7/4/12

MARTÍN (CORO)


Biografía


Nacido en Coro el 8 de Agosto del 1989. Licenciado en Educación en Lengua Mención: Lengua, Literatura y Latín en la UNEFM. Actualmente laborando en la Fundación Misión Negra Hipólita. Ha publicado en la revista “Cátedra de papel”, y fue por dos  años participante en la Cátedra Libre de Literatura “Agustín García”. Amante de todo lo que no sea real, dependiendo de lo que se considere real. La visión juvenil de la fantasía es el norte, y qué mejor excusa que la escritura para llegar a el…



Discurso del Insomnio 


            En las noches (cuando la mente y el cuerpo lo requieren) mi cotidianidad la encierro en ese tumultuoso cuarto que emana vida propia.

            La luz, que ha medio alumbrar se refleja en la ventana hacia el pasillo, representa una esfinge liviana e incorpórea que  me protege la puerta de los más desfigurados y despiadados seres que concibe mi memoria y mi débil conciencia durante las horas de adormilamiento forzoso.

            Todos los habitantes de la casa ya resguardados entre las sábanas y los dulces sueños; se convierten es esos momentos, seres ajenos a mi mundo, y si por mera casualidad se llegara a romper el equilibrio, y esas criaturas decidieran estrangularme o hacerme esclavo de la taquicardia, mis gritos serán ahogados por esas distantes leguas que surgirán, entre lo que pasa en mi cuarto, y lo que acontece en sus letargos. Y si la suerte sale a relucir, y me llegaran a escuchar, de mí no encontrarían nada.

            Poco a poco va llegando la media noche, y mis sentidos consiente de ello aumentan sus reflejos. Todas las sombras, ya sean reales o síntomas de mi locura, empiezan a surgir de los rincones lagañosos por arañas y bichos. Luego empiezan a tomar forma. Algunos adoptan simplemente nebulosas azules que pasan por mi cara y se desvanecen cuando mi valentía es suficiente como para echarles un manotazo. Otras, varían metamórficamente según la criatura que pase por mi mente y sea dominada por mi memoria o por la imaginación. Las gamas de seres van de hombrecitos y distintos fantasmas que tantos fueron contados durante mi infancia, a criaturas con ojos sobresalientes y manos alargadas que fácilmente podrían llegar a mi cama. Incluso, pueden llegar A parecerse a niños inocentes a primera vista, pero carentes de miembros o de partes específicas de la cara.

            Sólo el opaco alumbramiento de mi ventana hace que esos bichos no se abalancen hacia mi,  pero partir de allí, mi mente agitada empieza a necesitar de la existencia de un ser superior, y el horror que impide cerrar mis ojos comienza a tragar los escepticismos y a clamar su ayuda. Entre distantes rezos, y manifiestos de defensas heredadas por las viejas costumbres y creencias, se envuelve mi cama en un pináculo inalcanzable  para esos seres que luchan por raptar mi alma o hacerme formar parte de ellos.

            Y allí me quedo, inmóvil. Hasta que la claridad del alba revela su partida.


Apocalipsis

            Ese día un desaliñado y piojoso vagabundo, con facciones finas, secuela de que tal vez tuvo otro tipo de vida,  entró  a criticar la oratoria de un pastor en una iglesia bautista… Nadie toleró tal atrevimiento. Aunque no lo estaba, le tildaron de borracho y loco. Él hombre antes de irse con tono angustiado dijo; “Arrepiéntanse! Por favor, oren por ustedes!. Cuando yo ya salga de aquí los volcanes harán erupción sin control. Los mares arrasaran con todo. Los suelos temblarán hasta partirse en dos! Y los huracanes arrancaran todo lo que esté a su paso!”
            Los feligreses, y el pastor desde el púlpito, rieron a la talla de tal chiste y le insultaron y reclamaron. Y el hombre, entristecido,  se limpió las lágrimas de sus claros ojos, se acarició la barba, y dijo, mirando al suelo: “Padre perdónalos, no saben lo que dicen”. Y cuando el hombre cruzó la puerta, empezó a suceder todo lo que él había anunciado.


Ermitaños

Mientras dormía se deslizaba por el duro suelo. Quería ir hasta su cama. Abriría puertas hacía lo desconocido, lo que acontecería esa noche.

            La joven tenía 8 años siendo inquilina en un convento que estaba situado a la deriva de la intemperie. Mientras a un lado estaba un espacio pantanoso, lugar utilizado para innumerables torturas promovidas por la inquisición, al otro habían campos lisos, y senderos que hacían al mundo civilizado llegar hasta ese lugar desconocido por la vista y las bocas de los pueblerinos aledaños.
                                                         
            En el pasado, un ambicioso propuso situar allí el monasterio, y construir un recinto capaz de formar a chicas con la actitud de servicio perpetuo, en el lugar que por generaciones había sido el centro de extrañas desapariciones y sucesos. Según las creencias, tanto occidentales como autóctonas, infinidades de criaturas y alimañas vivían en medio del pantano, a la espera de algún curioso desprevenido para hacerse con él.

