Biografía
Anakary Vásquez, Nació y creció en una ciudad, que
más que ciudad, es máquina del tiempo, engendró sueños de la soledad y el
silencio que después de dos décadas han empezado abrir los ojos. Guarda
aversión a los que enumeran sus logros en las biografías y los que usan “la moralidad”
como un pase al cielo. Tiene complejo de creerse abogada, escritora, melómana,
bibliófila y pacifista, pero ninguno de esos calificativos son propios es solo
Anakary y de lo que si no tiene la menor duda es de ser ecléctica y que cree
firmemente en el Creador, Lennon,
Mafalda y la paz.
El fin de Maquiavelo
Detrás
de una cortina de humo mil preguntas son amordazadas por las fuerzas, las
mentiras y las apariencias de ser algo que nunca fue y será. Allí estaba él con
la cara llena de temor, mientras yo sonreía.
Es el miedo de afrontar lo indecible de esos labios temblorosos que titubean al decir la verdad. Respira un aire viciado de hostilidad y miedo a la vez, su garganta se cierra y emite solo un leve chillido. Es que no entiendo, si decirlo es tan fácil. -No, no. No son solo palabras- me dijo, -Es aquello que cambiará el rumbo de todo lo que una vez fue o quizás nunca pasó.
Me engañaba con aquella esperanza y falsa ilusión, de negar aquello que no quería saber, cuando vino el cartero a traerme la noticia, aunque antes de leerla ya lo sabía, sabía que aquellos desgraciados habían quitado su vida.
- Dudas-dijo,- Estaba llena todo el tiempo nuestras cabezas, de hacer lo que creíamos que estaba bien, y lo justificábamos con sus vidas. Muchos apoyaban nuestra causa, se mostraban orgullosos de luchar por la Patria, pero estaban los otros, como tú, que nos veían como asesinos, dioses de la muerte, llevándonos las vidas de sus hijos. Impávidos ante sus súplicas, apretábamos el gatillo. Éramos injuriados cuando pasábamos por los campos y tomábamos sus posesiones, pero que más daba: era el botín de guerra, nuestra recompensa- Aquellas palabras, desataron una furia que controlé, dejé que hablara:
Es el miedo de afrontar lo indecible de esos labios temblorosos que titubean al decir la verdad. Respira un aire viciado de hostilidad y miedo a la vez, su garganta se cierra y emite solo un leve chillido. Es que no entiendo, si decirlo es tan fácil. -No, no. No son solo palabras- me dijo, -Es aquello que cambiará el rumbo de todo lo que una vez fue o quizás nunca pasó.
Me engañaba con aquella esperanza y falsa ilusión, de negar aquello que no quería saber, cuando vino el cartero a traerme la noticia, aunque antes de leerla ya lo sabía, sabía que aquellos desgraciados habían quitado su vida.
- Dudas-dijo,- Estaba llena todo el tiempo nuestras cabezas, de hacer lo que creíamos que estaba bien, y lo justificábamos con sus vidas. Muchos apoyaban nuestra causa, se mostraban orgullosos de luchar por la Patria, pero estaban los otros, como tú, que nos veían como asesinos, dioses de la muerte, llevándonos las vidas de sus hijos. Impávidos ante sus súplicas, apretábamos el gatillo. Éramos injuriados cuando pasábamos por los campos y tomábamos sus posesiones, pero que más daba: era el botín de guerra, nuestra recompensa- Aquellas palabras, desataron una furia que controlé, dejé que hablara:
-Nuestros
ideales nos cegaban. Tal vez la autoindulgencia es lo que nos llevó al vacío.
-O
a la muerte- inquirí suavemente.
-Nos entrenan para ello, "es una lucha justa", "el fin justifica los medios", les decíamos todos los días antes de ir al campo de batalla.
Cuando le volaba la cabeza a los "traidores", la adrenalina corría por nuestras venas, y un leve furor subía a mi pecho. Al regresar victoriosos enarbolando la bandera de triunfo, gritábamos eufóricos y celebrábamos hasta el amanecer.
Pero al dormir-interrumpí- todo era tan distinto. Su alegría se esfumaba, empezaba a escucharse los gemidos y los que se removían incómodos perseguidos en sueños por esa sangre "enemiga", que ensució sus manos y su alma. Todos ustedes, son la misma basura, van por allí luchando por una "causa justa", tan justa que la muerte de una minoría justifica la muerte de miles, pero a la final son los mismos asesinos que mataron a mi hijo, mientras yo limpiaba sus suelas llenas de sangre inocente, ¡ustedes me pateaban la espalda!-terminé gritando histérico con lágrimas de rabia.
