13/4/12

ANAKARY (CORO)





Biografía

Anakary  Vásquez, Nació y creció en una ciudad, que más que ciudad, es máquina del tiempo, engendró sueños de la soledad y el silencio que después de dos décadas han empezado abrir los ojos. Guarda aversión a los que enumeran sus logros en  las biografías y los que usan “la moralidad” como un pase al cielo. Tiene complejo de creerse abogada, escritora, melómana, bibliófila y pacifista, pero ninguno de esos calificativos son propios es solo Anakary y de lo que si no tiene la menor duda es de ser ecléctica y que cree firmemente  en el Creador, Lennon, Mafalda y la paz.


El fin de Maquiavelo

Detrás de una cortina de humo mil preguntas son amordazadas por las fuerzas, las mentiras y las apariencias de ser algo que nunca fue y será. Allí estaba él con la cara llena de temor, mientras yo sonreía.
Es el miedo de afrontar lo indecible de esos labios temblorosos que titubean al decir la verdad. Respira un aire viciado de hostilidad y miedo a la vez, su garganta se cierra y emite solo un leve chillido. Es que no entiendo, si decirlo es tan fácil. -No, no. No son solo palabras- me dijo, -Es aquello que cambiará el rumbo de todo lo que una vez fue o quizás nunca pasó.
Me engañaba con aquella esperanza y falsa ilusión, de negar aquello que no quería saber, cuando vino el cartero a traerme la noticia, aunque antes de leerla ya lo sabía, sabía que aquellos desgraciados habían quitado su vida.
- Dudas-dijo,- Estaba llena todo el tiempo nuestras cabezas, de hacer lo que creíamos que estaba bien, y lo justificábamos con sus vidas. Muchos apoyaban nuestra causa, se mostraban orgullosos de luchar por la Patria, pero estaban los otros, como tú, que nos veían como asesinos, dioses de la muerte, llevándonos las vidas de sus hijos. Impávidos ante sus súplicas, apretábamos el gatillo. Éramos injuriados cuando pasábamos por los campos y tomábamos sus posesiones, pero que más daba: era el botín de guerra, nuestra recompensa- Aquellas palabras, desataron una furia que controlé, dejé que hablara:
-Nuestros ideales nos cegaban. Tal vez la autoindulgencia es lo que nos llevó al vacío.
-O a la muerte- inquirí suavemente.
-Nos entrenan para ello, "es una lucha justa", "el fin justifica los medios", les decíamos todos los días antes de ir al campo de batalla.
Cuando le volaba la cabeza a los "traidores", la adrenalina corría por nuestras venas, y un leve furor subía a mi pecho. Al regresar victoriosos enarbolando la bandera de triunfo, gritábamos eufóricos y celebrábamos hasta el amanecer.
Pero al dormir-interrumpí- todo era tan distinto. Su alegría se esfumaba, empezaba a escucharse los gemidos y los que se removían incómodos perseguidos en sueños por esa sangre "enemiga", que ensució sus manos y su alma. Todos ustedes, son la misma basura, van por allí luchando por una "causa justa", tan justa que la muerte de una minoría justifica la muerte de miles, pero a la final son los mismos asesinos que mataron a mi hijo, mientras yo limpiaba sus suelas llenas de sangre inocente, ¡ustedes me pateaban la espalda!-terminé gritando histérico con lágrimas de rabia.
Ahora que tengo su yugular palpitando de miedo debajo de mi mano ya entiendo la euforia que me habló, la adrenalina tensa en mis dedos por querer descargar toda la rabia acumulada todos estos años. Mis deseos de venganza subían con violencia de mi pecho a mi cabeza, llenándome de irracionalidad. Dentro de mí quería estampar su cabeza contra la pared, así como a un insecto, pero a la vez quería verlo sufrir, pidiéndome clemencia con sus ojos de pájaro herido. Cuando, tengo la determinación de matarlo de pronto todo se vuelve borroso, me siento succionado por un embudo, y...

Mis ojos se abren de pronto, la misma pesadilla acechándome desde días, pero no importa tomaré la venganza por mis propias manos, por tanta sangre inocente que derramó las órdenes del General. A él le debo todo mi odio, mi odio justificado, que ahora es mi lucha interna de querer hacer lo que nunca terminé, pero ahora me encuentro solo dentro de esta habitación de paredes blancas, con mis brazos inmovilizados y el somnífero haciendo efecto, solo yo y mis deseos de venganza volviéndome loco.

