7/4/12

ÁNGEL (PUNTO FIJO)


Biografía

Ángel Rivas, Descendiente de la sequia de 1912 en Paraguaná nací un 14 de julio. Licenciado en Educación mención Lengua y Literatura. Atleta frustrado e intento de cantautor popular. Mi obra inédita intenta recoger cuentos populares de la península de Paraguaná caracterizado en las supersticiones de los pueblos.


Entierro inundado

Hay un mar
    Que se navega en la muerte
Hacia el principio o hacia el fin.
                                                                                                                                                                 Gustavo Pereira.

Metieron sus gritos en una botella y la lanzaron a un mar de silencios. Mientras los peces traían los rumores, las redes de sus recuerdos se destejían para quedarse en el instante en que su mano se agitaba  en el viento. Quesos, whiskys y tabacos caían como del cielo a los carnavales de sirenas, donde el contrabando de los tiempos no existentes desconoce las moradas de los destinos.  El tiempo de Sebas agoniza arrojando agua a un mar que se derrama y se seca en las mejillas de Dora. La bruma es la ejecutante de su muerte, serpiente que seduce su vida, Sebas resbala en su último desplome, se cansan los ecos sin choques mientras su ausencia ya encontró orilla. No hay gaviotas que eleven la esperanza de los horizontes cuando la proa es el único pedazo de tierra y ésta disminuye en cada respiro de la luna. El fúnebre sonido de las olas hace luctuoso al hombre dentro del mar en busca de conquistas, Sebas con la salvación de otras tierras deja de arar en el océano para hundirse en la incertidumbre de morir en un sueño.

Con la escoba en la mano desde su puerta, la mujer se asoma.  Con la esperanza de que aquél sea el barco, un niño juega con el sol y las nubes a esperas de juguetes: ése no es el barco. Cualquier marinero podría reconocer a millas las señas de los vestidos de su mujer tendidos en las cuerdas, Dora cocina desde la ventana mirando a los peces haciendo fallidos intentos astronautas; si Sebas se fue ayer, hoy o hace una semana, es lo mismo; las ausencias no se marcan en días sino en los instantes en los que no está.

Recogiendo lo que trae el mar, Dora va amontonando caracoles para adornar sus noches de soledad, sus pies descalzos son huellas de gaviota que la fina ola borra, ella observa medio sol y al difuminado azul que arde cuando entra la noche, un niño que es gato y un pez que es ratón juegan detrás de ella a los perseguidos; cae el niño chapotea el pez, cae el pez chapotea el niño. Dora observa hacia atrás, huellas de gaviota en la arena van apareciendo mientras los caracoles se disipan a su lenta libertad pero el agua se convierte en aire, en un entierro inundado, la mujer lo lleva entre brazos, el peso del dolor hunde la botella y se resquebraja al hundirse. 

El camino

Una fragancia de muerte me interrumpió el camino, fragancia que me causaba nauseas similar al olor fatigante del burro que conseguí reventado, con sus dos patas derechas levantadas y comido por los carroñeros en la orilla del sendero hacia el otro pueblo, arrollado por el camión Ford 350 de mi tío. Esa noche mi tío miope con sus culos de botella no logró divisar al pobre animal salir entre los cujíes, en la mirada antes del impacto le noté una tristeza no similar a la de un burro corriente, sino afín a una virgen de los milagros. El impacto fue tan fuerte que no pude contar las vueltas que dimos a un lado de la carretera, pero lo cierto es que no fue lo bastante desmedido como para que la otra mitad del camión hiciera pique abajo desde la orilla del barranco que apenas nos sostenía.  Mi tío y yo miramos hacia atrás, hacia el burro, y él se alejaba con paso de anciano cojo; sólo lo pudimos ver entre sombras y claros de luna. Nunca me imaginé que me encontraría días después aquella autóctona bestia muerta, evaporándosele la sangre por el ardiente sol, con la carne desgarrada servida a la guardería para moscas que chispeaba en ese momento un caldo putrefacto que salía de sus órganos y de las partes más blandas. Volví a seguir el camino.

