13/4/12

LIWIN (CORO)







Biografía


Liwin Acosta, Nació En 1990 en Coro. Escritor de poemas y cuentos. Estudiante de literatura e idiomas. Seguidor del hip- hop en español. Deportista y fanático del bolero, la música clásica y la NBA. Actual representante estudiantil de la cátedra de Estudios Germánicos y de la cátedra libre de literatura Agustín García. Actualmente trabaja en la edición de un libro de relatos.  
   

Reflejo 

Hay personas a las que uno observa que las acompaña un aire inexorable de muerte; palidez en el rostro, ojeras acentuadas de noctámbulo, delgadez de aguja y una rigidez en los miembros los hace andar como robots, constituyen una serie de rasgos inconfundibles que hacen sentir a quien gasta su tiempo mirándolos como un personaje más de una película gringa de muertos vivientes. Esto más o menos reflejaba la cara del chofer de la buseta. Excesivo e inhabitual era encontrar tintes de esta naturaleza en su semblante eternamente malhumorado. Se quejaba del clima, despotricaba en contra del gobierno fuera cual fuera su jurisdicción, odiaba a los estudiantes y por lo que se puede suponer era soltero. Ese día, no recuerdo bien, era martes. Un día cualquiera. Me levanté  temprano para ahorrar tiempo y dinero y por primera vez en mucho tiempo me fue de utilidad. Encontré un poco extraño que estuviera medio vacía, un momento después lo justifiqué por la hora. Me coloqué los audífonos porque además de que el trayecto era un poco largo ya estaba cansado de escuchar a la señora de la pañoleta blanca con flores multicolores decirle al conductor: “M’ijo no se altere tanto que le puede dar una úlcera y usted es un muchacho joven”. Cada vez que lo hacía con ese tono propio de las madres preocupadas me parecía escuchar a la mía pidiéndome que evitara el callejón de la 32.

EL mp3 me servía de puente con una banda originaria del último lugar donde habitaron vikingos, balalaikas y gaitas luchaban sin cuartel con los huecos de las calles y los cujíes por mantenerme conexo con lo real. Escuchar ésta música me hacía un apátrida para algunos fanáticos cortos de imaginación. El adherente e irrespirable olor a gasolina desplazó casi en su totalidad el perfume que reinaba hasta entonces en mi franela. Se sucedieron las carpetas y el sudor que le corría por el cuello al pasajero que estaba en el puesto diagonal me forzó a cerrar los ojos en señal de que la penumbra  que se nos presenta  infranqueable, imposible, era  un espectáculo visual más soportable.

Estuve casi todo el trayecto cambiándome de lugar y un sentimiento parecido al la lástima me habitó cuando miré a los pocos que quedaban estáticos en sus asientos, sin siquiera imaginar lo entretenido y estimulante que es  vacilarse el camino desde distintas ventanillas.

Aproximo 15 o 20 minutos el tiempo que me dormí. Fue extraño porque los sueños se ausentaron. Mi subconsciente no reprodujo los estadios y las ovaciones y mucho menos el rostro del a profe de biología de 8vo que no recuerdo. Ascendíamos, creí por un instante haberme equivocado de transporte, recorríamos un trozo de vía desconocido. Árboles inmensos en hileras paralelas me abrumaron con su frescor matutino. “No te preocupes, es que la calle…está dañada y hay un desvío”. Esta vez  era un sonido líquido y remoto, voz dulce de joven, deleitable en su composición. No la reconocí.

La carretera estaba mojada, estaba llena de charcos que no producían reflejos.

En los últimos días había dormido hondamente  en un cuarto que no era el mío. Tanto, que a mamá le costaba despertarme. Múltiples aparatos que reproducían un silbido uniforme no cesaban de sonar y lámparas de luces incandescentes lo habitaban haciéndolo un poco extraño. El frescor aumentó atenuando el clima, una suave brisa nos acariciaba la piel a todos. Nos detuvimos ante una gran puerta de rejas finas de un negro desconchado y  opaco. Había una caseta con un parlante que se encontraba vacía. Esperamos unos minutos. Nos abrieron  y a nuestro paso salió una gran señal que en letras rojas decía NO PASE, impidiéndonos avanzar. Vi el reloj, era imposible, llegaría tarde inevitablemente. Me saqué los audífonos y por primera vez presté atención a mi reflejo en la ventanilla. Desconcertado, vi mi rostro blanco como el papel y unas ojeras infrecuentes bajo mis ojos. Quise observar a los demás… pero habían bajado todos.



