15/4/12

DAVID (MÉRIDA)



Biografía

David Parra (1991) Mérida, estado Mérida, Venezuela. Escritor.  Estudiante de Literatura Hispanoamericana y Venezolana en la Universidad de Los Andes. Columnista y editor del fanzine web 2.0 Acraciapourlesporcs, Co-fundador del Colectivo artístico Literario K-Libre.  Autor de la plaqueta poética Línea Azoprieto (2010) publicada por el Proyecto de Unión Poética Latinoamericana (PLUP) y del blog Prosapistola.  


Flamingo

Yessica dormía escarchada en el puesto diecinueve del expreso Flamingo.  Quité lentamente el cabello de sus sienes y dibujé noventa y cinco mapamundis entorno a su rostro y periferias.  Eso sí, delicadamente. Como quien pinta un mándala gigante y hermoso con neón y arena para luego borrarlo con las manos. Sus labios se tornasolaban con la poca luz que se sumergía angular tras cortinas rojas; vibrantes ante el inquieto ronroneo del aire acondicionado. Todos dormían cuando la misma luz trazó el camino por su frente y gatuna abrió lentamente los ojos. Detuvo los doscientos quilómetros que el búscama recorría por hora sobre la autopista. Detuvo a los garzones solados que sobrevolaban arrozales los bordes del camino. Desbarató en el aire, él bululú de loros escandalosos picoteando palos cerca del rio. Detuvo la carrera de Abril sobre la sabana. Paró la lluvia que moteaban los bucares. Ella lo detuvo todo, cuando sonrió grandote y me susurró los buenos días bien de cerquita, apretando su bufanda verde de rallas al cuello y mordiéndose nerviosa el labio inferior con sus dientes brequeados en morado.
 
Con fuerza la monté sobre mí para que viera el espectáculo del universo por la ventana.
Con mis manos en su cintura, refresco frases hindús traslucidas y lejanas como una película vieja. Normas universales, edictos para el destino. Una de esas máximas reza, que al tomar a una mujer por su cintura mirándola directamente a los ojos -como espejos de agua- te grabarías en sus recuerdos con  su permiso interno. Yessica luego de rasguñar suavemente los extremos de mí nuca volviéndome a preguntar mi nombre y apellido por quinta vez, no se dio cuenta de que efectivamente eso hice; aferrándome a su eternidad entre los declives de su espalda. Abrimos la ventana y un disco solar giraba vertiginoso con hambre de espacio a lo largo de la llanura venezolana.
 
El cielo parecía bombardeado en tinta. 
Un atlántico de tempera esperando caer sobre nosotros.
 
Buba

Lo que yo conocía de Rafael era que -además de ser un grandulón y parecerse a un tortuga muy grande-  le gustaba el ron cacique y siempre me lo invitó a beber en su casa por allá en Santa Bárbara del Zulia. Estudiamos filosofía juntos. Era un guaro bizco y tartamudo.  Rafael era un as del pin pong; retaba a cualquiera en el centro de estudiantes. Le gustaba Harry Potter y tenía un mp3 donde escuchaba Maná todo el día. Una vez me compró una chinoto y dos cachitos cuando me vio demasiado enratonado por la rumba el miche y la noche. -Tú si eres rockero weón- me dijo palmeándome la espalda.  Me acabo de enterar hace rato que lo confundieron ayer en la mañana. Estaba en el quiosco de la milagrosa comprándose un par de empanadas y dejó pasar adelante a un carajo con la cara rastrillada de cicatrices. No quería show y se quedó tranquilo. No vio cinco minutos después de que se fue el tipo, cuando el cajero del quiosco se agachó de golpe tras el mostrador de cemento y sin que pudiese hacer nada lo forraron de arriba abajo en plomo caliente. Los del centro de estudiantes le decían Buba; por esta película Forest Gump. Treces balas y nadie lloro esa noche. Para mí Rafael solo se fue a Santa Bárbara para siempre porque se aburrió de la ciudad y porque tenía una novia gordita que lo esperaba en sus residencias. Buba, te quede debiendo dos botellas de Cacique. Cuando regreses nos las bebemos y amanecemos por ahí.

 Lápiz

Hoy cumplo 21 años de edad. Mi madre dice que estaba sonando el himno nacional cuando lloré en la sala de emergencia. Carlos Andrés Pérez se encadenaba hablando del déficit cambiario y soluciones para la delincuencia y el hampa que se recrudecían por aquellos meses incendiarios. Hoy ayudé a mi padre a cargar unos ladrillos abajo en chamita. Los niños jugaban descalzos sobre la tierra cobriza igual que yo hace casi doce años atrás. Envolviendo el mismo periódico con el mismo tirro negro para jugar béisbol. Soñando con llegar a pichar algún día en los Yankees. Una niña me ofreció mamones en una bolsita verde. Yo intente contemplar los techos hasta donde las antenas de directv me dejaron. Eso es lo único que creo a cambiado. Hoy en el periódico leí que asesinaron a Leonel alias “La Lumpia”. Mi primo se cagó de la risa por el seudónimo tan ridículo que tenia. Picamos una torta al finalizar la tarde. Mi familia estaba muy contenta y yo con ellos canté merengue campesino hasta que se me jodió la garganta. Recuerdo que de niño una vez la policía fue hasta la escuela a hablarnos de las drogas y el malandraje. Luego de su charla nos pusieron escoger entre una pistola desarmada y un lápiz mongol. Yo como hablé demasiado fui el primero que pasó frente al escritorio. Titubeando escogí el lápiz y lo apreté contra mi pecho, todos se rieron de mí. Leonel saltándose del pupitre fue hasta la mesa de la profesora tomó la pistola y la armó en segundos frente a los pacos estupefactos, todos aplaudieron. Tres semanas después Leonel termina en inam por robar un restaurante chino con un exacto. Dos días luego del incidente yo escribí mi primer cuento con el lápiz que me dejó la policía.  Recuerdo que fue sobre él.

