13/4/12

JULIO (CORO)



Biografía

Julio tizzani, de la generación del 90, de un 28 de marzo, estudio medicina en la UNEFM, con mucho orgullo. Uno nace de papel y letras, y Dios te escribe. Atado a un mundo de libros donde ellos me escogieron a mí. ¿Acaso tengo que decirles que me gusta escribir?

La tribu

Había una vez, porque solo fue una vez, no le dio tiempo para contar lo que vio  en aquella tierra, su alma llegó a brillar tanto como las de ellos y a confundirse con un astro y sus ojos como dos diamantes.
Era una tarde nublada donde todo estaba tranquilo, el viento no soplaba y el calor humedecía la espalda, la frente de Matías Montoya, cansado de su mala suerte decidió romper con el hastió de los días, con una hazaña que le hizo llevarlo al abismo.
Matías quien fue educado por una bestia llamada calle, trabajando de monta carga en las embarcaciones aguantando las groserías de capitanes míseros, mal pagado y lleno de suciedades. En las noches de duro silencio cuando venía la soledad a despertarlo, pensaba en la única herencia que le había dejado su madre, ella le decía que más allá de los 7 mares y serpientes gigantes de dos cabezas del mundo cuadrado, había un lugar lleno de hombres pequeños de grandes plumajes, cuyas vestiduras eran de oro. Nunca dejó de creerlo ni siquiera por que ya era hombre y su infancia de ilusión se había vuelto ceniza al darse cuenta de la ignorancia y el miedo de los hombres a no ir más allá del mar y desafiarse a ellos mismos.
Matías había escuchado historias similares de sus compañeros y tripulantes de las embarcaciones, historias traídas en las bocas de los marinos temerosos a la experiencia de perderse en el mar y a los capitanes escuálidos que se burlaban de los tontos supersticiosos. Juan, un mulato pequeño de ojos redondos y piel curtida siempre le contaba historias del más allá del sol, de sirenas que después de navegar se encontraban los viajeros con  una cascada y un monstruo de bajo que esperaba comerse los barcos. Pero Matías no le temía al mar sabía que su destino era seguirlo.
Una mañana decidido a romper con la larga cadena de la monotonía y de la inmundicia que lo rodeaba convenció a 7 cristianos y les prometió un buen botín  y por su puesto el fiel Juan iría con él, robaron las provisiones  y una buena barca con grande velas zarparon por el camino del sol, su mapa la esperanza y la brújula el viento.
La embarcación estaba guiada por aires salinos y una oscuridad que empañó al ambiente, dejó de haber día. El mar reflejaba el cielo hasta el punto de no poderse distinguir cual era cual, a veces pensaba que estaban navegando de cabeza, se había agotado la comida y el agua. Los tripulantes comenzaron a atacar a Matías, lo llamaron mentiroso y farsante de que no llegarían a nada y no encontrarían ni una pepita de oro.
Habían pasado más de 20 días sin probar alimento, Juan fue el primero en morir con pápulas en los pies y manos, fiebre y hemorragias no sobrevivió nadie, Matías fue el único que soportó aferrado al sueño. Entre cantos de sirenas y voces trémulas de bestias, Matías se mantenía luchando por mantenerse a flote, en una tormenta que estallo en terror y penumbra había consumido el barco y Matías había quedado en tinieblas.
Cuando pudo diferenciar el día de la noche, el sol y la sombra se fijó que pisaba tierra, que años más adelantes esa tierra iba a estar llamada la pequeña Venecia.
Estaba en una arteria del majestuoso Orinoco, corrió entre manglares para estudiar el sitio hasta caer en un pozo que tenia un fuerte brillo donde fue succionado a otra zona lejana.
Despertó estando boca abajo cubierto de pequeños granos de oro los apretó en su mano hasta hacer un puño y sintió la sensación de arena, se adentro en la selva y aspiró el tibio olor de la gloria y de su nueva realidad.
Estaba en lo que después seria una leyenda popular entre navegantes El  Dorado, en la metrópolis  de indios, se encontraba en el suelo, los animales con largos y elegantes plumajes de aristócratas selváticos y el follaje que disminuía la idiosincrasia  del mismo sol y que lo cegaba cuando miraba fijamente.
El hombre blanco se diferenciaba muy bien de su entorno se veía  ordinario y fácil de notar, a su paso se encontró con la primera nativa, corrió tras un árbol para observarla, era una mujer no muy alta con una corona de un plumaje y una larga boa enroscada en el cuello y tapando sus pechos, la mujer tenía la piel llena de miles de escamas de oro puro y ojos brillantes de un fuerte color negro, cuando tuvo el valor de acercarse a ella y hablarle, ella sonrió y le habló primero.