Ahora que tengo su yugular palpitando de miedo debajo de mi mano ya entiendo la euforia que me habló, la adrenalina tensa en mis dedos por querer descargar toda la rabia acumulada todos estos años. Mis deseos de venganza subían con violencia de mi pecho a mi cabeza, llenándome de irracionalidad. Dentro de mí quería estampar su cabeza contra la pared, así como a un insecto, pero a la vez quería verlo sufrir, pidiéndome clemencia con sus ojos de pájaro herido. Cuando, tengo la determinación de matarlo de pronto todo se vuelve borroso, me siento succionado por un embudo, y...
Mis ojos se abren de pronto, la misma pesadilla acechándome desde días, pero no importa tomaré la venganza por mis propias manos, por tanta sangre inocente que derramó las órdenes del General. A él le debo todo mi odio, mi odio justificado, que ahora es mi lucha interna de querer hacer lo que nunca terminé, pero ahora me encuentro solo dentro de esta habitación de paredes blancas, con mis brazos inmovilizados y el somnífero haciendo efecto, solo yo y mis deseos de venganza volviéndome loco.
-Nos entrenan para ello, "es una lucha justa", "el fin justifica los medios", les decíamos todos los días antes de ir al campo de batalla.
Cuando le volaba la cabeza a los "traidores", la adrenalina corría por nuestras venas, y un leve furor subía a mi pecho. Al regresar victoriosos enarbolando la bandera de triunfo, gritábamos eufóricos y celebrábamos hasta el amanecer.
Pero al dormir-interrumpí- todo era tan distinto. Su alegría se esfumaba, empezaba a escucharse los gemidos y los que se removían incómodos perseguidos en sueños por esa sangre "enemiga", que ensució sus manos y su alma. Todos ustedes, son la misma basura, van por allí luchando por una "causa justa", tan justa que la muerte de una minoría justifica la muerte de miles, pero a la final son los mismos asesinos que mataron a mi hijo, mientras yo limpiaba sus suelas llenas de sangre inocente, ¡ustedes me pateaban la espalda!-terminé gritando histérico con lágrimas de rabia.
Ahora que tengo su yugular palpitando de miedo debajo de mi mano ya entiendo la euforia que me habló, la adrenalina tensa en mis dedos por querer descargar toda la rabia acumulada todos estos años. Mis deseos de venganza subían con violencia de mi pecho a mi cabeza, llenándome de irracionalidad. Dentro de mí quería estampar su cabeza contra la pared, así como a un insecto, pero a la vez quería verlo sufrir, pidiéndome clemencia con sus ojos de pájaro herido. Cuando, tengo la determinación de matarlo de pronto todo se vuelve borroso, me siento succionado por un embudo, y...
Mis ojos se abren de pronto, la misma pesadilla acechándome desde días, pero no importa tomaré la venganza por mis propias manos, por tanta sangre inocente que derramó las órdenes del General. A él le debo todo mi odio, mi odio justificado, que ahora es mi lucha interna de querer hacer lo que nunca terminé, pero ahora me encuentro solo dentro de esta habitación de paredes blancas, con mis brazos inmovilizados y el somnífero haciendo efecto, solo yo y mis deseos de venganza volviéndome loco.
Noche de ensueño
En las profundidades de un cavernoso suburbio estaba
ubicada una pequeña mansión subterránea que se comunicaba con un desvencijado
edificio. Estaba llena de lujos, que hasta el más rico mataría por pasar un día
allí. El propietario de la mansión, era un joven ciego, llamado Agustín, quien
vivía de las regalías de su padre, un acaudalado empresario decepcionado de su
hijo.
El joven Agustín, vivía encerrado en su palacete, el cual
llamó: “Noche de ensueño”. Este joven era bien parecido, un poco agrio al
trato, siempre vestía de esmoquin y nunca se quitaba unas gafas oscuras a pesar
que pasaba la mayor parte del tiempo encerrado el sótano. No permitía que Lucas,
el mayordomo, se acercara y mucho menos entrara. El mozo Lucas, a veces
escuchaba bramidos de adentro, cuando el amo se encontraba allí. Agustín
siempre le advertía con recelo: -Lo que sea que escuches, jamás abras la
puerta.
Esporádicamente Agustín salía, y siempre lo hacía bien
entrada la noche, Lucas, nunca sabía hacia donde iba, o cómo se las ingeniaba
para valerse por sí mismo, ya que nunca le pedía que lo acompañara. Al llegar a
la mansión, traía consigo a jóvenes doncellas, que tenían un común denominador,
todas tenían ojos oscuros. Estas doncellas salían del sótano después de pasado
dos días, siempre tenía un aspecto turbado, y cuando ya se habían ido, el joven
Agustín salía furioso, y trataba a Lucas con desdén más de lo que acostumbraba
hacerlo.