Noche de ensueño

En las profundidades de un cavernoso suburbio estaba ubicada una pequeña mansión subterránea que se comunicaba con un desvencijado edificio. Estaba llena de lujos, que hasta el más rico mataría por pasar un día allí. El propietario de la mansión, era un joven ciego, llamado Agustín, quien vivía de las regalías de su padre, un acaudalado empresario decepcionado de su hijo.

El joven Agustín, vivía encerrado en su palacete, el cual llamó: “Noche de ensueño”. Este joven era bien parecido, un poco agrio al trato, siempre vestía de esmoquin y nunca se quitaba unas gafas oscuras a pesar que pasaba la mayor parte del tiempo encerrado el sótano. No permitía que Lucas, el mayordomo, se acercara y mucho menos entrara. El mozo Lucas, a veces escuchaba bramidos de adentro, cuando el amo se encontraba allí. Agustín siempre le advertía con recelo: -Lo que sea que escuches, jamás abras la puerta.

Esporádicamente Agustín salía, y siempre lo hacía bien entrada la noche, Lucas, nunca sabía hacia donde iba, o cómo se las ingeniaba para valerse por sí mismo, ya que nunca le pedía que lo acompañara. Al llegar a la mansión, traía consigo a jóvenes doncellas, que tenían un común denominador, todas tenían ojos oscuros. Estas doncellas salían del sótano después de pasado dos días, siempre tenía un aspecto turbado, y cuando ya se habían ido, el joven Agustín salía furioso, y trataba a Lucas con desdén más de lo que acostumbraba hacerlo.
Un día cuando el mayordomo hacía limpieza, le dio un olor putrefacto que expedía de las escaleras, intrigado se acercó al sótano y el olor se intensificó más, llamó con los nudillos, nada. Intentó por triplicado, pero el silencio reinaba dentro. Así que avisó al amo que entraría. Cuando giró el pomo lo hizo con cautela, al abrirlo, un olor nauseabundo chocó contra su olfato, sacó un pañuelo y se lo puso en la boca, cuando divisó el lugar, había una oscuridad envolvente, trató de buscar el interruptor, cuando lo encontró lo accionó y una corriente eléctrica de terror cubrió su cuerpo. Una mujer, estaba tendida en un camastro metálico, no tenía ojos, era la joven que había llevado el amo Agustín hace dos días. Cuando se recuperó de la conmoción, se viró y vio al joven Agustín sentado en su escritorio como muerto, y sangre emanaba de sus sienes, cuando le acomodó la cabeza para verlo, unos profundos ojos inyectados en sangre lo miraban eran oscuros como la noche. Nunca había visto al amo sin las gafas oscuras. En su mano estaba una vieja fotografía ensangrentada, de una mujer morena, con unos profundos ojos oscuros y tenía en los brazos un niño sin iris, solo vacío en sus ojos. En  el escritorio que estaba al frente de él había una nota, decía lo siguiente:
“Mujer de mis ensueños que has sobrevivido de recuerdos vagos. Traté de buscar un parecido contigo, pero no lo  encontré, solo tu ceguedad es lo único que me dejaste, traté de tener tus ojos pero he fallado.  Una vez más fallé, pero fue para siempre, solo falta verter mi sangre sobre ti”.

-¡Lucas!- El mayordomo despertó en sudor, se repuso lo más pronto posible para atender al amo. Cuando va a su encuentro, la puerta del sótano está abierta, vacila. Agustín sale con una espléndida sonrisa, sin gafas, y sus ojos… sus ojos no están.