            Por años, desde testarudos aventureros con hambre de conquista, hasta padres y monjas desaparecían al adentrarse en ese lugar, y algunos eran hallados luego, con mutilaciones que hacían difícil vislumbrar sus identificaciones. Nadie podía explicar esta cadena de sucesos, y eran pocos y pocas los que se atrevían a buscar hogar en ese convento, donde al parecer, Dios no aprobaba su trabajo.

            Era un tiempo donde el progreso comenzaba a tragar la ignorancia y las creencias. Ya la inocencia era desplazada. Pero aun así, no podían saber quien causaba esas muertes.

            En la penumbra se dirigía hacia la chica. Al ya estar frente a su cama, posó sus regordetas manos sobre las sabanas. La chica despertó, viendo a ese pequeño hombre, con la cara partida de tantas arrugas, con la barba que le tapaba el cuello y el pecho, con los ojos pequeños, y con esa sonrisa que le hacia llegar ambos extremos de la boca, casi hasta las orejas. La chica palidecía, el corazón se le detenía, la falta de aire le tragaba los gritos, no podía emitir ningún sonido, ningún movimiento. El hombrecito se paro en su cama, se dirigió hasta ella, y se abalanzó. Poseyéndola, fulminando su pureza, restregándole sus olores a bosque, inyectándole sus fluidos.

            El hombrecito vivía en medio de la virginidad del pantano, donde el avance y la civilización tardarían más en llegar. En un pueblo donde la superstición formaría una barrera de protección que impediría que se descubrieran los acontecimientos de esa noche.

            La novicia, presa del pánico, y con sus piernas y brazos entumecidos de tanto forcejeo, estaba inmóvil en la cama. Sin rastro, el hombrecito desapareció, en medio de una noche sin nubes, y carente de brisa…

Nueve meses después, la mitad de las novicias del convento dieron luz a extraños ejendros desfigurados. 

Entre las cenizas

            Ocurrió a la distancia que había entre el paisaje iluminado y las impotentes miradas de los incrédulos.

            Observaban como las llamas se tragaban las casas,  arrebatándole la vida a todo aquello que tocaba. El fuego se esparcía más y más, desbastando todo, ahogando el paisaje con el olor a maleza quemada, a mortecina, podredumbre. El miedo al inhóspito futuro y la sensación de miseria, dibujaba la cara de los espectadores.

            El pueblo quedo bajo un manto de cenizas y la intemperie de la desolación, a causa del inocente juego entre adolescentes. La fogata que habían encendido en medio del cementerio, esparció  partículas carbonizadas que se entre mezclaron con los secos cujies, comenzando así la tragedia.

            Las llamas en todo momento fueron incontrolables, aplastando las viviendas de barros, y fortaleciéndose al alimentarse con el seco paisaje y los moribundos esparcidos por los reconcomios del lugar.

            El tiempo pasó las páginas, el pueblo volvió a levantarse, superando el desastre y encaminándose  a la expectativa del progreso. Las victimas fueron enterradas, y los habitantes se triplicaron en número anterior al desastre.

            Pero después de esa noche, el pueblo fue conocido como el lugar más atestado de deformadas ánimas. Espantos con cuerpos incinerados, mutilados, monstruos que enseñaban las heridas a carne viva. Se dice que deambulan por las calles y entre las casas, atormentando el sueño y la conciencia de los vivos, gritando sus penas, suplicando ayuda. Caminando en un mundo que no les pertenece, y al mismo tiempo, está muy lejos del hogar de la muerte.  

