Biografía
Gustavo Duque, Convencido de la derrota que se contrae con este escrito,
como cuando se está frente a la muerte sin escapatoria, una biografía de uno
mismo no puede ser más que una pseudobiografía para el antólogo de sí mismo.
Made in Mérida, cosecha 1981, desde muy temprana edad adicto al futbol, Gustavo Duque se volvió algo dependiente de
la lectura a fin de ganarle al aburrimiento y a punta de ser “castigado” por la
maestra de castellano y literatura en bachillerato, quien no lo soportaba más y
optó por hacerlo leer El Principito, María, y alguno que otro “suplicio” más.
Terminó hasta el sol de hoy abandonando la carrera de Manejo de emergencia y
acción contra desastres que a falta de una materia, las pasantías y una tesis
que ya tenía pensada, cambió por la carrera de letras. Abrazos, hasta que les
vea en Coro.
Mabel Marie la Ladrona.
El llanto del cielo las mojaba hasta el alma. Ambas eran
más exactas la una de la otra, que cualquier par de gotas que emanara de ese
poco de tristeza gris del cielo.
En 1793, en plena revolución francesa, Mabel Le Blanc,
estaba siendo perseguida por un grupo de adeptos a las nuevas ideas que surgían
en la época. En un principio Mabel como todo el mundo, no tenía culpa alguna
sobre todo lo que ocurría en aquel instante, en aquel momento de cambio, de
evolución, en aquel parpadeo de Dios y su subsiguiente descuido, por decirlo así.
Después de todo ¿quién tiene la culpa de haber nacido rico de cuna o pobre, y
en ese momento precisamente? Así como Mabel. Pero su sangre, su procedencia,
ellos, todos ellos, de principio a fin, si tenían mucha culpa en todo esto. De
alguna manera la clase adinerada, la clase burguesa y privilegiada era la
principal precursora de aquellos sucesos. Ellos, los burgueses y la realeza,
vivían bien en una gran opulencia a costa de la clase media, que apenas empezó
a surgir como tal en aquel entonces, y la clase eterna y perenne que siempre
existió y subsistió desde el principio de los tiempos, y quizás hasta el final
de éstos, la clase pobre, la clase prolétariat
como se estiló en la época llamársela. Hoy es lo mismo.
Pues así vivía Mabel, rica y sin muchos problemas, más
que el de ver que vestido usaría para el día y cual para la noche, conservar la
etiqueta, qué muchacho de nobleza y
casta como la de ella podría pedir su mano, y otras frivolidades por el estilo.
Pero ahora Mabel en éste preciso instante de cuento, de historia, corría para
salvar su vida; corría calle tras calle, vereda por vereda, atravesando un
puente hasta caer a otro puente, hasta quedar acorralada en un puente
palimpsestuoso, transmigratoriamente sádico, que le conducía
extraordinariamente en tiempo y espacio, a historia de otra historia de salida
sin salida.
En el puente y sin salida, bajo el llanto empapante de la
bóveda rodeante y envolvente de las historias terrenas del tiempo, se alzaba la
pregunta eterna ¿por qué? ¿por qué a ella le había tocado vivir esa época, esa
situación? Marie, la pobre Marie sin apellido, literalmente vivía pobre y de
robar, robar y robar sustento en la necesidad; era su palacio compuesto por
todas las calles de la ciudad, y su abolengo la miseria. En octubre de 1993, el
capitán de la tercera compañía de los gendarmes de Paris, capitán Dorian
Groumont, dio el grito de “alto”, al tiempo que realizaba un disparo al aire
con su revolver reglamentario, luego de haber bajado de la tradicional patrulla
Renault de la policía francesa, ahora a Marie prófuga ladrona. En un extremo
los gendarmes y sus estómagos llenos y del otro extremo el puente entero
poblado del hambriento proletariado. Alrededor de todo y de todos la lluvia
mojando la pregunta ¿por qué?
Mabel ya no podía correr más; estaba tan extenuada y
compungida. Su vestido de niña rica de siglo XVIII pesaba tanto! Y ahora más
que nunca le pesaba, acorralada entre la turba de revolucionarios, caballos y
antorchas. Entonces se detuvo a mitad del puente acorralada, mientras que todos
están gritando ¡Guillotina! ¡A la guillotina llévenla! ¡Manos arriba Marie! ¡Ahora,
coloca las manos en el barandal! Mientras Marie jadeante de cansancio lloraba.