El diablo y la mariposa

Acababa de oscurecer el día que Prebisterio la seguía desde dos cuadras más atrás de la iglesia, ella llevaba puesto un vestido azul y caminaba con aire resuelto por la acera de la calle, y sin la menor reverencia entró en el templo y se adentró en el medio de bancas sentándose en uno de los últimos puestos. Él esperó desde la entrada y la miraba de reojo. Se vio las manos, una aferrada a una manzana que tenía en el bolsillo del pantalón y la otra que sujetaba un libro, la volvió a mirar y sonrío. Se inclinó ante el Cristo crucificado, saludó a un par de monjitas que estaban de rodillas en una de las bancas de primera fila y fue a su encuentro…
Le sudaban las manos, pero no le importó, mientras sus ojos fijos en la mujer de azul desfiló todas las bancas, hasta que se sentó muy próximo a ella y le dijo:
-Hola soy el diablo- él la mira de refilón y juguetea con la manzana. La mujer se remueve incómoda y le pregunta:-¿Disculpe?
-Seguí una mariposa azul- empieza él- me impresionó semejante belleza en medio de aquel jardín de flores muertas, su libertad me aturdía, así que me dije un ser tan hermoso no puede estar vivo-se relame los labios- no a menos que sea mía.-acotó- Y seguí abstraído en su vuelo, la manera como revoloteaba, toqueteando los pétalos caídos de aquella naturaleza muerta, lo hacía con una gracia irresistible. Yo estaba vivo y el hecho que ella también, todo arrojaba que aquello era un hecho cósmico planificado por Dios, que justo a esa hora ella pasara frente a mi ventana y yo volteara en ese instante único e irrepetible. Yo la seguía deslumbrado por su encanto, intenté acercarme pero se alejaba, creí que me ignoraba pero la rodeé con prudencia, intenté tomarla pero se mostró evasiva, igual no me importó. Dios nos había juntado, lo sabía- él hace una pausa y la mira como si un ciego contemplara el sol, ella intenta salir, pero Presbiterio más rápido, le obstaculiza el paso y de pronto con una rapidez lanza la manzana y la atrapa en el aire destrozándola en fracción de un instante, y continuó…
-No me importó que me evitara, yo la tomé por sus alitas, eran tan frágiles que me conmovieron, le miré de cerca sus antenitas que se agitaban temblorosas y le sonreí con ternura, jugué con ella le quite parte de su alita porque su libertad me perturbaba, temía que mancillara su hermosura por irse por caminos peligrosos y además ella no podía desentonar con el resto, era un pecado o un milagro su hermosura, así que la encerré en un frasco esperando la hora de su muerte.¡Pero me mordía la conciencia verla allí prisionera!, por eso la liberé, al salir se mostraba tímida y temerosa, su vuelo ya no era tan altivo y juguetón como antes, la contemplé con satisfacción porque había aprendido la lección: Dios exalta a los humildes pero humilla al altivo. Esperé esa noche, no debía estar lejos, pensé, ya debía haber muerto así que salí, y en efecto, en el patio de mi casa la encontré muerta en el suelo con sus alas estropeadas. La miré con tristeza y la dejé prisionera dentro de las páginas de un libro. Salí a la calle para que el viento se llevara mi dolor, y para mi sorpresa allí afuera, había otra mariposa libre y altiva como el viento, debía ser mía y aprender la lección por igual….
La miró sonriendo, se incorporó y descargó toda su fuerza en las piernas de la mujer-ella aulló de dolor pero él ignorándola le dijo-Tome, página 52, soy el diablo y vine para matar  robar y destruir- Presbisterio se despidió con una leve inclinación y se alejó. La mujer con alas azuladas dejó caer el libro y allí estaba la mariposa azul, que en un tiempo fue hermosa, posada al pie de las últimas líneas de la página de aquel libro que decía: “…Aquel extraño hubiera podido ser cualquier trasnochador, una figura sin rostro, ni identidad. En la novela de Carax aquel extraño era el diablo”

Los inmortales

Cuando el observatorio Cagigal de Venezuela anunciaba que eran las once horas, treinta minutos, quince segundos, cuatro personas de los cuatro puntos cardinales de la ciudad se dirigían al punto de encuentro: El Teatro Cine Miranda, con la misión de encontrarlo a él, El Profeta, y así consumar el propósito para el que fueron creados.
El Profeta es quien los guió, en tres meses, por el camino verdadero. La decisión estaba tomada, la que elevaría sus espíritus y tomarían el poder de los dioses para salvar a esta era. Eran cuatro quienes cambiarían la Tierra, aquellos hijos de Elohim y de Adán, cuyos nombres ordinarios, por voluntad de los dioses, empezaban con Ad acompañado con otro nombre que empezara por la letra E. Eran seres especiales que reinarían con sus ancestros, Los Visitantes.

