme e incómodo nudo en la garganta, era la impotencia de escuchar y no ser escuchada, de amar y no ser amada.

Jimena estaba decepcionada, no sólo de su pueblo, sino del mundo completo, pues ese es el futuro que nos espera, son muy pocas las personas que quedan como Jimena, por eso ella decidió no ser la roca, ni ser las olas. Entró a su casa, miró el reflejo de su rostro en un espejo, sonrió y decidió ser eso, una sonrisa espontánea y alegre, junto con un par de ojos llenos de lágrimas, Jimena no es roca ni es ola, Jimena es ella acompañada por ella misma.

3 comentarios:

  1. Luis Daniel Ramones2:00 a. m., abril 09, 2012

    el de la naranja me recuerda a MANZANITA de Julio Garmendia. me gustó más "el vestido amarillo"

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  2. Me encanta el de "Lucía ha crecido", es muy hermoso y produce una gran empatía.

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  3. Me gusta tu manera de narrar, y las descripciones que haces al relatar. Juega un poco más con las fantasias y lo inverosimil en tus textos, creo que es un poco de la chispa que le falta.

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