Un día cuando el mayordomo hacía limpieza, le dio un olor
putrefacto que expedía de las escaleras, intrigado se acercó al sótano y el
olor se intensificó más, llamó con los nudillos, nada. Intentó por triplicado,
pero el silencio reinaba dentro. Así que avisó al amo que entraría. Cuando giró
el pomo lo hizo con cautela, al abrirlo, un olor nauseabundo chocó contra su
olfato, sacó un pañuelo y se lo puso en la boca, cuando divisó el lugar, había
una oscuridad envolvente, trató de buscar el interruptor, cuando lo encontró lo
accionó y una corriente eléctrica de terror cubrió su cuerpo. Una mujer, estaba
tendida en un camastro metálico, no tenía ojos, era la joven que había llevado
el amo Agustín hace dos días. Cuando se recuperó de la conmoción, se viró y vio
al joven Agustín sentado en su escritorio como muerto, y sangre emanaba de sus
sienes, cuando le acomodó la cabeza para verlo, unos profundos ojos inyectados
en sangre lo miraban eran oscuros como la noche. Nunca había visto al amo sin
las gafas oscuras. En su mano estaba una vieja fotografía ensangrentada, de una
mujer morena, con unos profundos ojos oscuros y tenía en los brazos un niño sin
iris, solo vacío en sus ojos. En el
escritorio que estaba al frente de él había una nota, decía lo siguiente:
“Mujer de mis ensueños
que has sobrevivido de recuerdos vagos. Traté de buscar un parecido contigo,
pero no lo encontré, solo tu ceguedad es
lo único que me dejaste, traté de tener tus ojos pero he fallado. Una vez más fallé, pero fue para siempre,
solo falta verter mi sangre sobre ti”.
-¡Lucas!- El mayordomo despertó en sudor, se repuso lo
más pronto posible para atender al amo. Cuando va a su encuentro, la puerta del
sótano está abierta, vacila. Agustín sale con una espléndida sonrisa, sin
gafas, y sus ojos… sus ojos no están.
El diablo y la mariposa
Acababa de oscurecer el día que Prebisterio la seguía
desde dos cuadras más atrás de la iglesia, ella llevaba puesto un vestido azul
y caminaba con aire resuelto por la acera de la calle, y sin la menor reverencia
entró en el templo y se adentró en el medio de bancas sentándose en uno de los
últimos puestos. Él esperó desde la entrada y la miraba de reojo. Se vio las
manos, una aferrada a una manzana que tenía en el bolsillo del pantalón y la
otra que sujetaba un libro, la volvió a mirar y sonrío. Se inclinó ante el
Cristo crucificado, saludó a un par de monjitas que estaban de rodillas en una
de las bancas de primera fila y fue a su encuentro…
Le sudaban las manos, pero no le importó, mientras sus
ojos fijos en la mujer de azul desfiló todas las bancas, hasta que se sentó muy
próximo a ella y le dijo:
-Hola soy el diablo- él la mira de refilón y juguetea con
la manzana. La mujer se remueve incómoda y le pregunta:-¿Disculpe?
-Seguí una mariposa azul- empieza él- me impresionó
semejante belleza en medio de aquel jardín de flores muertas, su libertad me
aturdía, así que me dije un ser tan hermoso no puede estar vivo-se relame los
labios- no a menos que sea mía.-acotó- Y seguí abstraído en su vuelo, la manera
como revoloteaba, toqueteando los pétalos caídos de aquella naturaleza muerta,
lo hacía con una gracia irresistible. Yo estaba vivo y el hecho que ella
también, todo arrojaba que aquello era un hecho cósmico planificado por Dios,
que justo a esa hora ella pasara frente a mi ventana y yo volteara en ese
instante único e irrepetible. Yo la seguía deslumbrado por su encanto, intenté
acercarme pero se alejaba, creí que me ignoraba pero la rodeé con prudencia,
intenté tomarla pero se mostró evasiva, igual no me importó. Dios nos había
juntado, lo sabía- él hace una pausa y la mira como si un ciego contemplara el
sol, ella intenta salir, pero Presbiterio más rápido, le obstaculiza el paso y
de pronto con una rapidez lanza la manzana y la atrapa en el aire destrozándola
en fracción de un instante, y continuó…
-No me importó que me evitara, yo la tomé por sus alitas,
eran tan frágiles que me conmovieron, le miré de cerca sus antenitas que se
agitaban temblorosas y le sonreí con ternura, jugué con ella le quite parte de su
alita porque su libertad me perturbaba, temía que mancillara su hermosura por
irse por caminos peligrosos y además ella no podía desentonar con el resto, era
un pecado o un milagro su hermosura, así que la encerré en un frasco esperando
la hora de su muerte.¡Pero me mordía la conciencia verla allí prisionera!, por
eso la liberé, al salir se mostraba tímida y temerosa, su vuelo ya no era tan
altivo y juguetón como antes, la contemplé con satisfacción porque había
aprendido la lección: Dios exalta a los humildes pero humilla al altivo. Esperé
esa noche, no debía estar lejos, pensé, ya debía haber muerto así que salí, y
en efecto, en el patio de mi casa la encontré muerta en el suelo con sus alas
estropeadas. La miré con tristeza y la dejé prisionera dentro de las páginas de
un libro. Salí a la calle para que el viento se llevara mi dolor, y para mi
sorpresa allí afuera, había otra mariposa libre y altiva como el viento, debía
ser mía y aprender la lección por igual….