Pues bien, un sujeto de nombre Donet Lepât sujetaba en su mano derecha su sable
y en la izquierda el Contrato Social y el Espíritu
de las Leyes; el capitán Dorian Groumont en la derecha su revolver, en la
izquierda las esposas diciendo ¡La cárcel te espera! Pero ¡Es tu turno en la
guillotina! Se oía también aquí y allá. La respiración agitada de Mabel no la
dejaba hablar con claridad, lo que Marie dijera al capitán resultaba inútil.
Nada justifica el robo, el hurto, la explotación, el mal trato, la inocencia,
la no culpa aunque la hubiera; y a todas éstas ¿Qué es justo? ¿Justicia? ¿Dónde
está? Y a decir verdad ¿Quiénes son los culpables? ¿Quién es culpable?
Donet, Dorian. Implacable se acercaba para aprehender a
la pobre, a la burguesa, a las ladronas ¿De qué? Ninguna de las dos tenía culpa
de ser. Ninguna pidió venir al mundo en cuna de oro, en un callejón sobre una
caja de cartón ¿A qué? A cumplir los caprichos azarosos del destino mórbido,
del cual todos estamos impregnados, al tiempo que está frotándose las manos y
usando la máscara burlesca que más le gusta en su rostro. Mabel hundiendo al
pobre en su pobreza con cada deseo suyo desde muy niña, Marie quitando lo que
sea a quién sea, ya por costumbre ya por necesidad.
La lluvia helada y la neblina de finales del otoño, con
el invierno encima en Paris, no apagaba las antorchas ni opacaba la luz de las
linternas eléctricas, en los 1900 en los 1700, quién sabe si en los años del
milenio nuevo en el porvenir… Entonces, terrones aguados de angustia, fríos y
amargos, se confundían con la lluvia en el rostro de Marie, de Mabel –Mabel
Marie- en aquel puente viejo sobre el Sena, puente testigo único del suceso,
testigo presencial de la trampa para dos presas. Puente encerrado en el mismo
espacio sin variar, en el mismo momento entre siglos. Momento llevado acabo
distinto igual, al mismo tiempo, a la misma hora, los mismos minutos, segundos,
el mismo otoño, iguales climas y clímax, otros días otros años, casi idénticas
persecuciones, otras culpas si acaso. Distintos lados, escasos metros en
realidad de separación entre ellas sobre el puente. Cuan cortas pueden ser las
diferencias entre tiempo y espacio. Y el mismo puente testigo. Pero los puentes
no testifican, y para ellos todo es indiferente, hasta leyes físicas y el
tribunal de las alturas.
Al acercarse el perseguidor con sus razones a ella –Donet
Dorian a Mabel Marie- cayó un relámpago a la derecha de Mabel, a la izquierda
de Marie, en medio de ambas, mientras que a la izquierda de Mabel, Donet, a la
derecha de Marie, Dorian. Así, aquella centella como abriendo una brecha breve,
rigurosa en los presentes, en el presente único y tal vez paralelo a otro
presente único en realidad, realizó la presencia física y espiritual de Mabel
Marie, como poniendo en el sitio un espejo hecho de dos presencias y dos almas
ciertas, reales, de la una en la otra, creyendo todo lo que veían y escuchaban,
lo que pasaba; exactas y precisas fibra a fibra, cabello a cabello, los mismos
gestos, la misma impresión, el mismo miedo. Y no sólo se vieron en algo que
solamente ellas podían ver y sentir, doscientos años adelante, doscientos años
atrás en el tiempo, sino que se tocaron, tocándose Mabel a sí misma en el
rostro, Marie en sus propias manos, oyendo Marie las alabanzas a la guillotina
de una turba imparable, Mabel las voces de los gendarmes con himnos de captura.
Bajo el asombro, así, un poco más allá, del lado
contrario a Donet, Marie, y más allá, cerca de Marie, Dorian del lado contrario
a Mabel, y más allá de Mabel, Donet. Ambos, tanto para la una como para la
otra, pálidos y flacos como la muerte, tan horrendos como esta, acercándose a
ellas de un lado y del otro, las hicieron clavar la mirada en la sola
profundidad del destino, saltando al río.