Una de tantas visitas

            A primera hora se levanto agitado por tantos deberes rezagados, aplazados para darle chance a una noche más de fiesta, mujeres, narcóticos y aguardiente. Ya todos los relojes de manera altanera anunciaban el comienzo de la cotidianidad retenida en el transcurrir de la noche. Como pudo, se tomó la pastilla para matar todos los demonios estomacales y cefálicos que le quedaron después de excederse la noche anterior.
            Como siempre, se sirvió un  guayoyo recalentado, y se asomó  en balcón a ser espectador de un nuevo atraco que quedaría impune. Al tomar el primer sorbo dirigió su mirada a las nubes que se movían con una gracia hipnotizadora, y creyendo que tal vez tenía ciertos efectos de los psicotrópicos aun corriendo por las neuronas se le vino un sinfín de recuerdos ajenos a esa vida que le deparaba abajo dentro de poco tiempo, entre el tumulto y el griterío de la gente al momento de tomar la ruta universitaria.
            Sin darse cuenta, y tomándolo por sorpresa, un objeto muy pequeño, del tamaño de un pájaro, fue bajando desde el cielo mientras él no hacía nada más que tomarse otro sorbo de la bebida. Ya el dolor de cabeza estaba cediendo.
            Casi de repente, ya el objeto estaba frente a sus ojos. Ya la indiferencia no tenía cabida, aunque tampoco el miedo, sino el asombro y la curiosidad. El objeto, que parecía una roca ovalada, del tamaño de un zamuro (incluso el joven pensó en principio que eso era), con una cantidad de símbolos pictográficos dibujados en el centro. Con incredulidad, y con la falsa certeza de que lo que estaba viviendo era producto de que los efectos de la mariguana no se había pasado, colocó el guayoyo en el pilón del balcón y se  quedó observando, anonadado, el objeto que cada vez más lentamente se le acercaba hasta estar en su perímetro de alcance, incluso le invadía el espacio personal. Ya el recuerdo del atraco parecía bastante lejano, como si el tiempo pasara rápido y que todo lo que hizo, antes de que el objeto se le acercara, lo hubiese vivido muchos días antes. Ya no tenía la noción del tiempo.
            Mientras el objeto, que estaba ya frente a sus ojos, se quedaba inmóvil, él intentaba adivinar que significaba esos símbolos, intentaba compararlo con símbolos matemáticos. No aguantó más, intentó tocarlo, y lo que pasó a continuación ocurrió tan rápido que tal vez ni el mismo se dio cuenta.
            No había movido bien la mano cuando ya el objeto soltó un haz de luz parecido al de una cámara fotográfica, e inmediatamente después de ello, él joven desapareció sin dejar rastro alguno, salvo la taza con el liquido recalentado, aun echando humo.
            Por varios días fue el joven desaparecido más famoso de la ciudad. Nunca más se supo de él.

Últimos segundos de conciencia

            No es fácil despegarte de lo que más quieres. No es sensato escapar sin anunciar  la razón a nadie, ni siquiera a ti mismo. No puedes tirar los trapos que has ensuciado a la cara de todos los que te animaron a seguir de pie.  Y la infancia, inocentemente cruel, fue la que me dio auge a desaparecer, pero con un razonable precio que pagan todos los que dejan de existir en este mundo: La experiencia de obtener el conocimiento a lo desconocido, y saber lo que hay en el umbral del último respiro.
            Hace tiempo señores, mucho tiempo, yo estaba en unas pedregosas cuyo vacio terminaba en un poso, que era conocido como el ojo de agua del pueblo. En esos instantes no sé por qué decidía irme. Sólo alcanzo a recordar  problemas con un tipo que no era mi padre; golpes, maltratos sádicos, mi madre gritando, y yo soltando un tiro de la escopeta, y enseguida el hombre en el suelo, con un liso agujero que le atravesaba el cráneo. Luego de allí vinieron llantos, gritos que ya no eran de sufrimiento sino de un miedo despavorido.
            Después de ello las llamé. A esas amiguitas que acostumbraban a escaparse conmigo cuando el trabajo del campo era extenuante, y el clima de violencia en mi rancho era intolerable… No las encontré, simplemente llegué hasta allí, en ese borde, y sus azuladas aguas, danzantes al son del viento, me comunicaban invitación. Y yo, sin querer seguir el juego, me lancé. Aguantando la respiración, y sintiendo la brisa por última vez, con ese sabor a chivo, a maleza y a cují, mi cuerpo entraba por ese ojo que ya no me hacía guiños, si no que se quedaba estático mientras mi cuerpo, con gracia, se sumergía en la pupila.
            Al sentir la cálida agua recalentada por el sol del medio día,el sufrimiento dejó de hostigar mi cuerpo, ya no sentía nada. Pero el instinto me hizo abrir los ojos, y vislumbrar como 3 hermosas niñas se acercaban a mi desde el fondo del agua, donde mi vista no podía detallar nada, excepto a ellas. Concebían luz propia, más radiantes que las de mis amiguitas. Y sus cabellos, que eran entre rojizo y amarillento, con tonalidades diferentes cada una, se movían al lento son de sus cuerpos contra la corriente. Quería saber, en ese instante, si eran las damas de las que tanto hablaba mi abuelo, antes de desaparecer y jamás volver a saber de él… Suavemente se me acercaron. Para mí el tiempo se había detenido. Todos mis sentidos giraban en torno a ellas. Ya a un palmo cerca de mí, pude notar como esas niñas cuyos cabellos alumbraban más que las linternas más potentes, poseían grandes senos, y profundas miradas. Estaban completamente desnudas, y la gracia de sus cuerpos se movían al ritmo de los peces más agiles. Batían sus manos y pies lentamente. Sus miradas eran penetrantes, y sus caras, que eran completamente angelicales y blancas como la leche, estaban dirigidas hacia mí. Entonces, la más grande de ellas tomó mi mano y tiró suavemente mi cuerpo en dirección a la profundidad. En ese momento intuí en cómo era posible que aun estuviera respirando, es más, como era posible que eso estuviera sucediendo, y en medio de mis turbios pensamientos de incredulidad, las otras dos vinieron y acariciaron mi cara lentamente, y ya no me importó más nada. Seguí mi recorrido hacia el fondo, pero antes de partir giré mi cabeza y pude ver la opaca claridad del sol reflejada en la ya lejana superficie. Volví a poner la mirada en esa oscuridad a la cual nos adentrábamos. Ya no me importaba nada, sólo las quería seguir a ellas, pero dentro de mí estaba la certeza de que me despedía de un mundo, para adentrarme en otro.
            Y aquí estoy, al igual que muchos. Contando como lo imposible se hace posible. Como se conoce lo desconocido. Como te das cuentas de que no eras ni el primero, y tampoco el último, que se adentra conscientemente al universo que hay bajo esos ojos de agua.