Adrián Ernesto, se asomó sigiloso a la habitación de sus padres, los viejos dormían como benditos, él suspiró de alivio y caminó de puntillas para salir con cuidado cerró despacio la reja del porche y cuando estaba en la calle echó a andar a la avenida. Mientras caminaba recordó esa mañana cuando su padre lo encontró con Ignacio en la plaza Falcón, recordó su mirada de asco. Eso le dolió. Le dolió la vez que le confesó a él lo que era y éste le gritó enfurecido que prefería un hijo asesino. Los días que lo sucedieron fueron grises, su padre ni lo miraba, era como si no existiera para él. Cuando su padre comía en la mesa y Adrián Ernesto se sentaba para acompañarlo, se retiraba sin mediar palabra, le dolió la vez que escuchó a su madre hablar con sus amigas de la iglesia que él salió así porque desde chiquito le cortaba el pelo un amanerado. Los últimos meses, ya el muchacho ya casi no llegaba a su casa para no verlo y para no escuchar a su madre llorar en las noches pidiéndole a un Dios que él no creía por su salvación, como si lo que él era fuese una enfermedad. Hace tres meses, mientras deambulaba por el Paseo Talavera, vio a un grupo reunido de distintas edades iba pasar de largo, hasta que un hombre vestido de esmoquin y de movimientos gráciles lo llamó por su nombre, desconcertado el muchacho avanzó casi por inercia. El magnetismo de aquel hombre no era algo terrenal, le pareció ilógico que sólo estuviera rodeado por tres personas, aquel hombre emanaba luz e invitaba a todos estar junto a él, beber su presencia...Cuando se acercó los demás no voltearon, lo veían a Él. Aquel hombre alargó su brazo y le tomó su mano, Adrián Ernesto sintió un cosquilleo al entrar en contacto con la mano delicada de aquel desconocido, el hombre llevó su mano a los labios y la besó. Llámeme El Profeta, vuestra merced- y sonrió mostrando unos blanquísimos dientes.
Esas palabras fueron suficientes para que Adrián todos los días a la medianoche se reuniera con aquella secta o reunión poco convencional, para escuchar a El Profeta, sus palabras de sabiduría divina decían que con el consenso de los dioses descendió a la Tierra, para dar las buenas nuevas a sus hijos, para decirles que no han sido desamparados y darles a conocer que el 21 de diciembre del 2012, iniciaría una nueva era, donde seres ancestrales vendrían a poblar este planeta, para enseñarles los misterios con que crearon la Esfinge de Egipto, los monumentos de piedra, dejados en el Perú, México, Guatemala, serían ellos los que amaestrarían, una vez más, la raza humana- y ustedes Majestad, ustedes son los hijos de Los Visitantes, quienes reinarán con ellos-les decía- pero primero es necesario el sacrificio de vosotros,  hombres con sangre divina en sus venas, es necesario amigos para que se conviertan en semidioses y así ayuden a preparar la Tierra cuando vengan sus ancestros.
Adrián Ernesto, escuchaba fascinado todo aquello que solo fue revelado a tan pocas personas. Pensó en la ignorancia de su padre, en la cara que iba a poner cuando él se convirtiera en algo glorioso. Pensó en Ignacio, esa mañana en la plaza lo llamó loco, porque Adrián se despidió de él diciéndole que lo vería en otro cuerpo. Lo invadió el recuerdo de su madre apenas la vio ese día, ella con sus prejuicios religiosos no lo aceptó como era e hizo que se distanciaran, pero que más daba todos ellos eran un recuerdo difuso que desaparecía pronto. Ahora sus proyectos eran más importantes, lo haría por ellos y por todos aquellos que se rieron y hablaron mal de él, por todos esos insolentes tomó la decisión, por ellos asumiría el reto…