Durante la caída, el llanto, y no se sabe cual fue más
doloroso si el de Mabel o el de Marie, por lo que fue y por lo que será, por lo
que es, se confundía con el del cielo. La cabeza de Mabel, ahora un cadáver que
se ahogó, rodó en la guillotina de igual modo, y fue puesta en lo alto de una
pica, en la plaza más concurrida de toda Paris como ejemplo y a la vista de
todos. De Marie solo se encontró el cuerpo entero de mitad del cuello para
abajo; esto posiblemente, causado por la própela de algún bote en el río Sena
del siglo XX, y según los principales diarios amarillistas de Paris que
mostraban la fotografía del cadáver sin cabeza en la morgue, luego de la
correspondiente necropsia de ley decían: “informa el forense que se encontraron
abundantes cantidades de agua en los pulmones de la ladrona”.
Gente Equivocada.
Decidido como estaba, se bajó del transporte que lo
llevaba hasta su casa para tomar el que lo llevaba al sitio donde iba a
encontrarse con una conversación nefanda, por no llamarla de otro modo.
En el trayecto él sólo podía escuchar el tambor en que se
había convertido su corazón, mientras pensaba si no estaba cometiendo un error
de juicio, confundiendo la gentileza de la amistad con el cariño bonito y el
coqueteo perfecto del que se sirven los amantes en el preámbulo del amor. Él de
por si era de una concepción muy romántica y todo el tiempo le decía cosas
bonitas a ella, que era aun más bonita que todas esas cosas que él le decía;
halagos para un halago se diría. Eran de esas cosas que dejaban a las personas
en un pensamiento silente, cosas como: Te quiero por ser quien eres y por ser
quien soy cuando estoy contigo. No llores porque se terminó, sonríe porque sucedió.
El cuerpo siempre ha sido el estuche del alma, sin embargo son los secretos del
alma los que más importan, aún cuando el estuche sea bello. Y ella al escuchar
todo esto, y otro tanto más, no hacía más que callar por un ratico, para romper
los oídos y la vista y todos los sentidos de aquel muchacho, con un gesto
tierno en la mirada y frases tales como: Ay... que lindo eres! Gracias por
recordármelo. Chamo tú siempre tan bello! nunca cambies conmigo. Yo también te
quiero.
Y no podía ser de otra forma, porque siempre por el gusto
se empieza, y como ella era preciosa, por lo menos para él lo era tanto como
modelo de revista, púes, él inconscientemente y a su vez a conciencia, comenzó
a gustar de ella. En realidad todo aquello se había convertido en el ejercicio
de gustar, que es probablemente la mejor manera de tener, y en el de tener, que
debe ser la peor manera de gustar - y aquí, recuérdese bien que el amor es
libertad, aunque en esto los unos se pertenecen a los otros mutuamente,
mientras que a la par cada quién se pertenece a sí mismo. Qué complicada cosa-.
En eso, sube un tipo de estos que venden baratijas y dulces en los autobuses e
interrumpe su paseo por los pensamientos.
Él mientras tanto -echaba su perorata el de las
baratijas- poco después de haberse reconcentrado en lo suyo, iba mirando una
rosa roja que le llevaba a ella, que no lo esperaba. Y volvía a recordar.
Recordaba la conversación que había mantenido el día anterior con su niña
bonita y buena -así la creía él por supuesto, y al sol de hoy no cambia de
parecer-. Era como si estuviese viendo un fragmento de un capitulo de una
telenovela, y se diría que muy mala por cierto, ojo la novela. Más o menos algo
así: Se acercaba ella a él, que estaba solo y recostado a una baranda azul en
las afueras de los salones del instituto donde ambos estudiaban la misma
carrera. Ella pregunta:
- ¿Qué haces ahí tan solo?
Él dice - Nada sólo pensaba.
- ¿Y en qué piensas?
- En lo que dijiste el otro día.
- Tantas cosas que hablamos todos los días!
- Que tenías un muchacho rondándote y lo dijiste justo
después de que te preguntara, por enésima vez, si tenías o no novio.
- Ah!... sí, ya lo recuerdo. Que insistencia la tuya con
eso - y en un alarde de chispa y picardía, ella replicó- ¿Qué te contesté?
En eso él mira lo que ella llevaba entre sus manos, un
celular, y a la vez que sujetando ella contra su pecho los cuadernos, ve la
foto en el celular, de un tipo que obviamente no era él, y que además la
existencia del sujeto era desconocida para él, pero totalmente sospechada muy a
su pesar por tanto trato y confianza entre ambos, con tan corto tiempo de
amistad.
- Que no tenías novio, pero dime ¿quien es ese? Responde él muy enseguida señalando la foto
en el teléfono.
Al verse ella sorprendida, oculta la foto, como político
ocultando pruebas que juegan en su contra en un caso de corrupción.
