Biografía
Julio tizzani, de la generación del 90,
de un 28 de marzo, estudio medicina en la UNEFM, con mucho orgullo. Uno nace de
papel y letras, y Dios te escribe. Atado a un mundo de libros donde ellos me
escogieron a mí. ¿Acaso tengo que decirles que me gusta escribir?
La tribu
Había una vez, porque solo fue
una vez, no le dio tiempo para contar lo que vio en aquella tierra, su alma llegó a brillar
tanto como las de ellos y a confundirse con un astro y sus ojos como dos
diamantes.
Era una tarde nublada donde todo
estaba tranquilo, el viento no soplaba y el calor humedecía la espalda, la
frente de Matías Montoya, cansado de su mala suerte decidió romper con el
hastió de los días, con una hazaña que le hizo llevarlo al abismo.
Matías quien fue educado por una
bestia llamada calle, trabajando de monta carga en las embarcaciones aguantando
las groserías de capitanes míseros, mal pagado y lleno de suciedades. En las
noches de duro silencio cuando venía la soledad a despertarlo, pensaba en la
única herencia que le había dejado su madre, ella le decía que más allá de los
7 mares y serpientes gigantes de dos cabezas del mundo cuadrado, había un lugar
lleno de hombres pequeños de grandes plumajes, cuyas vestiduras eran de oro. Nunca
dejó de creerlo ni siquiera por que ya era hombre y su infancia de ilusión se
había vuelto ceniza al darse cuenta de la ignorancia y el miedo de los hombres
a no ir más allá del mar y desafiarse a ellos mismos.
Matías había escuchado historias
similares de sus compañeros y tripulantes de las embarcaciones, historias
traídas en las bocas de los marinos temerosos a la experiencia de perderse en
el mar y a los capitanes escuálidos que se burlaban de los tontos
supersticiosos. Juan, un mulato pequeño de ojos redondos y piel curtida siempre
le contaba historias del más allá del sol, de sirenas que después de navegar se
encontraban los viajeros con una cascada
y un monstruo de bajo que esperaba comerse los barcos. Pero Matías no le temía
al mar sabía que su destino era seguirlo.
Una mañana decidido a romper con
la larga cadena de la monotonía y de la inmundicia que lo rodeaba convenció a 7
cristianos y les prometió un buen botín
y por su puesto el fiel Juan iría con él, robaron las provisiones y una buena barca con grande velas zarparon
por el camino del sol, su mapa la esperanza y la brújula el viento.
La embarcación estaba guiada por
aires salinos y una oscuridad que empañó al ambiente, dejó de haber día. El mar
reflejaba el cielo hasta el punto de no poderse distinguir cual era cual, a
veces pensaba que estaban navegando de cabeza, se había agotado la comida y el
agua. Los tripulantes comenzaron a atacar a Matías, lo llamaron mentiroso y
farsante de que no llegarían a nada y no encontrarían ni una pepita de oro.
Habían pasado más de 20 días sin
probar alimento, Juan fue el primero en morir con pápulas en los pies y manos,
fiebre y hemorragias no sobrevivió nadie, Matías fue el único que soportó
aferrado al sueño. Entre cantos de sirenas y voces trémulas de bestias, Matías
se mantenía luchando por mantenerse a flote, en una tormenta que estallo en
terror y penumbra había consumido el barco y Matías había quedado en tinieblas.
Cuando pudo diferenciar el día de
la noche, el sol y la sombra se fijó que pisaba tierra, que años más adelantes
esa tierra iba a estar llamada la pequeña Venecia.
Estaba en una arteria del
majestuoso Orinoco, corrió entre manglares para estudiar el sitio hasta caer en
un pozo que tenia un fuerte brillo donde fue succionado a otra zona lejana.
Despertó estando boca abajo
cubierto de pequeños granos de oro los apretó en su mano hasta hacer un puño y
sintió la sensación de arena, se adentro en la selva y aspiró el tibio olor de
la gloria y de su nueva realidad.
Estaba en lo que después seria
una leyenda popular entre navegantes El Dorado,
en la metrópolis de indios, se
encontraba en el suelo, los animales con largos y elegantes plumajes de
aristócratas selváticos y el follaje que disminuía la idiosincrasia del mismo sol y que lo cegaba cuando miraba
fijamente.