La miró sonriendo, se incorporó y descargó toda su fuerza
en las piernas de la mujer-ella aulló de dolor pero él ignorándola le
dijo-Tome, página 52, soy el diablo y vine para matar robar y destruir- Presbisterio se despidió
con una leve inclinación y se alejó. La mujer con alas azuladas dejó caer el
libro y allí estaba la mariposa azul, que en un tiempo fue hermosa, posada al
pie de las últimas líneas de la página de aquel libro que decía: “…Aquel extraño hubiera podido ser
cualquier trasnochador, una figura sin rostro, ni identidad. En la novela de
Carax aquel extraño era el diablo”
Los inmortales
Cuando el observatorio Cagigal de Venezuela anunciaba que
eran las once horas, treinta minutos, quince segundos, cuatro personas de los
cuatro puntos cardinales de la ciudad se dirigían al punto de encuentro: El
Teatro Cine Miranda, con la misión de encontrarlo a él, El Profeta, y así
consumar el propósito para el que fueron creados.
El Profeta es quien los guió, en tres meses, por el
camino verdadero. La decisión estaba tomada, la que elevaría sus espíritus y
tomarían el poder de los dioses para salvar a esta era. Eran cuatro quienes
cambiarían la Tierra, aquellos hijos de Elohim y de Adán, cuyos nombres
ordinarios, por voluntad de los dioses, empezaban con Ad acompañado con otro
nombre que empezara por la letra E. Eran seres especiales que reinarían con sus
ancestros, Los Visitantes.
Adrián Ernesto, se asomó sigiloso a la habitación de sus
padres, los viejos dormían como benditos, él suspiró de alivio y caminó de
puntillas para salir con cuidado cerró despacio la reja del porche y cuando
estaba en la calle echó a andar a la avenida. Mientras caminaba recordó esa
mañana cuando su padre lo encontró con Ignacio en la plaza Falcón, recordó su
mirada de asco. Eso le dolió. Le dolió la vez que le confesó a él lo que era y
éste le gritó enfurecido que prefería un hijo asesino. Los días que lo
sucedieron fueron grises, su padre ni lo miraba, era como si no existiera para
él. Cuando su padre comía en la mesa y Adrián Ernesto se sentaba para
acompañarlo, se retiraba sin mediar palabra, le dolió la vez que escuchó a su
madre hablar con sus amigas de la iglesia que él salió así porque desde
chiquito le cortaba el pelo un amanerado. Los últimos meses, ya el muchacho ya
casi no llegaba a su casa para no verlo y para no escuchar a su madre llorar en
las noches pidiéndole a un Dios que él no creía por su salvación, como si lo
que él era fuese una enfermedad. Hace tres meses, mientras deambulaba por el
Paseo Talavera, vio a un grupo reunido de distintas edades iba pasar de largo,
hasta que un hombre vestido de esmoquin y de movimientos gráciles lo llamó por
su nombre, desconcertado el muchacho avanzó casi por inercia. El magnetismo de
aquel hombre no era algo terrenal, le pareció ilógico que sólo estuviera
rodeado por tres personas, aquel hombre emanaba luz e invitaba a todos estar
junto a él, beber su presencia...Cuando se acercó los demás no voltearon, lo
veían a Él. Aquel hombre alargó su brazo y le tomó su mano, Adrián Ernesto
sintió un cosquilleo al entrar en contacto con la mano delicada de aquel
desconocido, el hombre llevó su mano a los labios y la besó. Llámeme El
Profeta, vuestra merced- y sonrió mostrando unos blanquísimos dientes.
Esas palabras fueron suficientes para que Adrián todos
los días a la medianoche se reuniera con aquella secta o reunión poco
convencional, para escuchar a El Profeta, sus palabras de sabiduría divina
decían que con el consenso de los dioses descendió a la Tierra, para dar las
buenas nuevas a sus hijos, para decirles que no han sido desamparados y darles
a conocer que el 21 de diciembre del 2012, iniciaría una nueva era, donde seres
ancestrales vendrían a poblar este planeta, para enseñarles los misterios con
que crearon la Esfinge de Egipto, los monumentos de piedra, dejados en el Perú,
México, Guatemala, serían ellos los que amaestrarían, una vez más, la raza
humana- y ustedes Majestad, ustedes son los hijos de Los Visitantes, quienes
reinarán con ellos-les decía- pero primero es necesario el sacrificio de
vosotros, hombres con sangre divina en
sus venas, es necesario amigos para que se conviertan en semidioses y así
ayuden a preparar la Tierra cuando vengan sus ancestros.