Estoy hecho de palabras

Trabajaba en la operadora telefónica de la central de emergencias. Un ciudadano invisible que desplegaba sus actos con una pantomima displicente, daba la impresión de ser un recipiente vacío. Sin embargo, algunos trazos de su rostro revelaban una permanente zozobra. Dejaba morir sus días con una rutina predecible y aburrida. No era viejo, un poco  flaco sí y sin despertar sospechas de poseer experiencia alguna en terrenos de eros. Era como un soldadito de plomo, seguía su ruta religiosamente, un destino inviolable: de la casa al trabajo, del trabajo a la casa. Para  ser sincera, la única de la oficina que notaba su presencia era yo, éramos compañeros de cabina. Una voz gruesa y varonil contrastaba con su apariencia. Sus  hábitos eran propios de un maníaco de la limpieza y el orden, me gustaba compararlo con el general Tanz. Un día a la salida le propuse que fuéramos a comer y sorpresivamente no tuve la necesidad de gastarme en estrategias de persuasión. Esa coraza de indolencia que lo cubría siempre escondía a un ser sensible al arte, le gustaba el cine y la literatura, de esta última sostenía que “no puede ser una afición sino una necesidad”. Inesperadamente nos hicimos amigos con aspiraciones, luego de tantas visitas a su apartamento cumplí lo que me propuse. Con algo de suerte pude extraerlo por un período brevísimo del mecanismo de relojería en el que consistía su vida.
 Una noche mientras preparábamos la cena ocurrió algo muy extraño; accidentalmente se cortó el pulgar sin derramar una sola gota de sangre, por la abertura de la herida pude entrever (porque se mostró raramente receloso) una frágil capa que constituía su dedo. No hicimos caso a lo sucedido.
Era un lector apasionado. Obedecía a sus ganas de leer como el adicto que ansía su anfetamina. Para él las letras eran una necesidad impostergable. Constantemente nos reuníamos con el único propósito de escuchar sus disertaciones. En una ocasión se lanzó un elocuente discurso quijotesco que giraba en torno a su deseo de convertirse en libro. Cuando lo escuchaba, la idea de que él era un personaje más rondaba en mi cabeza. Se sentía capaz de  hacer lo que fuera para lograr ser uno de ellos.
Durante una siesta me desperté exaltada por sus gritos, repetía frases incomprensibles para mí y que probablemente provenían de sus  lecturas. Lo sacudí por los hombros y abrió los ojos, tenía el rostro empapado. Cuando se repuso me contó que había tenido una pesadilla  inverosímil, su voz se tornó algo diferente: “Iba perseguido por una  horda enfurecida de personajes novelescos, junto a la estirpe Buendía venía Gregorio Samsa convertido en un gran coleóptero sujetando la mano de una tal Lolita, recorría apresurado un camino escabroso rodeado de árboles de estatura media cuyas ramas me golpeaban el rostro, de pronto descubrí que se me acababa la tierra y una viento poderoso me empujaba hacia el abismo, caí en una corriente rápida, el golpe con el agua me aturdió ,me desesperaba porque por más que luchara mi cuerpo no emergía, cuando estaba a punto de abandonarme sentí que alguien me gritaba sujetándome fuertemente por el brazo, abrí los ojos y me encontré con el horadado y horrible rostro de la bibliotecaria del colegio a la que tanto odiaba”.
En lo que terminó ya lo tenía entre mis brazos, me preocupé un poco. La herida le duró  24  días.  El último día que le vi la curita  precedió al de su suicidio. Tenía un carácter melancólico. Esa noche dormí en casa de mamá y las autoridades marcaron al teléfono en la madrugada para que intentara disuadirlo. Lucía un poco más pálido de lo normal, gritaba palabras que sólo él entendía desde la azotea de su edificio. Su cuerpo esquelético desnudo ofrecía un espectáculo horrendo. Fingí sentir dolor y cumplí decentemente mi papel de novia angustiada por culpa de las miradas que caían sobre mí y me hacían sentir incomoda. Lanzó una frase profética en la que dejaba ver su propósito de asesinarse  al amanecer, y así lo hizo, actuó como quien no contesta  a la sonrisa de un desconocido. Fui la única que no evitó la escena  del golpe de su cráneo contra el asfalto. Escena que no sucedió. No se escuchó  otro ruido, sólo un  rasgueo de páginas, había logrado su sueño. Un libro con el lomo en el suelo se erigía victoriosamente. Estábamos todos atónitos. El viento que en ese mes soplaba más de lo habitual provocó que se desprendieran algunas hojas golpeando varios rostros de los presentes. La que golpeó el mío resumía su vida, me invitaba a su delirio: “Sálvame, estoy hecho de palabras”.

