Biografía
David Parra (1991) Mérida,
estado Mérida, Venezuela. Escritor. Estudiante de Literatura
Hispanoamericana y Venezolana en la Universidad de Los Andes. Columnista y
editor del fanzine web 2.0 Acraciapourlesporcs, Co- fundador
del Colectivo artístico Literario K-Libre. Autor de la plaqueta
poética Línea Azoprieto (2010) publicada por el Proyecto de
Unión Poética Latinoamericana (PLUP) y del blog Prosapistola.
Flamingo
Yessica dormía escarchada en el puesto
diecinueve del expreso Flamingo. Quité
lentamente el cabello de sus sienes y dibujé noventa y cinco mapamundis entorno
a su rostro y periferias. Eso sí,
delicadamente. Como quien pinta un mándala gigante y hermoso con neón y arena
para luego borrarlo con las manos. Sus labios se tornasolaban con la poca luz
que se sumergía angular tras cortinas rojas; vibrantes ante el inquieto
ronroneo del aire acondicionado. Todos dormían cuando la misma luz trazó el
camino por su frente y gatuna abrió lentamente los ojos. Detuvo los doscientos
quilómetros que el búscama recorría por hora sobre la autopista. Detuvo a los
garzones solados que sobrevolaban arrozales los bordes del camino. Desbarató en
el aire, él bululú de loros escandalosos picoteando palos cerca del rio. Detuvo
la carrera de Abril sobre la sabana. Paró la lluvia que moteaban los bucares.
Ella lo detuvo todo, cuando sonrió grandote y me susurró los buenos días bien
de cerquita, apretando su bufanda verde de rallas al cuello y mordiéndose
nerviosa el labio inferior con sus dientes brequeados en morado.
Con fuerza la monté sobre mí para que viera el espectáculo del universo por la ventana.
Con mis manos en su cintura, refresco frases
hindús traslucidas y lejanas como una película vieja. Normas universales,
edictos para el destino. Una de esas máximas reza, que al tomar a una mujer por
su cintura mirándola directamente a los ojos -como espejos de agua- te
grabarías en sus recuerdos con su
permiso interno. Yessica luego de rasguñar suavemente los extremos de mí nuca
volviéndome a preguntar mi nombre y apellido por quinta vez, no se dio cuenta
de que efectivamente eso hice; aferrándome a su eternidad entre los declives de
su espalda. Abrimos la ventana y un disco solar giraba vertiginoso con hambre
de espacio a lo largo de la llanura venezolana.
El cielo parecía bombardeado en tinta.
Un atlántico de tempera esperando caer sobre
nosotros.
Buba
Lo
que yo conocía de Rafael era que -además de ser un grandulón y parecerse a un
tortuga muy grande- le gustaba el ron
cacique y siempre me lo invitó a beber en su casa por allá en Santa Bárbara del
Zulia. Estudiamos filosofía juntos. Era un guaro bizco y tartamudo. Rafael era un as del pin pong; retaba a cualquiera en el centro de estudiantes. Le
gustaba Harry Potter y tenía un mp3 donde escuchaba Maná todo el día. Una vez
me compró una chinoto y dos cachitos cuando me vio demasiado enratonado por la
rumba el miche y la noche. -Tú si eres rockero weón- me dijo palmeándome la
espalda. Me acabo de enterar hace rato
que lo confundieron ayer en la mañana. Estaba en el quiosco de la milagrosa
comprándose un par de empanadas y dejó pasar adelante a un carajo con la cara
rastrillada de cicatrices. No quería show y se quedó tranquilo. No vio cinco
minutos después de que se fue el tipo, cuando el cajero del quiosco se agachó
de golpe tras el mostrador de cemento y sin que pudiese hacer nada lo forraron
de arriba abajo en plomo caliente. Los del centro de estudiantes le decían
Buba; por esta película Forest Gump.
Treces balas y nadie lloro esa noche. Para mí Rafael solo se fue a Santa Bárbara
para siempre porque se aburrió de la ciudad y porque tenía una novia gordita
que lo esperaba en sus residencias. Buba, te quede debiendo dos botellas de
Cacique. Cuando regreses nos las bebemos y amanecemos por ahí.
Lápiz
Hoy
cumplo 21 años de edad. Mi madre dice que estaba sonando el himno nacional
cuando lloré en la sala de emergencia. Carlos Andrés Pérez se encadenaba
hablando del déficit cambiario y soluciones para la delincuencia y el hampa que
se recrudecían por aquellos meses incendiarios. Hoy ayudé a mi padre a cargar
unos ladrillos abajo en chamita. Los niños jugaban descalzos sobre la tierra
cobriza igual que yo hace casi doce años atrás. Envolviendo el mismo periódico
con el mismo tirro negro para jugar béisbol. Soñando con llegar a pichar algún
día en los Yankees. Una niña me
ofreció mamones en una bolsita verde. Yo intente contemplar los techos hasta
donde las antenas de directv me
dejaron. Eso es lo único que creo a cambiado. Hoy en el periódico leí que
asesinaron a Leonel alias “La Lumpia”. Mi primo se cagó de la risa por el
seudónimo tan ridículo que tenia. Picamos una torta al finalizar la tarde. Mi
familia estaba muy contenta y yo con ellos canté merengue campesino hasta que
se me jodió la garganta. Recuerdo que de niño una vez la policía fue hasta la
escuela a hablarnos de las drogas y el malandraje. Luego de su charla nos
pusieron escoger entre una pistola desarmada y un lápiz mongol. Yo como hablé
demasiado fui el primero que pasó frente al escritorio. Titubeando escogí el
lápiz y lo apreté contra mi pecho, todos se rieron de mí. Leonel saltándose del
pupitre fue hasta la mesa de la profesora tomó la pistola y la armó en segundos
frente a los pacos estupefactos, todos aplaudieron. Tres semanas después Leonel
termina en inam por robar un restaurante chino con un exacto. Dos días luego
del incidente yo escribí mi primer cuento con el lápiz que me dejó la
policía. Recuerdo que fue sobre él.
