Biografía
Liwin Acosta, Nació En 1990 en Coro.
Escritor de poemas y cuentos. Estudiante de literatura e idiomas. Seguidor del
hip- hop en español. Deportista y fanático del bolero, la música clásica y la
NBA. Actual representante estudiantil de la cátedra de Estudios Germánicos y de
la cátedra libre de literatura Agustín García. Actualmente trabaja en la
edición de un libro de relatos.
Reflejo
Hay
personas a las que uno observa que las acompaña un aire inexorable de muerte;
palidez en el rostro, ojeras acentuadas de noctámbulo, delgadez de aguja y una
rigidez en los miembros los hace andar como robots, constituyen una serie de
rasgos inconfundibles que hacen sentir a quien gasta su tiempo mirándolos como
un personaje más de una película gringa de muertos vivientes. Esto más o menos
reflejaba la cara del chofer de la buseta. Excesivo e inhabitual era encontrar
tintes de esta naturaleza en su semblante eternamente malhumorado. Se quejaba
del clima, despotricaba en contra del gobierno fuera cual fuera su
jurisdicción, odiaba a los estudiantes y por lo que se puede suponer era
soltero. Ese día, no recuerdo bien, era martes. Un día cualquiera. Me
levanté temprano para ahorrar tiempo y dinero y por primera vez en mucho
tiempo me fue de utilidad. Encontré un poco extraño que estuviera medio vacía,
un momento después lo justifiqué por la hora. Me coloqué los audífonos porque
además de que el trayecto era un poco largo ya estaba cansado de escuchar a la
señora de la pañoleta blanca con flores multicolores decirle al conductor:
“M’ijo no se altere tanto que le puede dar una úlcera y usted es un muchacho
joven”. Cada vez que lo hacía con ese tono propio de las madres preocupadas me
parecía escuchar a la mía pidiéndome que evitara el callejón de la 32.
EL
mp3 me servía de puente con una banda originaria del último lugar donde
habitaron vikingos, balalaikas y gaitas luchaban sin cuartel con los huecos de
las calles y los cujíes por mantenerme conexo con lo real. Escuchar ésta música
me hacía un apátrida para algunos fanáticos cortos de imaginación. El adherente
e irrespirable olor a gasolina desplazó casi en su totalidad el perfume que
reinaba hasta entonces en mi franela. Se sucedieron las carpetas y el sudor que
le corría por el cuello al pasajero que estaba en el puesto diagonal me forzó a
cerrar los ojos en señal de que la penumbra que se nos presenta
infranqueable, imposible, era un espectáculo visual más soportable.
Estuve
casi todo el trayecto cambiándome de lugar y un sentimiento parecido al la
lástima me habitó cuando miré a los pocos que quedaban estáticos en sus
asientos, sin siquiera imaginar lo entretenido y estimulante que es
vacilarse el camino desde distintas ventanillas.
Aproximo
15 o 20 minutos el tiempo que me dormí. Fue extraño porque los sueños se
ausentaron. Mi subconsciente no reprodujo los estadios y las ovaciones y mucho
menos el rostro del a profe de biología de 8vo que no recuerdo. Ascendíamos,
creí por un instante haberme equivocado de transporte, recorríamos un trozo de
vía desconocido. Árboles inmensos en hileras paralelas me abrumaron con su
frescor matutino. “No te preocupes, es que la calle…está dañada y hay un desvío”.
Esta vez era un sonido líquido y remoto, voz dulce de joven, deleitable
en su composición. No la reconocí.
La
carretera estaba mojada, estaba llena de charcos que no producían reflejos.
En
los últimos días había dormido hondamente en un cuarto que no era el mío.
Tanto, que a mamá le costaba despertarme. Múltiples aparatos que reproducían un
silbido uniforme no cesaban de sonar y lámparas de luces incandescentes lo
habitaban haciéndolo un poco extraño. El frescor aumentó atenuando el clima,
una suave brisa nos acariciaba la piel a todos. Nos detuvimos ante una gran
puerta de rejas finas de un negro desconchado y opaco. Había una caseta
con un parlante que se encontraba vacía. Esperamos unos minutos. Nos abrieron
y a nuestro paso salió una gran señal que en letras rojas decía NO PASE,
impidiéndonos avanzar. Vi el reloj, era imposible, llegaría tarde
inevitablemente. Me saqué los audífonos y por primera vez presté atención a mi
reflejo en la ventanilla. Desconcertado, vi mi rostro blanco como el papel y
unas ojeras infrecuentes bajo mis ojos. Quise observar a los demás… pero habían
bajado todos.