-Te estaba esperando, dijo con voz cremosa y sinfónica,- me llamo Karaisa tomo su mano y lo guió hacia el sendero, la mujer olía a tierra recién labrada, almizcle y frutos secos. Ese día, porque no había noche, la luna era igual de dorada que todo, la india con una elegancia atípica le enseño la gran tribu, el trabajo y al chamán que se encontraba rodeado de otros indígenas, Matías le explico como había llegado lo que le pasó y demostrar sus intenciones las cuales no eran malas, si no encontrar fortuna con trabajo.
El chamán, era un anciano llamado Atamaika pequeño, flaco y de extremidades cortas  su brillo era más acentuado que el de los demás,  invitó a Matías a su choza estaba sentado en el piso y le habló todo el día sobre la existencia de los astros, el espacio, el máximo creador y de la espiritualidad que conformaba al hombre, le dijo que lo había visto venir en una embarcación que venia desde lejos como un pájaro gigante, las estrellas se lo habían dibujado y pudo predecir su llegada.
Pasado ya muchos días, la nativa que se asemejaba a una princesa, le había mostrado todo o casi todo el sitio el río era la principal atracción, los indios vivían de su nobleza de su agua dorada que les permitía vivir, los animales con sus plumas y pieles tenían un brillo específico casi tan hermoso como el de los indios, los alimentos eran agraciados con un fuerte tono amarillo puro, se diferenciaban solo por tamaños, variaban en sus tonos y sabores eran tibios y exóticos al paladar.
La mujer le regaló una vestidura de oro para que dejara atrás sus viejos harapos, el hombre blanco le preguntó que de donde provenía todo el oro, ella le sonrió y le contestó que desde el fondo del corazón de cada indio.
Ella le explicaba que el lugar donde estaba se llamaba El Dorado, que el precioso metal provenía desde el recipiente llamado alma de los propios indígenas, y del amor de un trabajo riguroso que cada vez que un indio moría venía al dorado a brillar fuertemente.
Aquel hombre blanco en profunda ignorancia se vio obligado a forzar una sonrisa y fingir que había comprendido las simples palabras de la india. Se colgó el panaché de plumas, adornadas con pepitas blancas brillantes y un guayuco del mismo tono.
El primer día que salió a festejar con la tribu, el chamán lo presentó delante de aquellos miles de ojos azabache como un visitante de otro mundo, como un enviado de los astros, pero Matías había sentido el recelo de unos cuantos indios, sintió sus miradas punzantes al igual que los tripulantes del día que no encontraban tierra. Esa noche el chamán lo acompañó hasta su choza y le dijo que pronto comprendería todo.
Matías se había recostado sobre los tapetes y concilió su sueño, había despertado en la madrugada a recoger agua con un cántaro, cuando sintió que un indio lo veía con ojos inyectados y mirada de ponzoña, se acercó a él y señaló el río le dijo que se fuera que vendría a traer desgracias a su pueblo que era un ladrón, Matías trató de explicarle sus sentimientos pero el grupo de indios no entendió y empezaran a apedrearlo, el hombre corrió y corrió por el río abajo, el grupo de indios no se cansaba hasta que llegó a un risco, iba a saltar pero ya un indio le había atravesado el corazón rompiéndolo, sintió un dolor quemante que le subió a la garganta y le oprimió el pecho , trato de pararse pero sus ojos se cerraron y perdió el control.
Los indios se retiraron, estaban satisfechos de haber enviado al hombre por donde vino pero Matías había dejado de sentir dolor y se fijó que no había sangrado que no tenía ni un rasguño.
Se quedó un rato viendo el cielo y analizando la complejidad de aquellas estrellas que de tanto hablaba el chamán, y pudo comprenderlo todo que el dolor había desaparecido tan rápido porque cuando llegó había muerto igual que los otros tripulantes, que el oro era nada más que la representación del amor de la tribu al trabajo, y la recompensa de sus vidas, el hombre blanco sintió el alma oprimida al saber que había saboreado la muerte y que la recibió sin darse cuenta, de pronto sonrió y se sintió pleno, cuando se paró y siguió río arriba para encontrar la tribu lo esperaba la india con un halo dorado junto al chamán, los dos sonriendo .Matías se le permitió vivir en la aldea por siempre, su alma llegó a brillar tanto como las de ellos y a confundirse con un astro y sus ojos como dos diamantes. Con el tiempo otros tripulantes quisieron repetir la hazaña pero solo eran unas cuantas almas que las encontraban y por ende no podían ya contarlo.