Adrián Ernesto, escuchaba fascinado todo aquello que solo
fue revelado a tan pocas personas. Pensó en la ignorancia de su padre, en la
cara que iba a poner cuando él se convirtiera en algo glorioso. Pensó en
Ignacio, esa mañana en la plaza lo llamó loco, porque Adrián se despidió de él
diciéndole que lo vería en otro cuerpo. Lo invadió el recuerdo de su madre
apenas la vio ese día, ella con sus prejuicios religiosos no lo aceptó como era
e hizo que se distanciaran, pero que más daba todos ellos eran un recuerdo
difuso que desaparecía pronto. Ahora sus proyectos eran más importantes, lo
haría por ellos y por todos aquellos que se rieron y hablaron mal de él, por
todos esos insolentes tomó la decisión, por ellos asumiría el reto…
Adela Esmeralda, con los músculos tensos esperaba que su
esposo empezara roncar, salió de la cama con cuidado, luego de vestirse y
cepillarse mecánicamente se inclinó hacia su marido, llamado Carlos, y le dio un beso en la frente, él se removió.
Hacía meses que no le hacía un ademán de cariño, no era porque lo dejó de amar,
sino porque había algo en ella que no funcionaba bien, su alma no estaba, fue
absorbida aquella vez que subió la Montaña de María Lionza, no se dio cuenta al
instante sino a la semana cuando empezó a querer sin ganas, las cosas que le
gustaban antes le parecían vanidad, algo
insustancial, en el trabajo su mente volaba lejos. Se mostró fría con su
esposo, con sus padres, sus amigos, con la vida, con todo. Estaba físicamente,
pero ella no estaba. Oía, veía, pero no sentía, era un robot. Se despertaba,
iba al trabajo porque tenía que hacerlo no porque quisiera. En su casa, la mayor
parte del tiempo la pasaba durmiendo, porque no quería saber nada, solo quería
desconectarse con el mundo que la rodeaba. Su esposo, que siempre había sido
compresivo ya se mostraba exasperado con ella, salían juntos pero Adela
Esmeralda estaba ausente. Un día Carlos invitó a las amigas de bachillerato de
su esposa, para que se la llevaran a algún lugar para que se distrajera con
otras personas, lejos de la monotonía, lejos de él… Se la llevaron a centros
nocturnos de la ciudad, pero fue en vano, ella todavía mostraba indiferencia.
De regreso a casa, una de sus amigas iba a retirar dinero en el Banco
Venezuela, todas se bajaron del carro menos ella. Sentada en el asiento
delantero del carro cambiaba las estaciones en la radio, hasta que lo detuvo en
la 85.5 f.m. la Radio Nacional de Venezuela a través de esa voz radial de
hombre mayor anunciaba que eran las 12, de repente Adela reparó que las luces
del teatro Miranda estaban encendidas a esas altas horas de la noche. Intrigada
se apeó del carro, removió las cadenas pero estaba cerrado, intentó por la
puerta transversal y ésta cedió, cuando entra una sensación de miedo la invade
al ver un hombre elevado a 20 centímetros del suelo con las palmas abiertas
hacia arriba. Ella hace un ademán de irse, pero algo de aquel hombre la hizo
permanecer allí. Él desciende y se dirige hacia ella con una sonrisa en sus
labios, la gallardía de aquel hombre no era humana, piensa ella, camina hacia
donde ella está y la toma del brazo jalándola
suavemente hacia dentro y al mismo tiempo cierra la puerta con lentitud. Adela
Esmeralda, se siente confundida mira los asientos del teatro y solo hay dos
personas contemplándolo a él como hipnotizados. Él estira su brazo con la palma
abierta y ella mecánicamente posa la suya en la mano de aquel hombre con largos
dedos de pianista, se inclina para besarla y la mira con fascinación-. Llámeme
El Profeta, alteza-le dijo con voz suave llena de una miel implícita.
Ella no sabía porque aquel desconocido hacia que se
sintiera especial, esa sensación extraña de miedo mezclado con fascinación
cuando El Profeta pasaba a su lado, rozándola. No entendía porque era difícil
apartar la mirada de él y lo más inquietante de todo ¿Por qué la escogió a ella
para salvar a la humanidad? – No os he escogido a vosotros- dijo El Profeta
como si respondiese el hilo de sus pensamientos-. Vosotros sois y seréis por
siempre.