- Es mi novio - dice ella. Y él como todo buen iluso
enamorado, que no entiende ni siquiera lo que ve, o por lo menos no lo quiere
entender responde - ¿Enserio, no me mientes? Haciéndose de ilusiones y
esperanzas, mientras que enseguida dice –es tú hermano verdad. Qué iluso es el
estado enamorado. Ella responde y asiente diciendo –No, es mi novio. Y mientras
él piensa, ¿a qué está jugando ella? Se escucha silencio nada más alrededor de
ellos…
-Mira mañana cumplo años, tráeme un regalo, dice ella. Él
¿en serio? Ella, en serio. No creo dice él, créelo porque es verdad y no
imagino que me puedas regalar, responde ella. Y quien ve desde fuera todo esto,
en secreto sólo se dice así mismo: ¡lo que es el coqueteo!
De repente él se encuentra con la parada a destino, baja
del autobús, camina, piensa en que todo aquello era un juego a lo García
Márquez, qué sé yo, o que de ser verdad tenía esperanzas con ella, de lo
contrario ella no le pediría un regalo como queriendo decir, y hay que ver lo
que son las impresiones, como queriendo decir sorpréndeme y quizás, sí es que
existe algún otro, quizás lo deje a él para quedarme contigo. Aún así se
arriesgó.
Al llegar a casa de ella toca la puerta, abre la que él
espera que será su suegra. Es bonita piensa, se parece a ella. No puede
esconder la rosa. Le mandan a pasar, pasa, le mandan a tomar asiento, toma
asiento, oye como llaman a su chiquita niña productora de esperanzas: Eileen la
buscan… y si tiene voz de suegra la señora. Al cabo de unos minutos ella sale a
la sala, mantiene una corta conversación casi enfrente de él con su madre,
luego se saludan con un beso en la mejilla y un fuerte abrazo que no quería
terminar, y se sientan. Él le entrega la rosa a ella, comienzan a conversar,
bromean, ríen un poco, hasta que él hace la pregunta de rigor.
-¿en verdad tienes novio? Porque un día me dices no
tengo, al otro día si tengo, y no sé que pensar ¿a qué juegas?
Discuten un poco sobre el tema, que sí si que sí no,
hasta llegar a la conclusión de que si, tenía novio. SILENCIO OTRA VEZ…
Luego de incómodos minutos de soledad en él por causa de
perderla a ella, no sabemos sí ella era la absoluta soledad ida la esperanza,
él en un impulso de valentía le dice lo que piensa y más que nada lo que
siente. Le dice: sabes tú me gustas mucho, y la verdad quisiera quererte
bonito, quererte bien, hasta que me duela aquí, señalándose el pecho. Pero que
duela rico porque nos gusta, porque me gustas. Ella calla ¿por qué se calló
todo el tiempo? Y él también se calló y no dijo más… silencio de nuevo… hasta
que ella le dice que tiene poco tiempo como novia del tipo, pero que este
estuvo cuatro meses detrás de ella, cortejándola, existiendo otras cosas más de
por medio también para estar con aquel y no con él. Nunca supo de esas razones,
y de saberse ¿para qué decir que?
Cambian de conversación, siguen como si nada hubiera
pasado. Por último él vuelve a decirle una de esas cosas que acostumbraba a
decirle, dice: quizás Dios quiere que conozcas mucha gente equivocada, para que
cuando conozcas a la persona adecuada sepas estar agradecida. Intenta irse,
ella abre la puerta sin mucha prisa, bajan unas pequeñas escaleras, se detienen
en la acera, él la vuelve a felicitar, hay que decir que era el día del
cumpleaños de ella; importantísima es la fecha en todo esto, de lo contrario no
habría excusa para la rosa ¡verdad!
Cuando él emprende la marcha ella tomándolo de la mano le
toca el corazón, lo besa como se besa a la persona que se ama, en la boca. Él
se sonríe con la alegría de un no sé qué que qué sé yo, y dice nos vemos
mañana, ella dispara un nos vemos mañana corazón. Y no quería que él se fuera,
y ya tampoco hubiese querido aquel apartarse de su lado nunca más. Pero se
marchó, de vez en cuando mirando hacia atrás.
Al día siguiente sólo fueron un par de conocidos que se
saludaban como amigos, y él aprendió que no existe peor manera de extrañar a
alguien, que estar sentado a su lado y saber que nunca lo podrás tener.

No hay comentarios:
Publicar un comentario