El hombre blanco se diferenciaba
muy bien de su entorno se veía ordinario
y fácil de notar, a su paso se encontró con la primera nativa, corrió tras un
árbol para observarla, era una mujer no muy alta con una corona de un plumaje y
una larga boa enroscada en el cuello y tapando sus pechos, la mujer tenía la
piel llena de miles de escamas de oro puro y ojos brillantes de un fuerte color
negro, cuando tuvo el valor de acercarse a ella y hablarle, ella sonrió y le
habló primero.
-Te estaba esperando, dijo con
voz cremosa y sinfónica,- me llamo Karaisa tomo su mano y lo guió hacia el
sendero, la mujer olía a tierra recién labrada, almizcle y frutos secos. Ese
día, porque no había noche, la luna era igual de dorada que todo, la india con
una elegancia atípica le enseño la gran tribu, el trabajo y al chamán que se
encontraba rodeado de otros indígenas, Matías le explico como había llegado lo
que le pasó y demostrar sus intenciones las cuales no eran malas, si no
encontrar fortuna con trabajo.
El chamán, era un anciano llamado
Atamaika pequeño, flaco y de extremidades cortas su brillo era más acentuado que el de los
demás, invitó a Matías a su choza estaba
sentado en el piso y le habló todo el día sobre la existencia de los astros, el
espacio, el máximo creador y de la espiritualidad que conformaba al hombre, le
dijo que lo había visto venir en una embarcación que venia desde lejos como un
pájaro gigante, las estrellas se lo habían dibujado y pudo predecir su llegada.
Pasado ya muchos días, la nativa
que se asemejaba a una princesa, le había mostrado todo o casi todo el sitio el
río era la principal atracción, los indios vivían de su nobleza de su agua
dorada que les permitía vivir, los animales con sus plumas y pieles tenían un
brillo específico casi tan hermoso como el de los indios, los alimentos eran
agraciados con un fuerte tono amarillo puro, se diferenciaban solo por tamaños,
variaban en sus tonos y sabores eran tibios y exóticos al paladar.
La mujer le regaló una vestidura
de oro para que dejara atrás sus viejos harapos, el hombre blanco le preguntó
que de donde provenía todo el oro, ella le sonrió y le contestó que desde el
fondo del corazón de cada indio.
Ella le explicaba que el lugar
donde estaba se llamaba El Dorado, que el precioso metal provenía desde el
recipiente llamado alma de los propios indígenas, y del amor de un trabajo
riguroso que cada vez que un indio moría venía al dorado a brillar fuertemente.
Aquel hombre blanco en profunda
ignorancia se vio obligado a forzar una sonrisa y fingir que había comprendido
las simples palabras de la india. Se colgó el panaché de plumas, adornadas con
pepitas blancas brillantes y un guayuco del mismo tono.
El primer día que salió a
festejar con la tribu, el chamán lo presentó delante de aquellos miles de ojos
azabache como un visitante de otro mundo, como un enviado de los astros, pero
Matías había sentido el recelo de unos cuantos indios, sintió sus miradas
punzantes al igual que los tripulantes del día que no encontraban tierra. Esa
noche el chamán lo acompañó hasta su choza y le dijo que pronto comprendería
todo.
Matías se había recostado sobre
los tapetes y concilió su sueño, había despertado en la madrugada a recoger
agua con un cántaro, cuando sintió que un indio lo veía con ojos inyectados y
mirada de ponzoña, se acercó a él y señaló el río le dijo que se fuera que
vendría a traer desgracias a su pueblo que era un ladrón, Matías trató de
explicarle sus sentimientos pero el grupo de indios no entendió y empezaran a
apedrearlo, el hombre corrió y corrió por el río abajo, el grupo de indios no
se cansaba hasta que llegó a un risco, iba a saltar pero ya un indio le había
atravesado el corazón rompiéndolo, sintió un dolor quemante que le subió a la
garganta y le oprimió el pecho , trato de pararse pero sus ojos se cerraron y
perdió el control.
Los indios se retiraron, estaban
satisfechos de haber enviado al hombre por donde vino pero Matías había dejado
de sentir dolor y se fijó que no había sangrado que no tenía ni un rasguño.
Se quedó un rato viendo el cielo
y analizando la complejidad de aquellas estrellas que de tanto hablaba el chamán,
y pudo comprenderlo todo que el dolor había desaparecido tan rápido porque
cuando llegó había muerto igual que los otros tripulantes, que el oro era nada
más que la representación del amor de la tribu al trabajo, y la recompensa de
sus vidas, el hombre blanco sintió el alma oprimida al saber que había
saboreado la muerte y que la recibió sin darse cuenta, de pronto sonrió y se
sintió pleno, cuando se paró y siguió río arriba para encontrar la tribu lo
esperaba la india con un halo dorado junto al chamán, los dos sonriendo .Matías
se le permitió vivir en la aldea por siempre, su alma llegó a brillar tanto
como las de ellos y a confundirse con un astro y sus ojos como dos diamantes.