Hacía tres días que no volvía a casa y mi madre preocupada me envió a buscarlo, desaparecía con frecuencia pero no pasaban más de dos días para que volviera, tenía que caminar cinco kilómetros para llegar al pueblo, la casa era la más aislada, la que tenía mejor vista sobre el poblado y la que era vista desde los caseríos como la casona abandonada entre las montañas. Anduve como quinientos metros y mientras más caminaba más dócil era el aire mortecino que respiraba. Miré al cielo guiado por una gaviota negra que se unía a otras, haciendo un círculo como rodeando la injusticia de un burro tirado en el campo.
Imaginarme los últimos días de agonía me causaba lástima, verlo caminar entre la sabana observando a los pollinos con su áspero pelo de recién nacidos estirando sus patas para en horas más tarde correr llenos de vida, pastar moviendo su cola elegantemente para espantar los mosquitos, intentar su última migración hacia tierras más solas y minadas de hierbas, sólo temiendo ser arrollados o capturados para la esclavitud. En estas tierras bajas no existen depredadores, tan sólo el carnicero o niños jóvenes que los amansan a palos para hacerlos parte de sus caballerescos juegos para luego tomar el apodo de “burreros”, más de un amigo me ha contado que ha visto a fulano en nupcias con una hembra pero es tan omnisciente que roba el papel de amante.
Vi en el horizonte mientras caminaba cerro abajo  una manada casi macilenta, iban en fila, sólo un pollinito rompía la línea mientras un burro adulto volteaba a verlo, pude ver que mas atrás venía una banda de carajitos con palos y mecates lentamente escondidos entre los cardones, cuando estuvieron cerca corrieron tras de los burros sin mayor suerte que el cansancio. Luego vi a un campesino que me saludó, traía un burrito parecido al escuálido Rocinante, que en el lomo llevaba un saco de maíz, el burrito lo seguía, ambos parecía estar alegres, parecían ser amigos.
Al llegar al pie del cerro me esperaba el último tramo largo, a lo lejos observé el festín de las gaviotas negras entre las urupaguas y los cujíes bajos, las alpargatas me hacían andar firifirito por la carretera polvorienta porque me calentaba la planta de los pies. El viento se exteriorizaba contra mí, un viento fresco que viaja desde la playa, que al respirarlo en una primera inhalación me provocó asqueo, me llevó ha quitarme la camisa y colocármela entre la boca y la nariz para minimizar las nauseas, examiné con atención la orilla del sendero y a las aves que sombreaban un cielo tenebroso. Pude alcanzar la loma más alta del camino, seguidamente miré con cuidado que una ave salió corriendo con uno de los ojos de aquel cuerpo mientras una segunda intentaba arrebatarle el que le quedaba, una tercera ave llevaba parte de los  intestinos que parecían cuerdas de papagayos reventadas al alzar vuelo, de su boca abierta emergían mariposas pequeñas y negras, sus principales órganos eran sopa para gusanos. Su hediondez no era semejante a la de un animal muerto, estaba desnudo, no tenía pantalones ni camisa, mucho menos los zapatos puestos, sólo su ropa interior y sus medias al revés.

La suerte de Marlene

Andrés se colocó la mejor camisa que guardaba en el closet, salió bien perfumado. La vecina frívola y caprichosa, aunque no le interesaba Andrés,  al verlo pasar abrió la ventana de su habitación, quedó fumigada de Hugo Boss, en pocos minutos la vecina se encontraba en la cama sola y desnuda mimando con los dedos su sexualidad y con los ojos bien abiertos mirando un afiche de Cristiano Ronaldo posando en ropa interior. El día había sido perfecto como de creación, asoleado, con brisa fresca, Andrés tomó el bus a la hora exacta y el tráfico no estaba congestionado.
Cuando Andrés se marchó, casi al anochecer, la señora Back ya no estaba en casa, había salido a la farmacia en su turno de la noche. Antes de salir, la madre de Andrés recordó el cumpleaños de su hijo al ver los seis últimos dígitos de un billete de cien. Ella, con sus escrupulosos afanes de jugar a la lotería, siempre jugaba  los últimos seriales de los billetes con que pagaba el mismo tique.
Al salir pensó que no era un día para suerte y junto a otros tres billetes clones los dejó en la mesa junto a una notica: ¡feliz cumpleaños bebé! 
Andrés se bajó con un sombrero negro que sombreaba su rostro, en seguida que el bus cerró la puerta mecánica, levantó la cara para leer el letrero con luces de neón que mostraba el nombre del lugar. Un tipo en la puerta, de fisonomía no muy amigable,  revisó el cuerpo de Andrés con un detector de metal, le dio una máscara y le dijo: –colócate esto, alguien te puede reconocer- luego le indicó que pasara. Al entrar se encontró con mesas y sillas por todas partes, hombres aires de campeones miserables y mujeres semidesnudas que fingían hasta la manera de caminar. El lugar tenía falsos cuadros de Marilyn Monroe, la Diosa Canales y otras que no logró identificar. Un tubo cromado en la barra cubierta de madera barnizada  le hizo imaginar a Marilyn Monroe bailando y aferrándose al tubo como si fuese a caer a un abismo de un suicidio involuntario. Al voltear hacia la única puerta que en el fondo se multiplicaba en muchas más, observó salir a una dama de piernas definidas sin faltarle ni un músculo de feminidad, vestida con un hilo negro de encajes, un brasier del mismo color y un antifaz; en su piel había tantas noches en una misma noche que parecía haber soñado cantidades de sueños por adelantado. Un hombre de aspecto serpentino con anteojos grandes, pantalón hasta el ombligo y zapatos ortopédicos surgió detrás de ella, algo despeinado, con la seguridad de ser más hombre que antes, cuando se marchó la miró como los hombres miran a las prostitutas cuando parecen desinteresados.