A la media noche

  Ahora mis recuerdos se arremolinan hasta el punto de añorar la época en que era un hombre común. Mis hijos, eran los seres más hermosos que llenaban de colorido los opacos contornos de mi vida. Mi esposa, la eterna compañera, cuya fidelidad y dulzura justificaba mi existencia hasta el punto de agradecer el hecho de haber nacido.

  La triste luna me avisa que ya casi no me queda tiempo de seguir evocando los recuerdos, el funeral que me ofrece el paisaje me susurra en donde estoy, el ahora, el presente. Ya lo demás son sueños desvanecidos por el humo del tiempo. Ya no puedo palpar ninguna de mis realidades vividas. Todas esas imágenes son espejismos retorcidos identificables. Me pregunto si todo habrá pasado en verdad.

  Ya son casi trescientos años desde que me mordieron.

  Pronto se deslizará la media noche. Y se hará justo el momento en que un día como hoy mi aldea y mi familia murió asesinada por esa manada de bestias.

  La bendición de ser el líder de mi gente se convirtió en maldición. Debería estar con ellos.

  Mientras las cortinas de nubes se corren mostrando un escenario plagado de estrellas y luceros, con el taciturno bosque y  mi persona de espectador, se abraza a mi mente justamente el momento en que el supuesto lobo me deja con vida, y me muerde, convirtiéndome en uno de los suyos. ¡La gran sorpresa que me produjo el saber que los lobos, solo eran lobos en el pasaje de la luna llena!. Ese momento quedó detenido por mis sentimientos, impotentes por la frustración de resignarme a un futuro incierto.

  Al amanecer del día siguiente cuando desperté seguía allí, entre un grupo de hombres desnudos, robustos y de prominentes barbas, como única señal de prueba de su anterior estado. El más imponente y peludo de los hombres me decía ante mi incrédula mirada, que a partir de ese día estaba inmerso en su mundo. En un mundo de matanzas, de sangre, de imponer horror, de esparcir terror a todos los hombres de los pueblos, y que tenía que estar agradecido de la misericordia de seguir viviendo, pues esa noche ningún ser corrió la misma suerte.

 Amargo capricho.

  No vale la pena llorar en este momento. Hace ya mucho tiempo que el suplicio se transformó en cotidiano. Ahora la justicia que impongo es para el  beneficio de mi estomago y mi errante subsistencia. Sólo soy un subordinado más de la manada. Ya falta poco para volver a ser esa maldita bestia que no puedo controlar. Se acerca la media noche, la luna escruta mis pupilas, y desdeñosamente avisa que dentro de poco seré ese horrendo ser otra vez. El hambre me esta matando la razón, ojala que en esa cochambrosa aldea de barbaros haya alguna jugosa regordeta

5 comentarios:

  1. Luis Daniel Ramones1:53 a. m., abril 09, 2012

    se deja ver tus intereses por lo Nórdico. fuera de juego, debo admitir que me gusta que estés experimentando con la brevedad. eso es bueno, te hacía falta.

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  2. Me encantan tus escritos, juegas con los miedos de las personas. Yo que soy medio noctambula, y que irónicamente le tengo cierto miedo a la obscuridad absoluta, pude sentirme identificada con el primer escrito, la forma en la que los miedos de las personas juegan con la imaginación y la realidad. En sí, la mayoría son breves, pero concisos, llegan al punto que quieres plantear, y tu estilo es el que me gusta, cuando se llega a ese momento en el que la realidad y la fantasía se mezclan y se confunden. Bien hecho!

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    1. Gracias! espero que asistas a evento! Buenas vibras para vos!

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  3. execelente narracion me gustaa buen trabajo-julio tizzani

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