Biografía
Vanessa Perez, Nací en Maracaibo, Venezuela el 25 de octubre
de 1992. Tengo 19 años de edad, estudio el quinto semestre de Letras en La
Universidad del Zulia. Bailo flamenco en la escuela “La Macarena”. Terminé el
curso completo de inglés en el Centro Electrónico de Idiomas. Mi cuento
“Tremor” fue publicado en la edición número 261, y mis cuentos “Cementerio”,
“Rueda de la Fortuna” y “Sin Zapatos” serán publicados en la edición número 265
de la revista Letralia, Tierra de Letras.
La
Mujer del Vestido Amarillo
Así que allí estaba ella,
descalza con unas finas sandalias blancas en su mano, su vestido amarillo
jugaba con la brisa y en su largo cabello negro resplandecía el sol. Su rostro
irradiaba seguridad, y yo no podía entender por qué. Se veía tan hermosa y
sutil, sus ojos hablaban por ella, observando el crepúsculo y el abismo.
Los carros pasaban
desapercibidos, era como si sólo yo pudiera verla, a nadie le interesaba la
situación… y a mí tampoco.
-Somos muchos los que
andamos por este camino, pero somos pocos los que logramos cambiar el destino-
me dije a mí mismo citando una vieja poesía, nada de lo que yo hiciera iba a
alterar lo predestinado. Por eso decidí quedarme allí, inmóvil, observándola, tratando
de entender por qué tanta confianza en su mirada y cuál era el siguiente paso.
-Hay gente loca en este
país, cada vez somos menos los pensantes- me dijo un anciano señalando a la
mujer de amarillo mientras se fumaba un cigarrillo, yo no respondí a su
comentario, y sólo perdía de vista a la mujer en el momento de pestañear.
-¡Disculpe, señor!- me dijo
una chica al tropezarme, únicamente en ese instante miré hacia abajo y noté que
se le habían caído unas monedas a la chica, volteé para entregárselas y observé
mi alrededor. Vi al anciano fumando y discutiendo con un joven sobre política;
una pareja de novios besándose y hablando de romanticismos; dos chicos tomando
jugo y riendo a carcajadas, y por último vi a un chico sentado en una banca con
un libro en sus manos, sin ninguna expresión reflejada en su rostro. Entonces recordé
a la mujer de amarillo. Miré rápidamente de vuelta al abismo, y ella ya no
estaba.
Corrí con todas las fuerzas
que tenía hasta llegar a la baranda del puente y vi como ella caía muy
lentamente, era una caída desde muy alto, imposible que sobreviviera. Mi
corazón latía muy rápido y mis pulmones aspiraban y exhalaban al ritmo del
tic-tac de un reloj, incliné mi cuerpo apoyado en la baranda lo más que pude y
estiré mis brazos como si pudiera alcanzarla, como si pudiera salvarla.
Cerré mis ojos, justo antes
de que su cuerpo golpeara contra las rocas y cuando los abrí de nuevo, allí
estaba ella, ya no era sutil y hermosa, sus ojos ya no transmitían nada, y su
rostro ya no irradiaba seguridad.
Ahí yacía el cadáver
ensangrentado de la mujer del vestido amarillo, y yo permanecí inmóvil, con el cuerpo inclinado y apoyado en
la baranda, hasta que sentí unas gotas de agua fría cayendo sobre mi espalda,
alcé la vista hacia el cielo y noté que estaba lloviendo. Era momento de
regresar a casa. Nada de lo que yo hiciera iba a alterar lo predestinado.
Al levantarme caminé hacia
atrás desorientado y pisé algo que me hizo caer, me golpeé el codo con una roca
pequeña, y cuando me levanté para seguir caminando noté que estaba sangrado,
miré hacia abajo, y vi una sandalia blanca, la tomé y volví mi mirada hacia el
abismo. El cadáver de la mujer del vestido amarillo aún sujetaba una sandalia
blanca en su mano derecha, y yo sujetaba la otra en las mías.