Adela Esmeralda, con los músculos tensos esperaba que su esposo empezara roncar, salió de la cama con cuidado, luego de vestirse y cepillarse mecánicamente se inclinó hacia su marido, llamado Carlos,  y le dio un beso en la frente, él se removió. Hacía meses que no le hacía un ademán de cariño, no era porque lo dejó de amar, sino porque había algo en ella que no funcionaba bien, su alma no estaba, fue absorbida aquella vez que subió la Montaña de María Lionza, no se dio cuenta al instante sino a la semana cuando empezó a querer sin ganas, las cosas que le gustaban antes le parecían  vanidad, algo insustancial, en el trabajo su mente volaba lejos. Se mostró fría con su esposo, con sus padres, sus amigos, con la vida, con todo. Estaba físicamente, pero ella no estaba. Oía, veía, pero no sentía, era un robot. Se despertaba, iba al trabajo porque tenía que hacerlo no porque quisiera. En su casa, la mayor parte del tiempo la pasaba durmiendo, porque no quería saber nada, solo quería desconectarse con el mundo que la rodeaba. Su esposo, que siempre había sido compresivo ya se mostraba exasperado con ella, salían juntos pero Adela Esmeralda estaba ausente. Un día Carlos invitó a las amigas de bachillerato de su esposa, para que se la llevaran a algún lugar para que se distrajera con otras personas, lejos de la monotonía, lejos de él… Se la llevaron a centros nocturnos de la ciudad, pero fue en vano, ella todavía mostraba indiferencia. De regreso a casa, una de sus amigas iba a retirar dinero en el Banco Venezuela, todas se bajaron del carro menos ella. Sentada en el asiento delantero del carro cambiaba las estaciones en la radio, hasta que lo detuvo en la 85.5 f.m. la Radio Nacional de Venezuela a través de esa voz radial de hombre mayor anunciaba que eran las 12, de repente Adela reparó que las luces del teatro Miranda estaban encendidas a esas altas horas de la noche. Intrigada se apeó del carro, removió las cadenas pero estaba cerrado, intentó por la puerta transversal y ésta cedió, cuando entra una sensación de miedo la invade al ver un hombre elevado a 20 centímetros del suelo con las palmas abiertas hacia arriba. Ella hace un ademán de irse, pero algo de aquel hombre la hizo permanecer allí. Él desciende y se dirige hacia ella con una sonrisa en sus labios, la gallardía de aquel hombre no era humana, piensa ella, camina hacia donde ella está y la toma del  brazo jalándola suavemente hacia dentro y al mismo tiempo cierra la puerta con lentitud. Adela Esmeralda, se siente confundida mira los asientos del teatro y solo hay dos personas contemplándolo a él como hipnotizados. Él estira su brazo con la palma abierta y ella mecánicamente posa la suya en la mano de aquel hombre con largos dedos de pianista, se inclina para besarla y la mira con fascinación-. Llámeme El Profeta, alteza-le dijo con voz suave llena de una miel implícita.
Ella no sabía porque aquel desconocido hacia que se sintiera especial, esa sensación extraña de miedo mezclado con fascinación cuando El Profeta pasaba a su lado, rozándola. No entendía porque era difícil apartar la mirada de él y lo más inquietante de todo ¿Por qué la escogió a ella para salvar a la humanidad? – No os he escogido a vosotros- dijo El Profeta como si respondiese el hilo de sus pensamientos-. Vosotros sois y seréis por siempre.
La noche de la consumación, dejaron un piano en el teatro. El Profeta tocaba antes de iniciar la sesión, con una habilidad asombrosa, que parecía un poseso, sus dedos se deslizaban por el teclado tan rápido que dejaba una figura borrosa donde habían estado sus manos. Pero la ejecución no lo era todo, sino la melodía que se desbordaba por todo el teatro, era una melodía hechizante, mucho más que sus palabras y su presencia. La música parecía melodías celestiales o de otro planeta que no podían ser concebidas por intelecto humano. La fascinación y la adoración de todos ellos creció con deliberada adoración. Adela Esmeralda, a veces se sentía mal porque no podía compartir aquello con su esposo por el Pacto. Tomar la decisión no le costó porque sabía que lo haría por el bien de su esposo y de toda la humanidad quizás en la otra vida lo visitaría con su nuevo aspecto. No en ésta, que tenía a alguien a quien amar, y que a diferencia del resto le hacía sentir viva…