Con el tiempo otros tripulantes quisieron repetir la hazaña pero solo eran unas
cuantas almas que las encontraban y por ende no podían ya contarlo.
Hueso
de gato bajo la lengua
A veces cuando el
viento sopla en las casas de barro algunas personas dicen que son ellos que le
susurran a las jovencitas, que son ellos que volverán...
Repicaban los tambores en la plaza, la euforia de los
negros retumbaban las calles de Coro, los dientes como perlas se exhibían en
aquel ritual lleno de tradición, era una selva de movimientos acentuados, las
mujeres se movían al son del tambor, controlaban sus caderas. Entre la negrera
se encontraba Pola una negrita zamba, se regocijaba en aquel tributo a los
santos y al tambor.
Pola vivía en una calle más arriba del mercado viejo, en
una casa marrón de techo de torta de barro y paredes de bahareque, adornaba el pequeño
lugar con ventanales hechos de madera de cardón, aquella negrita zamba en el
pasar de los años de convirtió en una mujer mayor, la cintura se volvió gruesa
y el busto prominente y caído, tenía rasgos finos debido a ser mestiza y piel
curtida. La vida a Pola no la había compensado con un esposo ni hijos pero sí
de buen carácter y un lago de dulzura, quien un cinco de mayo por aquellos años
sintió un toque en su puerta.
Ese cinco de mayo
a Pola había recogido a las morochitas
Ana Lourdes y Concepción, las dos almas por quien Pola dio la suya, ese día que
las encontró lo único que traían era un relicario de oro macizo, estaba vacío
por dentro. Aquellas morochas fueron la atracción de la calle y el centro de
chisme en aquel hervidero de viejas.
Las morochas se habían convertido en esplendidas
mujercitas, unas ninfas regocijantes de hermosura que despertaron la lujuria a
más de un joven y la envidia de todas en el barrio. Tenían ojos grandes y
brillantes, una piel blanca reluciente casi traslúcida, unos labios finos y un
cuerpo terso y carnes firmes, cada luna llena mamaíta como le llamaban a Pola,
las sentaba en el solar de la casa y untaba leche de cabra con miel y zábila en
el par de esculturas pueriles, para refrescar la lozanía, se había vuelto
ritual para aquellas damas. Aquello era un trío de amor fraterno de aquella
zamba para las niñas.
Martica, la de la esquina, era una vieja jorobada, boca sucia y harapienta siempre les gritaba a las inseparables
hermanas.
- ¡ahí vienen las mujercitas esas se las va a lleva un
seretón, por fritas!
Las hermanas no hacían otra cosa que reír al escuchar
semejante disparate, aunque siempre se rumoreaba de tales espectros
succionadores de doncellas más arriba de la calles siempre se escuchaban
cuentos de tales hombres quienes raptaban muchachas.
Una noche como el
ébano, sin luna y sin estrellas, la oscuridad se había vuelto una lengua
húmeda que rozaba el regazo de aquella casita iluminada por una luz amarilla de
querosene, Ana Lourdes la mayor de las hermanas había roto su sueño por un
fuerte sonido estridente parecido al de una cascada de piedras que llegó a
escuchar en el techo, estaba envuelta en un sudor helado que le corría por la
frente y la nuca y humedecía sus miedos. De un brinco cayó en la cama de su
hermana Concepción que la despertó de un fuerte toque con una trémula voz le preguntó
-¿Conce, escuchaste eso?
Respondiendo así
con un hilo de voz.- no, no escuche naíta, déjame dormir.
La noche había terminado y en el desayuno que estaba
compuesto de paledonias con café recio, Ana acudió al relato de la noche
anterior, mientras la negra Pola invocaba santos y levantaba plegarias.
Esa noche las dos hermanas sintieron los mismos ruidos,
pero primero un aleteo como especie de pájaro gigante, habían amanecido
moreteadas y rasguñadas, el espíritu había degustado de la sabrosa piel.