La
Naranja más naranja
Hola, soy una Naranja. A mí me gusta mucho mi color
naranja pero a casi nadie más le gusta. Dicen que soy diferente a las demás
naranjas, también dicen que ellas son mejores que yo, no sé por qué, pues somos
igual de naranjas y redondas.
Soy más grande que el resto, pensé que eso sería
una cualidad que las otras naranjas envidiarían de mí, pero estaba equivocada.
Mi amiga la Manzana dice que sí me envidiaban al principio, cuando todavía
estábamos en el árbol, pues mi tamaño les intimidaba, claro, eso fue antes de
que me cayera. Mi amiga la Ramita me soltó antes de tiempo, no la culpo, pues
era muy pesada, entonces fue cuando en mi piel salió una mancha oscura, y nunca
se quitó.
A mí me gusta mi manchita. Me distingue del resto,
pero el señor frutero dice que ese es mi problema –ojalá fueras igual que las
demás naranjas- entonces me pongo triste. Todos los días me levanto pensando en
que ahora sí me comprarán y tendré un hogar, pero al final del día, me guardan
otra vez.
-Mi jugo tiene vitamina C, soy muy dulce y mis
semillitas podrás sacarlas con facilidad- Me paso el día diciendo eso pero
nadie escucha. A veces me toman con una sonrisa, pero me tiran de vuelta al
cesto cuando ven mi manchita, y al ver la bolsa que compraron de naranjas me
doy cuenta que todas son iguales, a pesar de que soy la más grande, la más
naranja y la más dulce de todas, soy yo la que siempre termina de vuelta al
cesto.
-No se preocupe, amiga Naranja- dijo el cambur
negrito- usted no necesita un hogar porque ya tiene uno, es aquí junto con
todas las frutas que fuimos soltadas antes de tiempo o que crecimos cuando no
debíamos o que no crecimos más o que simplemente ya estamos muy viejitos. Este
es el hogar de las mejores frutas, las que siempre somos de vueltas al cesto.
Lo que nadie sabe es que somos las más fuertes y por eso nuestro sabor también
lo es.
Lucía
ha crecido
Siempre pensé que ser joven
sería diferente. Cuando era niña, fantaseaba con serlo.
-Lucía, no puedes salir con
esos pantalones rotos.
-Lucía, no tienes edad para
usar maquillaje.
-Lucía, si quieres ir a casa
de ese muchacho, primero tengo que conocer a sus padres.
-Lucía, es tarde, quiero que
te vengas a la casa ¡ya!
-Lucía, no tienes edad para
tener novio.
Sí, cuando era niña mi madre
me prohibía hacer muchas cosas, entonces, deseaba dejar de ser niña, y ser
joven. Pensaba lo divertido que sería poder hacer lo que quisiera, sin tener
que pedir permiso. –Qué divertido sería ser libre-.
Mientras crecía, me di
cuenta de que siempre tendría que pedir permiso, bien sea a mi madre, a mis
profesores, a mi novio, o a mí misma.
¿Libre de qué?
Años después dejé de
maquillarme porque me di cuenta de que era una ofensa para mi rostro, tomé mis
pantalones rotos y me reí a carcajadas por lo feos que son, iba a casa de mis
amigos y me regresaba temprano porque al día siguiente tenía que trabajar, y
tuve muchos novios que mi hicieron daño y yo a ellos también.
La verdad, es que ser joven,
sí es divertido, pero de manera diferente a como yo lo imaginé. A pesar de
entender que la libertad era compleja y depende de algo más que la edad,
disfruté de ser joven, incluso de las responsabilidades que venían junto con la
adolescencia, de los romances y aventuras inesperados. El único problema, fue
seguir necesitando esa libertad.