Adamaro Elías, estaba tendido en su cama escuchando a su abuela Chenca hablar sola en el cuarto contiguo, hace media hora la dejó arropada en su cama, y le dio un beso de buenas noches y de despedida. Ahora él esperaba que el reloj marcara las 11:40 de la noche para ir al encuentro. Ésta vez se daría el lujo de irse en un taxi porque sería su última vez como humano. Ya todo lo tenía planeado, trabajó lo suficiente para ahorrar dinero y dárselo a la vecina para que cuide a su abuela. Un vendaval de recuerdos pasaron por su mente, la vez que murieron sus padres en aquel accidente donde solo él quedó vivo, recordó cuando el esposo de su tía le pegaba y le decía que era un vago y que no merecía estar bajo su mismo techo, y fue allí cuando abuela Chencha, todavía lúcida y vigorosa, se vino de Barinas a vivir a Coro y lo acogió. Pasado los años, los papeles se cambiaron y él se convirtió en su cuidador porque la abuela presentaba los primeros síntomas de Alzheimer. Ya ahora no lo reconoce como su nieto, sino que cree que era el muchacho que trabajaba allá en Barinas o a veces cree que es su esposo. Adamaro la comprendía, la cuidaba, le daba de comer y trataba de pasar tiempo con ella, cuando no estaba trabajando en esos empleos de 6 meses que nunca le renovaban el contrato. A veces Adamaro Elías se sentía muy solo y era cuando salía y caminaba todo Coro, pensando que sería si tuviera a sus padres vivos, quizás ayudaría a su papá en el trabajo o lo acompañaría a hacer sus diligencias, y tendría a su madre para besarla cuando se fuera a la universidad o al trabajo. Esas veces que se sentía solo buscaba consuelo en los brazos de mujeres ajenas que le pedían dinero a cambio de placer, ni siquiera un amor fingido.
En su vida estaba Renata a la que amó, pero su vida como huérfano hacía que ella lo quisiera con lástima y rechazo porque sus padres no lo querían. La conoció en la universidad, él con su apariencia de misterio y parquedad la conquistó y ella, la muchacha optimista con muchas amigas que le importa más la aceptación de la sociedad que el amor, lo dejó. Él se aferró a ella, así que la seguía y a veces la llamaba para escuchar su voz y su aliento, creía que su amor vencería los prejuicios, pero se equivocó el amor de ella no era tan fuerte como el de él. Así que desistió cuando lo metieron preso por acosador, estuvo allí 6 meses hasta que salió con otra mentalidad, más seguro y más escéptico, y empezó a salir de nuevo con furcias. En uno de esos encuentros, una le dijo-Adamaro, hay un hombre que te está buscando, te dejó una nota. Él extrañado la abrió y una pulcra letra a mano decía: Teatro Miranda-Hoy a la Medianoche.
Adamado se la guardó en el bolsillo y se fue a su casa a cavilar sobre quien lo estaría buscando. Pensó en no ir, porque quizás sea una broma, o una trampa para meterlo de nuevo en la Colón que por puro milagro logro salir con vida. Pero con esa temeridad propia de muchacho optó por ir, sin darle más vueltas al asunto.
Lo vio sentando en los bancos del Paseo Talavera, fumaba un tabaco. Él sabía que era él porque cuando lo vio él se volvió y le sonrió con docilidad. Lo invitó a sentarse, Adamaro Elías, no dijo ni pensó nada, solo obedeció. Aquel hombre hizo llamarse El Profeta, le habló de un nuevo mundo, la vieja generación, formada por Los Visitantes visitarían la Tierra para enseñarles a los humanos los misterios del Universo. Y él, era un mensajero en busca de los hijos de Elohim y de Adán, aquellos con sangre de los grandes genios egipcios, incas, mayas que hicieron cosas grandiosas en la tierra de los ignorantes humanos.- y es usted, uno de ellos Adamaro Elías-dijo El Profeta con una voz de presagio que Adamaro le causó temor.
Le seguía hablando y el muchacho estaba en otro mundo, creyendo todo lo que aquel hombre le decía. Renata, su abuela, sus padres, su trabajo de doce horas, lo veía todo tan distante un pequeño mundo con sus minúsculos problemas. Ahora tenía otros planes, más superiores para salvarlos a ellos y a toda la humanidad con su sacrificio.
Cuando se despidieron El Profeta tomó su mano y la besó, sus labios suaves eran fríos y Adamaro Elías sintió un extraño cosquilleo, pero la decisión desde ese primer encuentro ya estaba resuelta y su alma condenada…