La noche de la consumación, dejaron un piano en el
teatro. El Profeta tocaba antes de iniciar la sesión, con una habilidad
asombrosa, que parecía un poseso, sus dedos se deslizaban por el teclado tan
rápido que dejaba una figura borrosa donde habían estado sus manos. Pero la
ejecución no lo era todo, sino la melodía que se desbordaba por todo el teatro,
era una melodía hechizante, mucho más que sus palabras y su presencia. La
música parecía melodías celestiales o de otro planeta que no podían ser
concebidas por intelecto humano. La fascinación y la adoración de todos ellos
creció con deliberada adoración. Adela Esmeralda, a veces se sentía mal porque
no podía compartir aquello con su esposo por el Pacto. Tomar la decisión no le
costó porque sabía que lo haría por el bien de su esposo y de toda la humanidad
quizás en la otra vida lo visitaría con su nuevo aspecto. No en ésta, que tenía
a alguien a quien amar, y que a diferencia del resto le hacía sentir viva…
Adamaro Elías, estaba tendido en su cama escuchando a su
abuela Chenca hablar sola en el cuarto contiguo, hace media hora la dejó
arropada en su cama, y le dio un beso de buenas noches y de despedida. Ahora él
esperaba que el reloj marcara las 11:40 de la noche para ir al encuentro. Ésta
vez se daría el lujo de irse en un taxi porque sería su última vez como humano.
Ya todo lo tenía planeado, trabajó lo suficiente para ahorrar dinero y dárselo a
la vecina para que cuide a su abuela. Un vendaval de recuerdos pasaron por su
mente, la vez que murieron sus padres en aquel accidente donde solo él quedó
vivo, recordó cuando el esposo de su tía le pegaba y le decía que era un vago y
que no merecía estar bajo su mismo techo, y fue allí cuando abuela Chencha,
todavía lúcida y vigorosa, se vino de Barinas a vivir a Coro y lo acogió.
Pasado los años, los papeles se cambiaron y él se convirtió en su cuidador
porque la abuela presentaba los primeros síntomas de Alzheimer. Ya ahora no lo
reconoce como su nieto, sino que cree que era el muchacho que trabajaba allá en
Barinas o a veces cree que es su esposo. Adamaro la comprendía, la cuidaba, le
daba de comer y trataba de pasar tiempo con ella, cuando no estaba trabajando
en esos empleos de 6 meses que nunca le renovaban el contrato. A veces Adamaro
Elías se sentía muy solo y era cuando salía y caminaba todo Coro, pensando que
sería si tuviera a sus padres vivos, quizás ayudaría a su papá en el trabajo o
lo acompañaría a hacer sus diligencias, y tendría a su madre para besarla
cuando se fuera a la universidad o al trabajo. Esas veces que se sentía solo
buscaba consuelo en los brazos de mujeres ajenas que le pedían dinero a cambio
de placer, ni siquiera un amor fingido.
En su vida estaba Renata a la que amó, pero su vida como
huérfano hacía que ella lo quisiera con lástima y rechazo porque sus padres no
lo querían. La conoció en la universidad, él con su apariencia de misterio y
parquedad la conquistó y ella, la muchacha optimista con muchas amigas que le
importa más la aceptación de la sociedad que el amor, lo dejó. Él se aferró a
ella, así que la seguía y a veces la llamaba para escuchar su voz y su aliento,
creía que su amor vencería los prejuicios, pero se equivocó el amor de ella no
era tan fuerte como el de él. Así que desistió cuando lo metieron preso por
acosador, estuvo allí 6 meses hasta que salió con otra mentalidad, más seguro y
más escéptico, y empezó a salir de nuevo con furcias. En uno de esos encuentros,
una le dijo-Adamaro, hay un hombre que te está buscando, te dejó una nota. Él
extrañado la abrió y una pulcra letra a mano decía: Teatro Miranda-Hoy a la
Medianoche.
Adamado se la guardó en el bolsillo y se fue a su casa a
cavilar sobre quien lo estaría buscando. Pensó en no ir, porque quizás sea una
broma, o una trampa para meterlo de nuevo en la Colón que por puro milagro
logro salir con vida. Pero con esa temeridad propia de muchacho optó por ir,
sin darle más vueltas al asunto.
Lo vio sentando en los bancos del Paseo Talavera, fumaba
un tabaco. Él sabía que era él porque cuando lo vio él se volvió y le sonrió
con docilidad. Lo invitó a sentarse, Adamaro Elías, no dijo ni pensó nada, solo
obedeció. Aquel hombre hizo llamarse El Profeta, le habló de un nuevo mundo, la
vieja generación, formada por Los Visitantes visitarían la Tierra para
enseñarles a los humanos los misterios del Universo. Y él, era un mensajero en
busca de los hijos de Elohim y de Adán, aquellos con sangre de los grandes
genios egipcios, incas, mayas que hicieron cosas grandiosas en la tierra de los
ignorantes humanos.- y es usted, uno de ellos Adamaro Elías-dijo El Profeta con
una voz de presagio que Adamaro le causó temor.