Me decía a mí misma que
estaba conforme. –Adáptate, Lucía, no puedes escapar de la sociedad y sus
normas- pero inconscientemente seguía buscando una forma de lograrlo, así no
fuese permanente, quería encontrar algún lugar o algo que me permitiera
sentirme libre, aunque sólo se tratara de una ilusión.
Lo que no había notado, para
mi sorpresa, es que siempre tuve esa libertad entre mis manos.
Me la brindó Shakespeare,
cuando me permitió ser Ofelia. García Lorca, cuando fui Mariana Pineda.
Cortázar, cuando caminé por las calles de París buscando a La Maga. Stephen
King, quien me llevó a perder al amor de mi vida mientras fui Johnny Smith.
Junto a García Márquez disfruté del maravilloso y fantástico pueblo de Macondo.
Supe lo que es la vejez, me lo enseñó Adriano González León. Gracias a Roald
Dahl, sentí el aroma del chocolate fresco de La Fábrica de Chocolates de Willy
Wonka.
Viajé, fui feliz, reí,
lloré, nací, morí y volví a nacer, fui niña y envejecí, me enamoré, muchas
veces me enamoré. Fui libre. ¡Hasta en un bicho raro producto de Kafka me
convertí!
Si esto no es libertad. ¿Qué
podría serlo?
La mejor parte de mi
adolescencia, fue encontrar ese algo en el que puedo ser y hacer lo que quiero
sin pedir permiso, pero que también me conecta con la niña que fui y no puedo
olvidar, el adulto que seré o espero ser, y la joven que soy y que en algún
momento extrañaré ser.
Así, encontré los libros.
Los
pensamientos de Jimena
Jimena veía las olas del mar golpear las rocas en
la orilla. Por un momento sintió que ella era una roca, recibiendo golpe tras
golpe, y las rocas inmóviles, como si no les afectara. Sí, Jimena sintió que
ella era una roca, inquieta y tranquila como si las situaciones incómodas
pasaran desapercibidas frente a sus ojos, como si a Jimena nada le afectara.
Jimena siempre estaba allí para escucharlos a
todos, pero nadie estaba allí para escuchar a Jimena. Cuando la gente
necesitaba ser aconsejada, Jimena estaba allí para hacerlo, pero cuando Jimena
se sentía confundida, nadie estaba allí para aconsejar a Jimena.
Jimena siempre piensa más de dos veces antes de
actuar para no afectar a alguien sin notarlo, pero cuando se trata de Jimena la
gente la pisotea sin siquiera mirar abajo, mientras que ella sólo se queda
inmóvil sin quejas, sin reproches, como las rocas, en silencio, esperando ¡Qué
alguien en algún momento piense en Jimena!
Jimena tiene esperanza de que un día todo cambiará,
pero nadie muestra inicios de preocuparse por Jimena.
Jimena es muy buena, es fuerte, es comprensiva, es
atenta, alentadora, pensante, madura, responsable, única, es agradable, cálida,
alegre, intuitiva, diferente, hermosa, amorosa, delicada, respetuosa,
inteligente, fresca, segura, digna, confidente, Jimena es honesta, tranquila,
inocente, natural, defensora, divertida, talentosa, sonriente, entusiasta,
carismática, y en conclusión perfecta.
Jimena es admirada y amada por todos. Pero cuando
Jimena está triste, no tiene a alguien a su lado que le pregunte -¿Cómo estás?-
porque todos dicen que aman a Jimena, pero nadie lo demuestra.
Cuando Jimena se siente sola, nadie acompaña a
Jimena, pero cuando alguien necesita compañía ¿adivinen a quién buscan? A
Jimena. Siempre dispuesta a dejar sus obligaciones y deberes para ofrecer ayuda,
pero nadie deja nada atrás para ayudar a Jimena.