 Me están comiendo las hormigas literalmente

Me están comiendo las hormigas literalmente. Sólo queda de mí un brazo, el dedo gordo del pie derecho  y la parte izquierda de mi rostro. No me pregunten cómo empezó tal cosa, fue como todo lo magnífico: de forma insólita y hermosa. Mi primo insiste en llamarlo Rolando y yo le digo que está equivocado, pero es más terco que el abuelo, ¡no hay manera de corregirlo! En casa parecen confabular  todos para hacerme creer que el equivocado soy yo. Por ahí salió otro, pero con un nombre atravesado, delantero de otro país, también lo pronuncia mal y yo entiendo que para él contradecirme es su modo natural de vengarse. Mi cuerpo cayó como un pesado saco de papas después que una de ellas me picó en el tobillo derecho, hice el esfuerzo por rascarme pero mis abultadas dimensiones provocaron que perdiera el equilibrio. Soy en resumidas palabras, una masa blanca, gelatinosa y algo hedionda acostada en el suelo rindiendo un tributo sensible a la gravedad. Sospecho que además de mis proporciones, las veces que me masturbe contribuyeron a debilitar un poco mis miembros inferiores, lo que inevitablemente provocó que cayera desplomado; ahí me quede. Estas últimas horas no difieren mucho de las anteriores que pasaba frente al computador. Llegaron sin anunciarlo, se fueron sucediendo como una maquinaria infernal, con una velocidad vertiginosa que se apodera de todo y no te deja espacio ni para moverte. Comenzaron, un poco para mi sorpresa, por mi papada. Se dieron un verdadero banquete. Se introdujeron en el espacio mínimo que cedían mis chores y eso no me produjo ninguna molestia, sentía un hormigueo corrosivo y desintegrador. En un instante en el que menguaron su ataque constante y agresivo, llegaron las arañas, las cucarachas y los ratones para participar de la comida pero las hormigas hicieron valer su autoridad y en menos de lo que ellas mismas aspiraban todos esos habitantes de la noche doméstica se marcharon asustados. Al principio no hice ningún esfuerzo por flojera, además de lo vergonzoso y humillante (incluso para mí) que representaba el monumental hecho de levantarme. Sólo extrañaré el porno, el hentai y las teticas de Manuela, mi prima. La miro sólo para no andar acosando carajitas ni molestando  a viejas presumidas. De las hormigas no se puede extraer información, sólo chillidos uniformes y continuos que agudizan su matemático comer. No siento pasión por nada ni por nadie, por lo que para mí vivir y morir son caras de una misma moneda. Los lentes cayeron muy lejos y ya  no tengo ni brazos para alcanzarlos ni ojos para usarlos. La descomposición ha sido lenta, sutil y dolorosa. Una muerte poética, comido por hormigas. Todos piensan que soy un fenómeno, los ignoro porque entiendo que ellos todavía desconocen que cada uno de nosotros tiene algo de fenómeno, por dentro o por fuera, pero lo tiene. Ya sólo queda de mí la parte izquierda de mis labios y el dedo gordo del pie, creo que no se lo han comido por el sabañón. Por lo menos este día se convirtió en un holograma diferente. A pesar de mi paulatina desaparición he sentido compañía por primera vez. Con lo que me queda de cuerpo dibujo una mueca que aspira a sonrisa, que presagia el momento postrero de mi total desvanecimiento en el que desde la muerte me jactaré de la imagen auténtica reproducida por un cuadro de naturaleza muerta en el que una montaña de hormigas en ritual antropófago comiencen a devorarse unas a otras presas de la desesperación.