Ella se acuesta en el momento que abre las piernas, él se asoma por la ventana infinita por donde ha de nacer, conociendo sus rostros desconocen quiénes son, él babea los pechos de la mujer, pechos que huelen a aromas maternos, siente que alguna vez fue desterrado de aquel cuerpo al cual vuelve para exiliarse. La lengua en plena puerta toca una campanita que hace gemir al objeto que respira como si exhalara el último sorbo de aire. Su boca acentuaba sonidos como la de una colombiana de telenovela, Andrés  levantaba las piernas de Marlene colocándola en sus hombros, la lengua musculosa pasaba en rápidos movimientos hacia todos lados, seguidamente que mete su cabeza entre ellas y toca la ranura de la pechuga que hierve.
Andrés apunta al objetivo que nunca el hombre ha fallado, Marlene con las piernas arriba, abiertas y dobladas en las rodillas se acomoda a buscar infinitas búsquedas que sólo la fuerza brutal de macho la hace encontrar en la luz oscura de una habitación. Posteriormente se posiciona como vaca a espera del toro y Andrés como domador de fieras, en un movimiento seco de placas tectónicas, la mujer grita tratando de resistir las réplicas de un terremoto de 9.8 en la escala del kamasutra. De repente la fuerza reposa en posición cuchara, ella lo acaricia, por lo suave de su piel y lo desesperado en sus movimientos calcula que debe tener la edad... Andrés la toma por la mano, se coloca de frente para rozar sus labios con los de ella, no la había besado en los casi 30 minutos, ella nunca se deja besar de los clientes pero le responde con mordidas salpicadas, él se deja ir respirándole la piel hasta el vientre donde coloca su oído como queriendo escuchar voces antes escuchadas, luego lleva la mano hasta la zona de terciopelo para introducir su dedo emperador hasta el lugar de los inmortales, pero ella le quita la mano y se pierde debajo de las sábanas. Andrés comienza a escalar el espíritu a dimensiones indescriptibles, pronuncia palabras jamás dichas ni escuchadas, seísmo en el abdomen, levantan sus pezones masculinos como minúsculos cerros en la planicie, él intenta levantar el antifaz de Marlene pero ella toma su manos y se la coloca en uno de sus pechos para estimular los viajantes.
La rendija de la puerta permite que Andrés observe la sombra de pasos alegres y cómplices que cruzan el pasillo de la habitación, además que alumbra el cuerpo a contraluz de Marlene acostada boca abajo, sus nalgas parecen dos montañas cubiertas por nieve, con una perfecta curva en medio donde se imagina Andrés que podría transitar cualquier tipo de auto pesado o ligero, su reflexión lo lleva a caminar con los labios por las montañas nevadas de la mujer que de repente siente que ama y que siempre amó. Sube por las caderas se siente guiado por las pecas catiras en la espalda  de Marlene que como estrellas orientan un barco náufrago en la noche, en posición tortuga ella nunca había sentido tanta ternura de un hombre, también siente que lo ama y desde antes.
Los cuerpos de Andrés y Marlene están tan sincronizados que no hacía falta palabra alguna, Andrés era mudo, en su niñez había perdido la voz de un susto, pero nunca le importaron las palabras a Marlene, los movimientos de Andrés para ella dicen tanto... La habitación de color verte moho, con cama de bloque y colchón de piedra comienza a incomodar a Andrés, el olor a cigarrillo Rumba, la falta de por lo menos una ventana, un baño sin retrete ni espejo y  con un tubo que gotea hacen que se levantase para sacar del pantalón cuatro billetes iguales mientras ambos se miran con las máscaras puestas.
Andrés sale de la habitación hasta el local central, se quita la máscara y todas las personas (putas, clientes y mesoneros),  murmurando, lo voltean a ver, rápidamente se dirige hasta la puerta principal con ciertas sensaciones amorfas, abre la puerta principal y se marcha, la puerta se vuelve a cerrar sin que nadie vuelva a entrar. Marlene se cambia de ropa interior, nunca la volverá a usar por respeto a un hombre que amó por un rato, se quita el antifaz, cuenta los billetes, en tres de ellos reconoce los seriales y en uno una fecha familiar.
 