Estoy hecho de palabras
Trabajaba
en la operadora telefónica de la central de emergencias. Un ciudadano invisible
que desplegaba sus actos con una pantomima displicente, daba la impresión de
ser un recipiente vacío. Sin embargo, algunos trazos de su rostro revelaban una
permanente zozobra. Dejaba morir sus días con una rutina predecible y aburrida.
No era viejo, un poco flaco sí y sin
despertar sospechas de poseer experiencia alguna en terrenos de eros. Era como
un soldadito de plomo, seguía su ruta religiosamente, un destino inviolable: de
la casa al trabajo, del trabajo a la casa. Para
ser sincera, la única de la oficina que notaba su presencia era yo,
éramos compañeros de cabina. Una voz gruesa y varonil contrastaba con su
apariencia. Sus hábitos eran propios de un
maníaco de la limpieza y el orden, me gustaba compararlo con el general Tanz. Un
día a la salida le propuse que fuéramos a comer y sorpresivamente no tuve la
necesidad de gastarme en estrategias de persuasión. Esa coraza de indolencia
que lo cubría siempre escondía a un ser sensible al arte, le gustaba el cine y
la literatura, de esta última sostenía que “no puede ser una afición sino una
necesidad”. Inesperadamente nos hicimos amigos con aspiraciones, luego de
tantas visitas a su apartamento cumplí lo que me propuse. Con algo de suerte pude
extraerlo por un período brevísimo del mecanismo de relojería en el que
consistía su vida.
Una noche mientras preparábamos la cena
ocurrió algo muy extraño; accidentalmente se cortó el pulgar sin derramar una
sola gota de sangre, por la abertura de la herida pude entrever (porque se
mostró raramente receloso) una frágil capa que constituía su dedo. No hicimos
caso a lo sucedido.
Era
un lector apasionado. Obedecía a sus ganas de leer como el adicto que ansía su
anfetamina. Para él las letras eran una necesidad impostergable. Constantemente
nos reuníamos con el único propósito de escuchar sus disertaciones. En una
ocasión se lanzó un elocuente discurso quijotesco que giraba en torno a su
deseo de convertirse en libro. Cuando lo escuchaba, la idea de que él era un
personaje más rondaba en mi cabeza. Se sentía capaz de hacer lo que fuera para lograr ser uno de
ellos.
Durante
una siesta me desperté exaltada por sus gritos, repetía frases incomprensibles
para mí y que probablemente provenían de sus
lecturas. Lo sacudí por los hombros y abrió los ojos, tenía el rostro
empapado. Cuando se repuso me contó que había tenido una pesadilla inverosímil, su voz se tornó algo diferente: “Iba
perseguido por una horda enfurecida de
personajes novelescos, junto a la estirpe Buendía venía Gregorio Samsa
convertido en un gran coleóptero sujetando la mano de una tal Lolita, recorría
apresurado un camino escabroso rodeado de árboles de estatura media cuyas ramas
me golpeaban el rostro, de pronto descubrí que se me acababa la tierra y una viento
poderoso me empujaba hacia el abismo, caí en una corriente rápida, el golpe con
el agua me aturdió ,me desesperaba porque por más que luchara mi cuerpo no
emergía, cuando estaba a punto de abandonarme sentí que alguien me gritaba
sujetándome fuertemente por el brazo, abrí los ojos y me encontré con el
horadado y horrible rostro de la bibliotecaria del colegio a la que tanto odiaba”.