Hueso de gato bajo la lengua

 A veces cuando el viento sopla en las casas de barro algunas personas dicen que son ellos que le susurran a las jovencitas, que son ellos que volverán...
Repicaban los tambores en la plaza, la euforia de los negros retumbaban las calles de Coro, los dientes como perlas se exhibían en aquel ritual lleno de tradición, era una selva de movimientos acentuados, las mujeres se movían al son del tambor, controlaban sus caderas. Entre la negrera se encontraba Pola una negrita zamba, se regocijaba en aquel tributo a los santos y al tambor.
Pola vivía en una calle más arriba del mercado viejo, en una casa marrón de techo de torta de barro y paredes de bahareque, adornaba el pequeño lugar con ventanales hechos de madera de cardón, aquella negrita zamba en el pasar de los años de convirtió en una mujer mayor, la cintura se volvió gruesa y el busto prominente y caído, tenía rasgos finos debido a ser mestiza y piel curtida. La vida a Pola no la había compensado con un esposo ni hijos pero sí de buen carácter y un lago de dulzura, quien un cinco de mayo por aquellos años sintió un toque en su puerta.
Ese cinco de  mayo a  Pola había recogido a las morochitas Ana Lourdes y Concepción, las dos almas por quien Pola dio la suya, ese día que las encontró lo único que traían era un relicario de oro macizo, estaba vacío por dentro. Aquellas morochas fueron la atracción de la calle y el centro de chisme en aquel hervidero de viejas.
Las morochas se habían convertido en esplendidas mujercitas, unas ninfas regocijantes de hermosura que despertaron la lujuria a más de un joven y la envidia de todas en el barrio. Tenían ojos grandes y brillantes, una piel blanca reluciente casi traslúcida, unos labios finos y un cuerpo terso y carnes firmes, cada luna llena mamaíta como le llamaban a Pola, las sentaba en el solar de la casa y untaba leche de cabra con miel y zábila en el par de esculturas pueriles, para refrescar la lozanía, se había vuelto ritual para aquellas damas. Aquello era un trío de amor fraterno de aquella zamba para las niñas.
Martica, la de la esquina, era  una vieja jorobada, boca sucia y harapienta  siempre les gritaba a las inseparables hermanas.
- ¡ahí vienen las mujercitas esas se las va a lleva un seretón, por fritas!
Las hermanas no hacían otra cosa que reír al escuchar semejante disparate, aunque siempre se rumoreaba de tales espectros succionadores de doncellas más arriba de la calles siempre se escuchaban cuentos de tales hombres quienes raptaban muchachas.
Una noche como el  ébano, sin luna y sin estrellas, la oscuridad se había vuelto una lengua húmeda que rozaba el regazo de aquella casita iluminada por una luz amarilla de querosene, Ana Lourdes la mayor de las hermanas había roto su sueño por un fuerte sonido estridente parecido al de una cascada de piedras que llegó a escuchar en el techo, estaba envuelta en un sudor helado que le corría por la frente y la nuca y humedecía sus miedos. De un brinco cayó en la cama de su hermana Concepción que la despertó de un fuerte toque con una trémula voz  le preguntó
-¿Conce, escuchaste eso?
 Respondiendo así con un hilo de voz.- no, no escuche naíta, déjame dormir.
La noche había terminado y en el desayuno que estaba compuesto de paledonias con café recio, Ana acudió al relato de la noche anterior, mientras la negra Pola invocaba santos y levantaba plegarias.
Esa noche las dos hermanas sintieron los mismos ruidos, pero primero un aleteo como especie de pájaro gigante, habían amanecido moreteadas y rasguñadas, el espíritu había degustado de la sabrosa piel.
Mamaíta, como le decían las morochas a Pola, no le quedó otra que llamar al sacerdote, y a  medida en  que los rezos aumentaban las risotadas de aquel maleante hacían ecos, las señoras se ponían las manos en los velos, y apretaban los rosarios, hasta que en una de esas el espectral seretón, se abalanzó sobre una de las hermanas y todos le vieron la cara la tomó de los cabellos,  todos y todas lo vieron, tenía piel blanca, porosa, le pudieron detallar algunas pústulas, tenía ojos rojos inyectados de sangre de un fuerte color topacio, tenía los ojos hundidos, una barba blanca casi amarilla. Sacó la lengua delante de todos, la tenia bífida y pasó su pegajosidad en el tierno busto de la muchacha, su aliento chocó con la cara gélida de Ana.
Las cosas habían empeorado en el barrio las rozagantes morochas no habían sido las únicas, a una familia cercana en pleno almuerzo, el espíritu había arrojado arena sobre sus comida y poseyendo la mesa esa tarde la familia entera huyó del recinto.
Mamaíta estaba enferma de dolor, ya los rezos no bastaban, tenía que encontrar al hombre quemador de gatos, que poseía los libros para tal cual calaña tenía que salvar al barrio y a sus hijas, una tarde donde el cielo tenia una cúpula formada por ciento de nubes grises, formaban caras, lo que hizo a la negra acelerar el paso para buscar al padre, a doña Rosita y agua bendita.
Al llegar a su morada no vio más que las hermanas revolcadas en el piso con las vestiduras rotas y su pureza desecha, el llanto de la negra se había ahogado en el grito de dolor de las jóvenes. Ese día hubo quemas de ropas a todos los hombres, Coro que estaba en su plena lozanía se vio azotado por una epidemia de tales espíritus,  la negra Pola junto con el padre habían agarrado al culpable, había sido el viejo Ramón que le vendía gasolina y querosene en la cuadra de atrás, al viejo le quemaron la ropa y los libros, luego lo apedrearon, aquel viejo huraño quemaba a los gatos para encontrar el hueso mágico se los iba poniendo de bajo de la lengua, uno por uno hasta volverse niebla .El trío de mujeres hicieron el relato realidad y en Coro se oyó hasta en el ultimo lugar, los años volvieron a Coro viejo pero los cuentos permanecieron ahí transformados en gatos, en pájaros y en hombres transparentes que susurran.