Una parábola sobre el Señor y San Pedro 

Con una vida al servicio del Señor y por ende al bien de la humanidad nunca sospechó que la muerte lo visitaría de forma tan insensata. Dormía de noche como lo hace el resto del mundo, muy plácidamente, pero ruidos inesperados en la cocina lo hicieron levantarse. Cubrió sus pies grandes y peludos con unas horribles pantuflas que eran regalo de su cuñada. Bajó las escaleras conducido por un letargo automático y sorpresivamente descubrió que sonaba el timbre. Libre de cualquier desconfianza abrió la puerta y del lado contrario se encontraba un cañón del siglo XVII (que probablemente fue utilizado en alguna de las múltiples batallas de occidente) a punto de disparar. Sin tiempo para reaccionar cayó fulminado en los primeros escalones. Sin mucho preámbulo se vió interceptado por la aparición de un hombre al que todos gritaban San Pedro, quien, casi desdeñosamente, le pidió que cumpliera esa curiosidad que traía desde la época en la que hizo catecismo porque él nunca se había movido de donde estaba, por lo tanto cualquier descripción que hiciera del infierno iba a ser una mera e injustificada invención.  Él nunca estuvo de acuerdo con la opinión de la gente. Entonces San Pedro le hizo la única advertencia que conlleva viajar hasta el infierno: “sólo puedo indicarte el principio del camino y cuando lo comiences perderás la seguridad de volver al cielo, por lo que el regreso será más largo”.  Tomó la decisión sin vacilaciones y se internó en una selva agreste que serpenteaba hasta llegar a una puerta de proporciones indescifrables, tocó sólo dos veces y la puerta abrió pesadamente. No había aposentos ni ventanas ni nada, sólo niebla por todas partes. “¿este será el rostro de la nada?” se dijo. Casi remotamente, pero acercándose cada vez más, escuchó la voz de su mejer despertando a los niños.  Arrepentido quiso volver pero la puerta ya no estaba, había desperdiciado la oportunidad de quedarse en el cielo. Algo desconcertado le pregunta a su esposa si ella cree en el Señor, “¿cual señor?”, ¿y en San Pedro?, “¿a ver qué es eso de San?”, “¿cómo es que tú desconoces de estos conceptos y yo no?”,” ¿Tienes algún problema de memoria?, Señor  es el nombre que le colocamos a nuestro perro, Pedro es el encargado de cuidarlo”. En ese momento entendió que su esposa había logrado ser libre, pero él necesitaba una explicación, que al final de todo importaba poco, porque desde ese día, su vida ya no sería la misma.

5 comentarios:

  1. Ciertamente son 3 etapas. "Me están comiendo las hormigas literalmente" es lo suficientemente angustiante, y "Una parábola sobre el Señor y San Pedro" me monto en varias reflexiones.

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  2. Me gusta mucho el uso de las palabras, me gustó mucho Estoy hecho de palabras, creo que cualquiera de nosotros tiene "no una afición sino una necesidad". Admiro como puedes hacer historias cortas ya que yo siempre tiendo a explayarme y es un poco complicado no dejar de dar detalles y más detalles, Jaja! Felicidades, me gustaron!

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  3. El final me hizo sentir que tenemos muchos momentos hechos de palabras y sobre todo los que de verdad nos gusta la literatura.

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  4. Querido Beethoven todos tus cuentos me han gustado. "Me estancomiendo las hormigas literalmente" es simplemenre genial!

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  5. "Estoy hecho de palabras", me pareció demasiado largo, y no creo que por lo extenso si no por la falta de emoción. Le hace falta algo más que un lenguaje técnico para cautivar. "Me están comiendo las hormigas literalmente" me gustó bastante.

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