En
lo que terminó ya lo tenía entre mis brazos, me preocupé un poco. La herida le
duró 24
días. El último día que le vi la
curita precedió al de su suicidio. Tenía
un carácter melancólico. Esa noche dormí en casa de mamá y las autoridades
marcaron al teléfono en la madrugada para que intentara disuadirlo. Lucía un
poco más pálido de lo normal, gritaba palabras que sólo él entendía desde la
azotea de su edificio. Su cuerpo esquelético desnudo ofrecía un espectáculo
horrendo. Fingí sentir dolor y cumplí decentemente mi papel de novia angustiada
por culpa de las miradas que caían sobre mí y me hacían sentir incomoda. Lanzó
una frase profética en la que dejaba ver su propósito de asesinarse al amanecer, y así lo hizo, actuó como quien
no contesta a la sonrisa de un
desconocido. Fui la única que no evitó la escena del golpe de su cráneo contra el asfalto.
Escena que no sucedió. No se escuchó otro ruido, sólo un rasgueo de páginas, había logrado su sueño. Un
libro con el lomo en el suelo se erigía victoriosamente. Estábamos todos
atónitos. El viento que en ese mes soplaba más de lo habitual provocó que se
desprendieran algunas hojas golpeando varios rostros de los presentes. La que
golpeó el mío resumía su vida, me invitaba a su delirio: “Sálvame, estoy hecho de
palabras”.
Me están comiendo las hormigas literalmente
Me están comiendo las
hormigas literalmente. Sólo queda de mí un brazo, el dedo gordo del pie derecho
y la parte izquierda de mi rostro. No me
pregunten cómo empezó tal cosa, fue como todo lo magnífico: de forma insólita y
hermosa. Mi primo insiste en llamarlo Rolando y yo le digo que está equivocado,
pero es más terco que el abuelo, ¡no hay manera de corregirlo! En casa parecen
confabular todos para hacerme creer que
el equivocado soy yo. Por ahí salió otro, pero con un nombre atravesado,
delantero de otro país, también lo pronuncia mal y yo entiendo que para él
contradecirme es su modo natural de vengarse. Mi cuerpo cayó como un pesado
saco de papas después que una de ellas me picó en el tobillo derecho, hice el
esfuerzo por rascarme pero mis abultadas dimensiones provocaron que perdiera el
equilibrio. Soy en resumidas palabras, una masa blanca, gelatinosa y algo
hedionda acostada en el suelo rindiendo un tributo sensible a la gravedad.
Sospecho que además de mis proporciones, las veces que me masturbe
contribuyeron a debilitar un poco mis miembros inferiores, lo que
inevitablemente provocó que cayera desplomado; ahí me quede. Estas últimas
horas no difieren mucho de las anteriores que pasaba frente al computador.
Llegaron sin anunciarlo, se fueron sucediendo como una maquinaria infernal, con
una velocidad vertiginosa que se apodera de todo y no te deja espacio ni para
moverte. Comenzaron, un poco para mi sorpresa, por mi papada. Se dieron un
verdadero banquete. Se introdujeron en el espacio mínimo que cedían mis chores
y eso no me produjo ninguna molestia, sentía un hormigueo corrosivo y
desintegrador. En un instante en el que menguaron su ataque constante y agresivo,
llegaron las arañas, las cucarachas y los ratones para participar de la comida
pero las hormigas hicieron valer su autoridad y en menos de lo que ellas mismas
aspiraban todos esos habitantes de la noche doméstica se marcharon asustados.
Al principio no hice ningún esfuerzo por flojera, además de lo vergonzoso y
humillante (incluso para mí) que representaba el monumental hecho de
levantarme. Sólo extrañaré el porno, el hentai y las teticas de Manuela, mi
prima. La miro sólo para no andar acosando carajitas ni molestando a viejas presumidas. De las hormigas no se
puede extraer información, sólo chillidos uniformes y continuos que agudizan su
matemático comer. No siento pasión por nada ni por nadie, por lo que para mí
vivir y morir son caras de una misma moneda. Los lentes cayeron muy lejos y
ya no tengo ni brazos para alcanzarlos
ni ojos para usarlos. La descomposición ha sido lenta, sutil y dolorosa. Una
muerte poética, comido por hormigas. Todos piensan que soy un fenómeno, los
ignoro porque entiendo que ellos todavía desconocen que cada uno de nosotros
tiene algo de fenómeno, por dentro o por fuera, pero lo tiene. Ya sólo queda de
mí la parte izquierda de mis labios y el dedo gordo del pie, creo que no se lo
han comido por el sabañón. Por lo menos este día se convirtió en un holograma
diferente. A pesar de mi paulatina desaparición he sentido compañía por primera
vez. Con lo que me queda de cuerpo dibujo una mueca que aspira a sonrisa, que
presagia el momento postrero de mi total desvanecimiento en el que desde la
muerte me jactaré de la imagen auténtica reproducida por un cuadro de
naturaleza muerta en el que una montaña de hormigas en ritual antropófago
comiencen a devorarse unas a otras presas de la desesperación.