Le seguía hablando y el muchacho estaba en otro mundo,
creyendo todo lo que aquel hombre le decía. Renata, su abuela, sus padres, su
trabajo de doce horas, lo veía todo tan distante un pequeño mundo con sus
minúsculos problemas. Ahora tenía otros planes, más superiores para salvarlos a
ellos y a toda la humanidad con su sacrificio.
Cuando se despidieron El Profeta tomó su mano y la besó,
sus labios suaves eran fríos y Adamaro Elías sintió un extraño cosquilleo, pero
la decisión desde ese primer encuentro ya estaba resuelta y su alma condenada…
Ada Enriqueta, acababa de hacerlo, aspiraba con fuerza
para no desperdiciar nada, se veía en el espejo y los huesos de su cara
resaltaban, que parecía una calavera cubierta de carne, y aún así cada día
adelgazaba más y eso le dolía. Le dolía serle infiel a su familia con aquella harina.
Cada vez que lo hacía se sentía culpable. Sus hijos y su esposo no merecían que
ella les hiciera eso. Su esposo siempre tan tolerante, tan correcto, se
mostraba dispuesto a ayudarla para superar su dependencia. Cada vez que veía a
Anita de 10 y Carlitos de 6, los miraba con vergüenza, a veces se le salían las
lágrimas cuando ellos la despedían con inocencia para ir al colegio, ellos no
se merecen tener la madre que tienen, se convencía Ada Enriqueta, pero su
dependencia era mucho más fuerte que su amor por ellos. Cada día al despertar
tomaba la decisión de dejarlo, pero era incontrolable, se ponía peor y los
vómitos eran continuos. Las últimas semanas habían sido las peores, su abandono
por su fingida abstención la hizo tocar fondo. Anita y Carlitos ya la habían
visto hacerlo tres veces, pero la última vez la encontraron tendida en el suelo
del baño desvariando y sus hijos viéndolo todo como sacaba de un frasco de
alcohol el polvo y como lo aspiraba extasiada, Ramiro decidió llevárselos a
casa de su madre. Ella no protestó ni los despidió cuando se los llevaron,
tenía vergüenza, culpa de explicar lo inexplicable, ellos no entenderían a su
loca madre. Ramiro no dijo nada, solo la abrazó y le dio un beso en la frente.
Ella lloró con amargura todo el día, y maldijo el día que decidió probar un
poco para apaciguar su depresión post
parto.
Esta vez, se sentía distinta, porque sabía que tomó la
decisión correcta, lo haría por su familia. A pesar de que todavía era adicta y
lo hacía cada vez que podía, desde hace tres meses ha sentido paz espiritual
desde que conoció a El Profeta
Recuerda que había quedado en el Paseo Talavera, para
comprar la “medicina” cuando se dirigía a su carro, un hombre acompañado de un
muchacho delgado, está recostado sobre la puerta del conductor, Ada vacilando
retrocedió pero él vino hacia ella, y ésta se quedó inmóvil viendo como el
hombre levantaba las palmas a la altura del pecho y la llamó dulcemente por su
nombre. Él se acercó y le retiró el cabello de la cara, le levantó el mentó haciendo
que lo mirara. Ella no sintió miedo, ni desconfianza sino un profundo embeleso
que no podía evitar dejar de mirarlo. Él se presentó y la llevó al teatro de la
mano como si fuese una niña, entraron
sin mas, y le habló a ella y al muchacho que lo acompañaba, que ambos eran
seres de la Luz, tenían un propósito en la Tierra que no deberían saber los
mortales - Porque por vuestras venas corre sangre de dioses-dijo El Profeta
mientras veía los agujeros en el antebrazo de Ada Enriqueta. Ella veía que aquel
hombre de traje caro de peinado pulcro y barba bien afeitada se notaba en su
mirada una mezcla de dulzura y fascinación a la vez. Al dejarlos a ambos
sentados en los asientos subió al pódium y les empezó a hablar.