El manjar

Las cinco, las cinco las cinco, marcaba sin cesar el viejo reloj de madera desgastada que colgaba en la cocina, me levanté del colchón con olor a urea cuando sentí el sonido del cucú.
-Levántate, la jalea de mango está lista, dijo mi abuela secamente.
-¿dónde está el abuelo? Pregunte.             
-se fue, ayer se fue, dijo la vieja.
Coloco con mucha parsimonia una caja de cartón en los pulpejos de mis dedos  llena de tarros de jalea de mango color topacio, y salí de la vieja casa a venderlas en la vereda. Al caer la tarde al llegar la noche no hay nada en la caja se fueron todos los tarros, regreso a la casa, llego a la cocina mi abuela está en la cocina llena de vapores verdosos con olor a trementina.
-abuela, ¿llego el abuelo?
-no, dijo con voz trémula.
Tome un frasco de la jalea recién hecha y hundí los dedos aun tibia, la engullí, sabia amarga y  tenia textura gomosa.
-¿A qué sabe? pregunto la vieja haciendo una leve mueca.
-Está muy dulce, le respondí con la boca llena.
Mientras mi abuela dormía y yo hacia el intento a lo lejos cerca de la mata de mango estaba el abuelo recostándose al tronco, hacía mucho calor, pero el abuelo tenía mucho frío, me saludaba temblando con su mano torcida y con su otra mano me entregaba un bonito mango color rojizo de una rama cercana, el mango olía a piel curtida y latía tan rápido como mis sienes, mordía el mango con rapidez mientras que al viejo  le sangraba el pecho.
Desperté a la mañana siguiente con el chinchorro húmedo, mojado por el miedo.
-¡Auureeliooo!- me llamó mi abuela con dureza, fui hacia la cocina, le pregunto agitado que donde está el abuelo y ella responde que ahí mismito en la mata de mango.
Acerco mi cara en la ventana de hierro que mira hacia el patio y ahí estaba el viejo agitando su mano torcida, dándome su saludo, forzando la sonrisa, invitándome a acercare al árbol, pero seguí de largo a la vereda a vender la jalea de mango.
Al llegar de vuelta a la casucha donde se cocinaba la mejor jalea de mango de la calle, justo cuando la luz se despedía del cielo, estaba la abuela sentada con su rostro pálido y con la línea de su boca hacia un lado, pensé que a lo mejor le tenia miedo a recoger los mangos verde que de la mata se desprendían, la abuela alzó su mano torcida y me llamó para que fuera con ella.
Me miró con sus ojos viejos llenos de arrugas deshidratadas, con ojos de distancia como cuando alguien llora, me preguntó que si había vendido todos los tarros, y yo le conteste con un sí seco.
Fui a la cocina a buscar el último tarro de jalea de mango, tal vez hoy sepa distinto, hundí los dedos rápidamente y los metí a mi boca con desespero, al principio no sabia a nada, después de unas cuantas probadas empezó a saber a carne, a uñas y a pelo, como cuando uno lame un cadáver.
Lejos muy lejos aun más lejos de la mata de mango, la abuela se despedía del abuelo con sus ojos llorosos como cuando es época de mangos.
Dónde está tu abuela? Me preguntó el abuelo casi desvaneciendo.
La vi hace dos noches abuelo, y esta como enferma le respondí preocupado.