Una parábola sobre el Señor y San Pedro
Con una vida al servicio del
Señor y por ende al bien de la humanidad nunca sospechó que la muerte lo
visitaría de forma tan insensata. Dormía de noche como lo hace el resto del
mundo, muy plácidamente, pero ruidos inesperados en la cocina lo hicieron
levantarse. Cubrió sus pies grandes y peludos con unas horribles pantuflas que
eran regalo de su cuñada. Bajó las escaleras conducido por un letargo
automático y sorpresivamente descubrió que sonaba el timbre. Libre de cualquier
desconfianza abrió la puerta y del lado contrario se encontraba un cañón del
siglo XVII (que probablemente fue utilizado en alguna de las múltiples batallas
de occidente) a punto de disparar. Sin tiempo para reaccionar cayó fulminado en
los primeros escalones. Sin mucho preámbulo se vió interceptado por la
aparición de un hombre al que todos gritaban San Pedro, quien, casi
desdeñosamente, le pidió que cumpliera esa curiosidad que traía desde la época
en la que hizo catecismo porque él nunca se había movido de donde estaba, por
lo tanto cualquier descripción que hiciera del infierno iba a ser una mera e
injustificada invención. Él nunca estuvo
de acuerdo con la opinión de la gente. Entonces San Pedro le hizo la única
advertencia que conlleva viajar hasta el infierno: “sólo puedo indicarte el
principio del camino y cuando lo comiences perderás la seguridad de volver al
cielo, por lo que el regreso será más largo”.
Tomó la decisión sin vacilaciones y se internó en una selva agreste que
serpenteaba hasta llegar a una puerta de proporciones indescifrables, tocó sólo
dos veces y la puerta abrió pesadamente. No había aposentos ni ventanas ni
nada, sólo niebla por todas partes. “¿este será el rostro de la nada?” se dijo.
Casi remotamente, pero acercándose cada vez más, escuchó la voz de su mejer
despertando a los niños. Arrepentido
quiso volver pero la puerta ya no estaba, había desperdiciado la oportunidad de
quedarse en el cielo. Algo desconcertado le pregunta a su esposa si ella cree
en el Señor, “¿cual señor?”, ¿y en San Pedro?, “¿a ver qué es eso de San?”,
“¿cómo es que tú desconoces de estos conceptos y yo no?”,” ¿Tienes algún
problema de memoria?, Señor es el nombre
que le colocamos a nuestro perro, Pedro es el encargado de cuidarlo”. En ese
momento entendió que su esposa había logrado ser libre, pero él necesitaba una
explicación, que al final de todo importaba poco, porque desde ese día, su vida
ya no sería la misma.
.jpg)
Ciertamente son 3 etapas. "Me están comiendo las hormigas literalmente" es lo suficientemente angustiante, y "Una parábola sobre el Señor y San Pedro" me monto en varias reflexiones.
ResponderEliminarMe gusta mucho el uso de las palabras, me gustó mucho Estoy hecho de palabras, creo que cualquiera de nosotros tiene "no una afición sino una necesidad". Admiro como puedes hacer historias cortas ya que yo siempre tiendo a explayarme y es un poco complicado no dejar de dar detalles y más detalles, Jaja! Felicidades, me gustaron!
ResponderEliminarEl final me hizo sentir que tenemos muchos momentos hechos de palabras y sobre todo los que de verdad nos gusta la literatura.
ResponderEliminarQuerido Beethoven todos tus cuentos me han gustado. "Me estancomiendo las hormigas literalmente" es simplemenre genial!
ResponderEliminar"Estoy hecho de palabras", me pareció demasiado largo, y no creo que por lo extenso si no por la falta de emoción. Le hace falta algo más que un lenguaje técnico para cautivar. "Me están comiendo las hormigas literalmente" me gustó bastante.
ResponderEliminar