-Hace 6.000 años atrás sus antepasados, seres
inteligentísimos presagiaron que su planeta iba ser arrasado por una supernova,
así que todos se metieron en sus naves y aterrizaron en la Tierra, y se
consiguen con seres primitivos que apenas trataban de hacer fuego, Los
Visitantes con toda la paciencia los amaestraron y llenaron la Tierra con sus
avanzados conocimientos, haciéndolo más habitable. Cuando el cataclismo cesó en
su planeta decidieron regresar, no sin antes tomar algunos humanos. Muchos años
después a través de un túnel de espacio-tiempo, que uno de los humanos
ingeniosamente llamó el agujero de gusanos, decidieron regresar a la Tierra, a
esta era, seres con sangre de dioses, quienes eran el producto de la unión de
los Visitantes con los humanos llevados el día de la visita. Los implantaron en
vientres de mujeres hijas de Adán. -Y esos seres especiales, venidos de otro
planeta más superior a éste, sois vosotros, majestad. Yo solo soy una voz que
anuncia lo que los dioses me encomendaron que les diga- El muchacho llamado
Adamaro alzó una temblorosa mano y le preguntó: ¿usted también es un dios? El
Profeta lo miró y por un segundo una mirada de codicia cruzó por sus ojos,
luego volvió al estado de fascinación y le dijo que él era hijo de los humanos
capturados, a quien los dioses otorgaron poderes temporales mientras cumplía
con el mandato en la Tierra.
Carlos siguió a su esposa
de lejos, anteayer se dio cuenta que Adela esperaba en la cama con los ojos
abierto a que él se durmiera. Tal vez eso que hace a la medianoche es lo que la
tiene tan desganada, creía Carlos. El taxi donde ella va se detiene en el banco
Venezuela, él apaga las luces y aguarda que ella salga. Adela se ve nerviosa,
camina presurosa y entra sin reparo por la puerta transversal del Teatro cine
Miranda, al instante que entra, la cabeza de un hombre mugriento, con todas las
trazas de ser un indigente, escudriña la noche con ojos de águila. A Carlos se
le hace extrañamente conocido. Esperó un tiempo, y una mujer encorvada con el
cabello enmarañado entra con la misma confianza que Adela. Pasaron veinte
minutos y Carlos avanza despacio y estaciona el carro al frente del teatro. De
adentro le llega el sonido de una espantosa melodía, mal ejecutada a destiempo,
de un piano desafinado, tocado por un aprendiz con pésimo oído musical. Abre
con cuidado la puerta del teatro, las luces están encendidas ve a su esposa y otras tres personas de
espalda viendo al indigente tocar el piano. Al terminar todos aplauden con
brío, él los silenció con un movimiento de mano. El hombre le tiemblan las
manos y tiene los ojos vidriosos. Con una voz cavernosa les habla de una
decisión que tomaron, la más trascendental de su existencia…
-Es tiempo dijo- con su voz cavernosa que sonó quebrada.
Baja del podium y le pasa a los cuatro algo que Carlos no logra ver, busca los
lentes en su bolsillo derecho del pantalón
-Por vuestros ancestros- dice el hombre alzando algo- Por
nuestros ancestros dicen los demás a una sola voz. Carlos al ponerse los
lentes, contempla con horror pequeñas dagas herrumbrosas, llenas de óxido.
-Nooooooooooo- un grito desgarrador brotó de sus entrañas
mientras corre con la potencia que le permiten sus piernas adormecidas de tanto
estar sentado en el carro. Logra empujar a Adela arrebatándole la daga de la
mano, de todos solo un muchacho afeminado empieza a manar sangre a borbotones
de su cuello, Carlos intenta detener la herida con un pañuelo de bolsillo, pero
es demasiado tarde el muchacho deja de retorcerse y bota sangre por la boca con
los ojos fijos y vacíos.
El hombre, líder del círculo, aúlla de pena y mira a
Carlos con mirada asesina, de pronto Carlos reconoce ese rostro, era el hombre
que pasó hace 6 meses por su casa haciendo un censo, lo recordó porque hizo
preguntas personales de su esposa y le sonrió al despedirse con unos mugrientos
dientes amarillos.
A los veinte minutos llega la policía y detienen al
hombre indigente que resultó ser un loco escapado del área de psiquiatría del
hospital de ciudad Bolívar, su nombre era Damián Evaristo González, conocido en
su ciudad como Damián, el profeta loco. Hace diez años creo varias sectas
suicidas de las cuales dos de las diez logró su propósito, y estaba cumpliendo
su pena en el psiquiátrico porque se dieron cuenta que hablaba solo y siempre
decía que era un enviado de los dioses. Siempre escogía un grupo pequeño de
personas, que vigilaba meses antes, los seguía e investigaba de sus vidas.
Varias de sus víctimas afirmaron que lee la mente, embota los sentidos de
quienes escoge y los hace sentir miserables y a la vez inmortales…

me encanta los inmortales...
ResponderEliminarMe encantó Noche de Ensueno y El diablo y la mariposa, me gusta la caracterización de los personajes de Noche de Ensueño... Sencillamente encantador, éxitos amiga.
ResponderEliminarlos cuentos de efecto tienen su espacio y siempre lo tendran. "Sus ojos no estan". Esto son los cuentos que debimos compartir en nuestro ya extinto club de lectura, Ana. Saludos.
ResponderEliminar