Todos están demasiado ocupados. Cualquier cosa es
más importante que Jimena. Una botella de ron, un programa de televisión, una
llamada telefónica, la fiesta del vecino, el mensaje de texto de Fernando, una
simple charla sin sentido, media hora más en el despertador, una cita en el
salón de belleza, un cigarrillo sin encendedor, un porro de marihuana, quince
minutos de tu rutina de ejercicios, dos copas más de vino, un postre para
alimentar la gula, un concierto de la banda que no te gusta, un libro que no te
interesa, un partido de futbol, una noche de sexo vacío. Cualquier
cosa es más importante que Jimena.
Entonces Jimena siempre está allí para todos, pero
para Jimena sólo está ella misma. Se cansó de falsas esperanzas, de imaginar
que la gente notaría que están errando sin que Jimena tuviera que mencionarlo,
¿Qué creen que pasaría si Jimena se revelara? Si Jimena comenzara a pensar en
ella misma y en nadie más.
Pues todos dejarían de amarla y admirarla, Jimena
entonces sería egoísta, malagradecida, caprichosa, ego centrista, problemática,
demente, histérica, solitaria, malcriada, irrespetuosa, narcisista, aislada,
rechazada, bruja, viciosa, individualista, irracional, ignorante, desagradable,
fría, mentirosa, maliciosa. Jimena sería odiada por la gente que
solía decir que la amaba.
¿Qué harían ustedes en el lugar de Jimena?
Si para Jimena no existía un no por respuesta, ella
dejaba de limpiar la casa, de salir con sus amigos, de divertirse, de hablar
con Daniel, de tener sexo, de fumarse un cigarrillo, de leer un buen libro, de
descansar después de terminar los deberes, de dormir, de cocinar, de comer, de
beber un poco de whiskey o de beber un poco de agua, de bañarse, de pintarse
las uñas, de escribir un poema, de mirar las estrellas, de mirarse al espejo.
Jimena era capaz de dejarlo todo para brindarle una sonrisa a alguien más,
mientras que las sonrisas de Jimena eran vacías y poco espontáneas.
Pues entonces Jimena sintió que era una roca, pues
ellas resisten golpe tras golpe, ¿Pero qué pasaría si un día las rocas deciden
golpear a las olas? Quizás el mar les pediría disculpas e hiciera algo para
reponerlo o quizás el mar se enfadaría con tanta fuerzas que
golpearía a las rocas con constancia hasta que estas sean destruidas. Ese era
el temor de Jimena, dejar de ser amada y comenzar a ser odiada, aunque al final
no sería mucha la diferencia, pues todo el pueblo ama a Jimena, pero Jimena
está sólo acompañada por ella misma.
Jimena reflexionaba, pensaba en qué sería lo más
conveniente, pero se detuvo a indagar en ese último pensamiento, si ahora la
gente decía amar a Jimena y le ofrecían ese terrible trato, ¿Cómo sería si la
gente la odiara? Entonces su trato hacia ella empeoraría, Jimena no sabía si
pensar o no pensar.
Jimena quiso congelar su mente por un segundo y
respirar profundamente. Fue entonces cuando sintió aquel enorme e incómodo nudo
en la garganta, era la impotencia de escuchar y no ser escuchada, de amar y no
ser amada.
Jimena estaba decepcionada, no sólo de su pueblo,
sino del mundo completo, pues ese es el futuro que nos espera, son muy pocas
las personas que quedan como Jimena, por eso ella decidió no ser la roca, ni
ser las olas. Entró a su casa, miró el reflejo de su rostro en un espejo,
sonrió y decidió ser eso, una sonrisa espontánea y alegre, junto con un par de
ojos llenos de lágrimas, Jimena no es roca ni es ola, Jimena es ella acompañada
por ella misma.

el de la naranja me recuerda a MANZANITA de Julio Garmendia. me gustó más "el vestido amarillo"
ResponderEliminarMe encanta el de "Lucía ha crecido", es muy hermoso y produce una gran empatía.
ResponderEliminarMe gusta tu manera de narrar, y las descripciones que haces al relatar. Juega un poco más con las fantasias y lo inverosimil en tus textos, creo que es un poco de la chispa que le falta.
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