Katsura

Ella sentada al borde de un pequeño lago con una gruya de papel azul entre sus manos.
El viento genera ondas que dispersan a las grandes carpas blancas en el fondo del pozo. Me mira, y sonriendo me entrega el juguete de artesanal. El vapor se escapa de nuestras bocas. Empieza a brizar con gotas mínimas. Cuando la conocí, me dijo llamarse Jennifer, pero su nombre real es Katsura. Abrió un hueco en mi pecho, además de enseñarme a comer con palitos. Delgada, con el cabello corto picado en media luna a la altura de su nunca, usaba siempre zapatos cerrados, abrigos pasteles y cargaba muchos libros para hacer confites asiáticos y criollos dentro de su morral verde. Tenía una sombrilla trasparente en donde podías ver la lluvia metapoética deslizarse.que usaba junto a unas botas de caucho naranjas que según ella, en las madrugadas caminaban solas por el suelo de la cabaña buscando un par de pies que las usara. Sus ojos eran grandes y almendrados, arreglaba su abrigo tejido, mientras yo intentaba rozar sus manos cuando me pasaba una taza de Chokorēto con Vainilla.

Tokio es una jaula de neón gigante, que mantiene dormido a un dragón herido.
Vivimos en las luces; no tienes idea Parra, de cuanta nostalgia trasmite tanta fluorescencia polícroma. Recuerdo que de niña vivía al lado del mar y mi abuelo pescaba pequeñas gambas, que sazonaba y la comíamos como caramelos. Luego nos mudamos a esa ciudad enorme que se cree una diosa robótica dueña de Asia. Rodeada de tanto, me sentía tan horriblemente abrumada; como si todo el espacio fuera un cuchillo que me invadía, llenándome con soledad de los tobillos hacia arriba.

Escapar siempre fue mi deporte favorito.
Este país me agrada, porque todos los hombres aún parecen hechos de barro.
Necios y sencillos, con una vida simple. Adictos a sus familias, sin más preocupaciones que un fin de semana largo. Mi abuelo contaba que todos los japoneses en el pasado estábamos hechos de arena con arroz. Pero que cuando él era pequeño, tanta guerra y hambre nos fracturó y partió desde dentro. Por eso nos generamos un alma plástica brillante. Por eso tan arrogantes, tan solos, tan tristes.

La sierra se cubría de neblina suave y dulce.
Ella me agarró del borde del pasamontañas y me lo haló hasta la barbilla.
-si me alcanzas, te hago un regalo, lo juro- y corrió por el sendero entre los pinos.
Me arreglé el gorro, ajusté mis guantes, y salí a la carrera detrás de ella.

Aquel día de marzo, todas las noticias del planeta me gritaban tú nombre.


Porque para mí, Japón eras tú.

Antes de tomar el bús ese viernes burda de lluvioso, agarraste mi teléfono y te anotaste en la pantalla. – No me borres nunca – besaste mi frente subiendo las escalerillas al segundo piso del trasporte. De verdad no lo hice chica, déjame decirte. Ni que me lo hubieses pedido. Hoy rezo para que estés bien, y no formes parte de esa lista infinita de gente desaparecida, en la nomina gigante del desastre.
Que hayas escapado lejos de la destrucción.

Te alcanzaba detrás de los árboles, apretándote por la cintura, dándote vueltas mientras reías. Al borde el río calmo, me regalaste tu alma en un ave de papel.

Siempre me preguntan porque él subtitulo de mi Blogger esta en Japonés.
Simple, esta así porque es una frase que solo ella puede entender y recordar.

Al borde de un pequeño lago me entregabas una gruya de papel azul entre mis manos.
Yo tartamudeando aceptaba tú regalo y sin subtítulos dije:


- Katsura. Sora wa anata shidaidesu. Shite kudasai, itte wa ikenai.-


- Katsura, mi cielo es tuyo, por favor no te vayas nunca. -

5 comentarios:

  1. Oscar Enrique Prieto Borregales12:05 p. m., abril 19, 2012

    Bueno lo que me gusta es que escribes sobre tu vida, son relatos autobiograficos y eso es bueno, sigue adelante. Un abrazo!

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  2. Tú sabes lo que pienso de las cosas que escribes, David. Me gustaron los poemas, me gustaron los cuentos, y justo ahora voy a buscar diluirme en un café después de esto, y en paz sorberme, como diría Eleonora. Me quedo con el carrusel de imágenes, con el filo de las cosas que dices, me quedo con eso en la mano y lo sostengo con fuerza. Te abrazo, y mucho.

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