Mamaíta, como le decían las morochas a Pola, no le quedó
otra que llamar al sacerdote, y a medida
en que los rezos aumentaban las
risotadas de aquel maleante hacían ecos, las señoras se ponían las manos en los
velos, y apretaban los rosarios, hasta que en una de esas el espectral seretón,
se abalanzó sobre una de las hermanas y todos le vieron la cara la tomó de los
cabellos, todos y todas lo vieron, tenía
piel blanca, porosa, le pudieron detallar algunas pústulas, tenía ojos rojos
inyectados de sangre de un fuerte color topacio, tenía los ojos hundidos, una barba
blanca casi amarilla. Sacó la lengua delante de todos, la tenia bífida y pasó
su pegajosidad en el tierno busto de la muchacha, su aliento chocó con la cara
gélida de Ana.
Las cosas habían empeorado en el barrio las rozagantes
morochas no habían sido las únicas, a una familia cercana en pleno almuerzo, el
espíritu había arrojado arena sobre sus comida y poseyendo la mesa esa tarde la
familia entera huyó del recinto.
Mamaíta estaba enferma de dolor, ya los rezos no
bastaban, tenía que encontrar al hombre quemador de gatos, que poseía los
libros para tal cual calaña tenía que salvar al barrio y a sus hijas, una tarde
donde el cielo tenia una cúpula formada por ciento de nubes grises, formaban
caras, lo que hizo a la negra acelerar el paso para buscar al padre, a doña Rosita
y agua bendita.
Al llegar a su morada no vio más que las hermanas
revolcadas en el piso con las vestiduras rotas y su pureza desecha, el llanto
de la negra se había ahogado en el grito de dolor de las jóvenes. Ese día hubo
quemas de ropas a todos los hombres, Coro que estaba en su plena lozanía se vio
azotado por una epidemia de tales espíritus,
la negra Pola junto con el padre habían agarrado al culpable, había sido
el viejo Ramón que le vendía gasolina y querosene en la cuadra de atrás, al
viejo le quemaron la ropa y los libros, luego lo apedrearon, aquel viejo huraño
quemaba a los gatos para encontrar el hueso mágico se los iba poniendo de bajo
de la lengua, uno por uno hasta volverse niebla .El trío de mujeres hicieron el
relato realidad y en Coro se oyó hasta en el ultimo lugar, los años volvieron a
Coro viejo pero los cuentos permanecieron ahí transformados en gatos, en pájaros
y en hombres transparentes que susurran.
El manjar
Las cinco, las cinco las cinco, marcaba sin cesar el
viejo reloj de madera desgastada que colgaba en la cocina, me levanté del
colchón con olor a urea cuando sentí el sonido del cucú.
-Levántate, la jalea de mango está lista, dijo mi
abuela secamente.
-¿dónde
está el abuelo? Pregunte.
-se fue, ayer se fue, dijo la vieja.
Coloco con mucha parsimonia una caja de cartón en los
pulpejos de mis dedos llena de tarros de
jalea de mango color topacio, y salí de la vieja casa a venderlas en la vereda.
Al caer la tarde al llegar la noche no hay nada en la caja se fueron todos los
tarros, regreso a la casa, llego a la cocina mi abuela está en la cocina llena
de vapores verdosos con olor a trementina.
-abuela, ¿llego el abuelo?
-no, dijo con voz trémula.
Tome un frasco de la jalea recién hecha y hundí los
dedos aun tibia, la engullí, sabia amarga y
tenia textura gomosa.
-¿A qué sabe? pregunto la vieja haciendo una leve
mueca.
-Está muy dulce, le respondí con la boca llena.
Mientras mi abuela dormía y yo hacia el intento a lo
lejos cerca de la mata de mango estaba el abuelo recostándose al tronco, hacía
mucho calor, pero el abuelo tenía mucho frío, me saludaba temblando con su mano
torcida y con su otra mano me entregaba un bonito mango color rojizo de una
rama cercana, el mango olía a piel curtida y latía tan rápido como mis sienes,
mordía el mango con rapidez mientras que al viejo le sangraba el pecho.
Desperté a la mañana siguiente con el chinchorro
húmedo, mojado por el miedo.
-¡Auureeliooo!- me llamó mi abuela con dureza, fui
hacia la cocina, le pregunto agitado que donde está el abuelo y ella responde
que ahí mismito en la mata de mango.
Acerco mi cara en la ventana de hierro que mira hacia
el patio y ahí estaba el viejo agitando su mano torcida, dándome su saludo,
forzando la sonrisa, invitándome a acercare al árbol, pero seguí de largo a la
vereda a vender la jalea de mango.