Ese es que tiene hambre, hambre desde hace tiempo, como come puro mango la pobre, mango de mañana, de almuerzo y de tarde…
-No te sabe raro la jalea que prepara tu abuela, pregunto el viejo.
-A mi me sabe dulce.
Mi abuela duerme en su chinchorro, tiene entre abierta la boca, sale un quejido mínimo se están quejando los sueños, la vieja maldice soñando.
Busco una pala de hierro oscuro, ¿por qué la jalea sabrá a lo que sabe? Me pregunto cien veces.
Quiebro la tierra amarilla que sostiene al gran árbol de mango, cabo fuerte, me canso, no sigo, me duele algo no sé que es, apoyo la cabeza al tronco, continúo…
Hago un hoyo profundo, la oscuridad me llena, me sorprende la abuela, me pregunta ¿y dónde está tu abuelo? Con la misma mirada de hace unos días, apenas se sostiene, la abuela tiene hambre, apenas se sostiene, mi abuela tiene frío.
-dormido, abuela, mi abuelo está dormido.
Seguí cavando hasta toparme con alto tieso, rígido que no era una raíz, era un rostro que nacía de la tierra, era un cadáver blanco un muerto de años que estaba bajo el árbol de mango, de su pecho nacían raíces nutridas por coágulos oscuros de sangre como grandes arterias, la sangre del muerto hacia sangrar los mangos, seguí cavando y habían dos cuerpos más.
-Mira es tu abuelo el muerto de ahí. Dijo mi abuela sonriendo.
-Mira es tu abuela esa de ahí. Dijo el abuelo.
-Miren ese soy yo, el que está más cerca a la raíz, les susurré al oído.
A veces por las noches ya cuando otros habitaban la casa, a veces cuando los recuerdos regresaban subíamos por el tronco grueso y áspero, y nos asomábamos por las ventanas de los mangos a ver a los otros, a esos otros que jugaban rodeando la mata, a esos que comían mangos y que le sabían dulces, a veces dulces.
La hija del patrón la que hacia jalea también, la de la cara bonita y la de las manos blancas, la que se ahogaba con la trementina del mango, estaba enferma lloraba todos los días, se ponía amarilla y tenía fiebre mucha fiebre.
Ya viene con nosotros le susurré a mis abuelos. Los días pasaban lentos, la semana siguiente los días pasaban rápido, ahí viene a lo lejos venia la muchacha con un tarro de jalea en la mano comiéndola con una cuchara de plata se acomodo cerca de mi cuerpo mientras que saboreaba la jalea.
-¿A qué sabe? Le pregunté
-Sabe dulce, me mintió.

2 comentarios:

  1. El majar, que manjar. O.O esa era mi cara mientras leía. Me gustaría mucho conversar contigo sobre como se te ocurrio semejante pedazo de obra maestra. Jaja! Felicidades. Me encantó!

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  2. Luis Daniel Ramones4:54 p. m., abril 19, 2012

    siento mucha afinidad por el último texto. me recuerda mucho a cosas que he escrito o pensado escribir. siempre he creído que el factor sorpresa es un elemento fulminante en el relato breve. bastante bueno "manjar" sólo se dejan ver detalles de redacción pero en líneas generales es bastante bueno lo que escribes, mucho!

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