Ada Enriqueta, acababa de hacerlo, aspiraba con fuerza para no desperdiciar nada, se veía en el espejo y los huesos de su cara resaltaban, que parecía una calavera cubierta de carne, y aún así cada día adelgazaba más y eso le dolía. Le dolía serle infiel a su familia con aquella harina. Cada vez que lo hacía se sentía culpable. Sus hijos y su esposo no merecían que ella les hiciera eso. Su esposo siempre tan tolerante, tan correcto, se mostraba dispuesto a ayudarla para superar su dependencia. Cada vez que veía a Anita de 10 y Carlitos de 6, los miraba con vergüenza, a veces se le salían las lágrimas cuando ellos la despedían con inocencia para ir al colegio, ellos no se merecen tener la madre que tienen, se convencía Ada Enriqueta, pero su dependencia era mucho más fuerte que su amor por ellos. Cada día al despertar tomaba la decisión de dejarlo, pero era incontrolable, se ponía peor y los vómitos eran continuos. Las últimas semanas habían sido las peores, su abandono por su fingida abstención la hizo tocar fondo. Anita y Carlitos ya la habían visto hacerlo tres veces, pero la última vez la encontraron tendida en el suelo del baño desvariando y sus hijos viéndolo todo como sacaba de un frasco de alcohol el polvo y como lo aspiraba extasiada, Ramiro decidió llevárselos a casa de su madre. Ella no protestó ni los despidió cuando se los llevaron, tenía vergüenza, culpa de explicar lo inexplicable, ellos no entenderían a su loca madre. Ramiro no dijo nada, solo la abrazó y le dio un beso en la frente. Ella lloró con amargura todo el día, y maldijo el día que decidió probar un poco para apaciguar  su depresión post parto.
Esta vez, se sentía distinta, porque sabía que tomó la decisión correcta, lo haría por su familia. A pesar de que todavía era adicta y lo hacía cada vez que podía, desde hace tres meses ha sentido paz espiritual desde que conoció a El Profeta
Recuerda que había quedado en el Paseo Talavera, para comprar la “medicina” cuando se dirigía a su carro, un hombre acompañado de un muchacho delgado, está recostado sobre la puerta del conductor, Ada vacilando retrocedió pero él vino hacia ella, y ésta se quedó inmóvil viendo como el hombre levantaba las palmas a la altura del pecho y la llamó dulcemente por su nombre. Él se acercó y le retiró el cabello de la cara, le levantó el mentó haciendo que lo mirara. Ella no sintió miedo, ni desconfianza sino un profundo embeleso que no podía evitar dejar de mirarlo. Él se presentó y la llevó al teatro de la mano como si fuese una niña,  entraron sin mas, y le habló a ella y al muchacho que lo acompañaba, que ambos eran seres de la Luz, tenían un propósito en la Tierra que no deberían saber los mortales - Porque por vuestras venas corre sangre de dioses-dijo El Profeta mientras veía los agujeros en el antebrazo de Ada Enriqueta. Ella veía que aquel hombre de traje caro de peinado pulcro y barba bien afeitada se notaba en su mirada una mezcla de dulzura y fascinación a la vez. Al dejarlos a ambos sentados en los asientos subió al pódium y les empezó a hablar.
-Hace 6.000 años atrás sus antepasados, seres inteligentísimos presagiaron que su planeta iba ser arrasado por una supernova, así que todos se metieron en sus naves y aterrizaron en la Tierra, y se consiguen con seres primitivos que apenas trataban de hacer fuego, Los Visitantes con toda la paciencia los amaestraron y llenaron la Tierra con sus avanzados conocimientos, haciéndolo más habitable. Cuando el cataclismo cesó en su planeta decidieron regresar, no sin antes tomar algunos humanos. Muchos años después a través de un túnel de espacio-tiempo, que uno de los humanos ingeniosamente llamó el agujero de gusanos, decidieron regresar a la Tierra, a esta era, seres con sangre de dioses, quienes eran el producto de la unión de los Visitantes con los humanos llevados el día de la visita. Los implantaron en vientres de mujeres hijas de Adán. -Y esos seres especiales, venidos de otro planeta más superior a éste, sois vosotros, majestad. Yo solo soy una voz que anuncia lo que los dioses me encomendaron que les diga- El muchacho llamado Adamaro alzó una temblorosa mano y le preguntó: ¿usted también es un dios? El Profeta lo miró y por un segundo una mirada de codicia cruzó por sus ojos, luego volvió al estado de fascinación y le dijo que él era hijo de los humanos capturados, a quien los dioses otorgaron poderes temporales mientras cumplía con el mandato en la Tierra.