Al llegar de vuelta a la casucha donde se cocinaba la
mejor jalea de mango de la calle, justo cuando la luz se despedía del cielo,
estaba la abuela sentada con su rostro pálido y con la línea de su boca hacia
un lado, pensé que a lo mejor le tenia miedo a recoger los mangos verde que de
la mata se desprendían, la abuela alzó su mano torcida y me llamó para que
fuera con ella.
Me miró con sus ojos viejos llenos de arrugas
deshidratadas, con ojos de distancia como cuando alguien llora, me preguntó que
si había vendido todos los tarros, y yo le conteste con un sí seco.
Fui a la cocina a buscar el último tarro de jalea de
mango, tal vez hoy sepa distinto, hundí los dedos rápidamente y los metí a mi
boca con desespero, al principio no sabia a nada, después de unas cuantas
probadas empezó a saber a carne, a uñas y a pelo, como cuando uno lame un
cadáver.
Lejos muy lejos aun más lejos de la mata de mango, la
abuela se despedía del abuelo con sus ojos llorosos como cuando es época de
mangos.
Dónde está tu abuela? Me preguntó el abuelo casi
desvaneciendo.
La vi hace dos noches abuelo, y esta como enferma le
respondí preocupado.
Ese es que tiene hambre, hambre desde hace tiempo,
como come puro mango la pobre, mango de mañana, de almuerzo y de tarde…
-No te sabe raro la jalea que prepara tu abuela,
pregunto el viejo.
-A mi me sabe dulce.
Mi abuela duerme en su chinchorro, tiene entre abierta
la boca, sale un quejido mínimo se están quejando los sueños, la vieja maldice
soñando.
Busco una pala de hierro oscuro, ¿por qué la jalea
sabrá a lo que sabe? Me pregunto cien veces.
Quiebro la tierra amarilla que sostiene al gran árbol
de mango, cabo fuerte, me canso, no sigo, me duele algo no sé que es, apoyo la
cabeza al tronco, continúo…
Hago un hoyo profundo, la oscuridad me llena, me
sorprende la abuela, me pregunta ¿y dónde está tu abuelo? Con la misma mirada
de hace unos días, apenas se sostiene, la abuela tiene hambre, apenas se
sostiene, mi abuela tiene frío.
-dormido, abuela, mi abuelo está dormido.
Seguí cavando hasta toparme con alto tieso, rígido que
no era una raíz, era un rostro que nacía de la tierra, era un cadáver blanco un
muerto de años que estaba bajo el árbol de mango, de su pecho nacían raíces
nutridas por coágulos oscuros de sangre como grandes arterias, la sangre del
muerto hacia sangrar los mangos, seguí cavando y habían dos cuerpos más.
-Mira es tu abuelo el muerto de ahí. Dijo mi abuela
sonriendo.
-Mira es tu abuela esa de ahí. Dijo el abuelo.
-Miren ese soy yo, el que está más cerca a la raíz, les
susurré al oído.
A veces por las noches ya cuando otros habitaban la
casa, a veces cuando los recuerdos regresaban subíamos por el tronco grueso y
áspero, y nos asomábamos por las ventanas de los mangos a ver a los otros, a
esos otros que jugaban rodeando la mata, a esos que comían mangos y que le
sabían dulces, a veces dulces.
La hija del patrón la que hacia jalea también, la de
la cara bonita y la de las manos blancas, la que se ahogaba con la trementina
del mango, estaba enferma lloraba todos los días, se ponía amarilla y tenía
fiebre mucha fiebre.
Ya viene con nosotros le susurré a mis abuelos. Los
días pasaban lentos, la semana siguiente los días pasaban rápido, ahí viene a
lo lejos venia la muchacha con un tarro de jalea en la mano comiéndola con una
cuchara de plata se acomodo cerca de mi cuerpo mientras que saboreaba la jalea.
-¿A qué sabe? Le pregunté
-Sabe dulce, me mintió.

El majar, que manjar. O.O esa era mi cara mientras leía. Me gustaría mucho conversar contigo sobre como se te ocurrio semejante pedazo de obra maestra. Jaja! Felicidades. Me encantó!
ResponderEliminarsiento mucha afinidad por el último texto. me recuerda mucho a cosas que he escrito o pensado escribir. siempre he creído que el factor sorpresa es un elemento fulminante en el relato breve. bastante bueno "manjar" sólo se dejan ver detalles de redacción pero en líneas generales es bastante bueno lo que escribes, mucho!
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