Katsura
Ella sentada al borde de un pequeño
lago con una gruya de papel azul entre sus manos.
El viento genera ondas que dispersan a
las grandes carpas blancas en el fondo del pozo. Me mira, y sonriendo me
entrega el juguete de artesanal. El vapor se escapa de nuestras bocas. Empieza
a brizar con gotas mínimas. Cuando la conocí, me dijo llamarse Jennifer, pero
su nombre real es Katsura. Abrió un hueco en mi pecho, además de enseñarme a
comer con palitos. Delgada, con el cabello corto picado en media luna a la
altura de su nunca, usaba siempre zapatos cerrados, abrigos pasteles y cargaba
muchos libros para hacer confites asiáticos y criollos dentro de su morral
verde. Tenía una sombrilla trasparente en donde podías ver la lluvia
metapoética deslizarse.que usaba junto a unas botas de caucho naranjas que
según ella, en las madrugadas caminaban solas por el suelo de la cabaña
buscando un par de pies que las usara. Sus ojos eran grandes y almendrados,
arreglaba su abrigo tejido, mientras yo intentaba rozar sus manos cuando me
pasaba una taza de Chokorēto con Vainilla.
Tokio es una jaula de neón gigante,
que mantiene dormido a un dragón herido.
Vivimos en las luces; no tienes idea
Parra, de cuanta nostalgia trasmite tanta fluorescencia polícroma. Recuerdo que
de niña vivía al lado del mar y mi abuelo pescaba pequeñas gambas, que sazonaba
y la comíamos como caramelos. Luego nos mudamos a esa ciudad enorme que se cree
una diosa robótica dueña de Asia. Rodeada de tanto, me sentía tan horriblemente
abrumada; como si todo el espacio fuera un cuchillo que me invadía, llenándome
con soledad de los tobillos hacia arriba.
Escapar siempre fue mi deporte
favorito.
Este país me agrada, porque todos los
hombres aún parecen hechos de barro.
Necios y sencillos, con una vida
simple. Adictos a sus familias, sin más preocupaciones que un fin de semana
largo. Mi abuelo contaba que todos los japoneses en el pasado estábamos hechos
de arena con arroz. Pero que cuando él era pequeño, tanta guerra y hambre nos
fracturó y partió desde dentro. Por eso nos generamos un alma plástica
brillante. Por eso tan arrogantes, tan solos, tan tristes.
La sierra se cubría de neblina suave y
dulce.
Ella me agarró del borde del
pasamontañas y me lo haló hasta la barbilla.
-si me alcanzas, te hago un regalo, lo
juro- y
corrió por el sendero entre los pinos.
Me arreglé el gorro, ajusté mis
guantes, y salí a la carrera detrás de ella.
Aquel día de marzo, todas las noticias
del planeta me gritaban tú nombre.
Porque para mí, Japón
eras tú.
Antes de tomar el bús ese viernes
burda de lluvioso, agarraste mi teléfono y te anotaste en la pantalla. – No me borres nunca – besaste mi frente subiendo las
escalerillas al segundo piso del trasporte. De verdad no lo hice chica, déjame
decirte. Ni que me lo hubieses pedido. Hoy rezo para que estés bien, y no
formes parte de esa lista infinita de gente desaparecida, en la nomina gigante
del desastre.
Que hayas escapado lejos de la
destrucción.
Te alcanzaba detrás de los árboles,
apretándote por la cintura, dándote vueltas mientras reías. Al borde el río
calmo, me regalaste tu alma en un ave de papel.
Siempre me preguntan porque él
subtitulo de mi Blogger esta en Japonés.
Simple, esta así porque es una frase
que solo ella puede entender y recordar.
Al borde de un pequeño lago me
entregabas una gruya de papel azul entre mis manos.
Yo tartamudeando aceptaba tú regalo y
sin subtítulos dije:
- Katsura. Sora wa anata shidaidesu. Shite kudasai, itte wa ikenai.-
- Katsura, mi cielo es
tuyo, por favor no te vayas nunca. -

tú eres :)
ResponderEliminar[abrazo, Parra]
Bellos
ResponderEliminarBueno lo que me gusta es que escribes sobre tu vida, son relatos autobiograficos y eso es bueno, sigue adelante. Un abrazo!
ResponderEliminarTú sabes lo que pienso de las cosas que escribes, David. Me gustaron los poemas, me gustaron los cuentos, y justo ahora voy a buscar diluirme en un café después de esto, y en paz sorberme, como diría Eleonora. Me quedo con el carrusel de imágenes, con el filo de las cosas que dices, me quedo con eso en la mano y lo sostengo con fuerza. Te abrazo, y mucho.
ResponderEliminarBello.
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