Carlos siguió a su esposa de lejos, anteayer se dio cuenta que Adela esperaba en la cama con los ojos abierto a que él se durmiera. Tal vez eso que hace a la medianoche es lo que la tiene tan desganada, creía Carlos. El taxi donde ella va se detiene en el banco Venezuela, él apaga las luces y aguarda que ella salga. Adela se ve nerviosa, camina presurosa y entra sin reparo por la puerta transversal del Teatro cine Miranda, al instante que entra, la cabeza de un hombre mugriento, con todas las trazas de ser un indigente, escudriña la noche con ojos de águila. A Carlos se le hace extrañamente conocido. Esperó un tiempo, y una mujer encorvada con el cabello enmarañado entra con la misma confianza que Adela. Pasaron veinte minutos y Carlos avanza despacio y estaciona el carro al frente del teatro. De adentro le llega el sonido de una espantosa melodía, mal ejecutada a destiempo, de un piano desafinado, tocado por un aprendiz con pésimo oído musical. Abre con cuidado la puerta del teatro, las luces están encendidas  ve a su esposa y otras tres personas de espalda viendo al indigente tocar el piano. Al terminar todos aplauden con brío, él los silenció con un movimiento de mano. El hombre le tiemblan las manos y tiene los ojos vidriosos. Con una voz cavernosa les habla de una decisión que tomaron, la más trascendental de su existencia…
-Es tiempo dijo- con su voz cavernosa que sonó quebrada. Baja del podium y le pasa a los cuatro algo que Carlos no logra ver, busca los lentes en su bolsillo derecho del pantalón
-Por vuestros ancestros- dice el hombre alzando algo- Por nuestros ancestros dicen los demás a una sola voz. Carlos al ponerse los lentes, contempla con horror pequeñas dagas herrumbrosas, llenas de óxido.
-Nooooooooooo- un grito desgarrador brotó de sus entrañas mientras corre con la potencia que le permiten sus piernas adormecidas de tanto estar sentado en el carro. Logra empujar a Adela arrebatándole la daga de la mano, de todos solo un muchacho afeminado empieza a manar sangre a borbotones de su cuello, Carlos intenta detener la herida con un pañuelo de bolsillo, pero es demasiado tarde el muchacho deja de retorcerse y bota sangre por la boca con los ojos fijos y vacíos.
El hombre, líder del círculo, aúlla de pena y mira a Carlos con mirada asesina, de pronto Carlos reconoce ese rostro, era el hombre que pasó hace 6 meses por su casa haciendo un censo, lo recordó porque hizo preguntas personales de su esposa y le sonrió al despedirse con unos mugrientos dientes amarillos.

A los veinte minutos llega la policía y detienen al hombre indigente que resultó ser un loco escapado del área de psiquiatría del hospital de ciudad Bolívar, su nombre era Damián Evaristo González, conocido en su ciudad como Damián, el profeta loco. Hace diez años creo varias sectas suicidas de las cuales dos de las diez logró su propósito, y estaba cumpliendo su pena en el psiquiátrico porque se dieron cuenta que hablaba solo y siempre decía que era un enviado de los dioses. Siempre escogía un grupo pequeño de personas, que vigilaba meses antes, los seguía e investigaba de sus vidas. Varias de sus víctimas afirmaron que lee la mente, embota los sentidos de quienes escoge y los hace sentir miserables y a la vez inmortales…

3 comentarios:

  1. me encanta los inmortales...

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  2. Oscar Enrique Prieto Borregales11:36 a. m., abril 19, 2012

    Me encantó Noche de Ensueno y El diablo y la mariposa, me gusta la caracterización de los personajes de Noche de Ensueño... Sencillamente encantador, éxitos amiga.

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  3. los cuentos de efecto tienen su espacio y siempre lo tendran. "Sus ojos no estan". Esto son los cuentos que debimos compartir en nuestro ya extinto club de lectura, Ana. Saludos.

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