La coartada

Acamparon en la orilla de la playa un domingo de cuarto menguante, desde allí podían ver las luces de la refinería de Aruba, las estrellas formar el zodíaco y uno que otro barco pasar casi decorados como arbolitos. Los fuertes vientos alisios que viajan desde el norte sometían la carpa, encender una fogata era casi imposible. Carmen preocupada por una noche fría y sin cobijas, se mantenía callada mirando la arena en sus pies sentada en el tronco de un árbol de color ceniza. La oscura noche se confundía con la oscuridad de los montes y de vez en cuanto una luciérnaga con una estrella fugaz. Acompañados de sus ausencias se miraron a los ojos después de entender que su única supervivencia era sentirse acompañados aunque la copla del búho y de las tortolitas los llenaba de vacios y los hacía vulnerables a los drenajes de la tierra.
-Dicen que hay alguien que tiene leones sueltos por acá- con una voz temerosa y a la vez firme comentó Carmen. Todos los que lo cuentan nunca los han visto pero hay quien le vende burros al dueño de los leones para alimentar a los mismos, hay amigos de amigos que tienen amigos que trabajan en la hacienda del propietario de las bestias.
-No hay que creer, son puros cuentos, la gente habla  y habla siempre largando más la lengua y la  imaginación para hacer del manso alguien estúpido y del rico temible entre los demás. Prefiero temerles a las serpientes, término diciendo Samuel.
Samuel era una de los pocos jóvenes subversivos que militaba en los partidos revolucionarios, a la edad de dieciocho años fue privado de libertad por insultar a un diputado teniente que pretendía desalojar a quince especies entre fauna y flora para hacer un centro comercial. Muchas veces escapó de los atentados que según Samuel suponía eran de parte del teniente Jorge Crasto, el coche bomba, el tiroteo en la casa de su madre, los tipos que lo metieron en la parte trasera de un auto trasladándolo hasta Ticuadare donde lo amarraron a un cují torturándolo con cigarrillos encendidos pegados al abdomen y bofetadas exigiéndole desaparecer de la península o sería enterado vivo. Un viernes fue sorprendido por no acatar la orden en uno de los barrios que están hacia El Sabino, un auto Mazda negro abrió la ventanilla y comenzó a tirotear, el auto de Samuel se detuvo y con  una bala en su hombro sacó el revolver y disparó justo al rostro del hombre de la capucha.
El silbido del viento tejía el frío, faltaban 8 horas para que comenzara a clarear la mañana, Carmen encendió un cigarrillo y sacó un sobrecito con un polvo blanco que disolvió en el último termo de agua. El inhalo de la brisa fresca con un buen cigarrillo es una de las glorías de estar lejos del smog que producen los autos en masa y la refinerías puntofijenses, cada vez que Carmen se llevaba el cigarrillo a la boca se veía tan sensual y tan llena de vida como un turpial en la cima de un cardón, su feminidad mostraba un poco de hombría quizás para darle a entender a Samuel que no era tan frágil como él creía. Se conocieron en uno de esos saqueos que él estimulaba, la tropezó al cruzar una esquina mientras ella intentaba escapar de la revuelta, Samuel al ver en sus ojos el miedo la tomó de la mano y se la llevó dos calles más arriba. Ella, que no le interesaba la política ni los disturbios por los cuales su padre siempre llegaba enfadado a casa, nunca pensó que estaba frente al autor intelectual; un muchacho flaco definido, rubio con aires burgueses, con varias cicatrices en los antebrazos y unos ojos tan misterios. Mientras pasaba el peligro moraron en un pequeño restaurante que sólo tenía café frío y empanadas aceitosas, Carmen no vaciló en darle información básica al guerrillero urbano y él se abstuvo a decir mucho. Trabajaba como pasante de medicina, en los días libres era voluntaria en las actividades recreadoras  en el ancianato, practicaba el volibol y era fiel lectora de Isabel Allende, hija predilecta entre dos hermanas y amante del mango verde con sal.
Después de comer unos bocados de torta de auyama que traían en uno de sus morrales, los accidentados deciden bañarse un poco en mitad de la noche, el agua estaba tibia en comparación con el aire frío, ambos cruzaron las manos y se las metieron entre la axilas para salvarlas del frío y rescatar el calor que se perdía en sus propios cuerpos.
-Debemos estar a tres o cuatro horas caminando de la primera casa que podemos encontrar, pero remolcando La poderosa III llegaríamos amaneciendo y sería mejor entonces esperar que alguien pasé por acá en la mañana. Samuel –dijo Samuel
- ¿y si escondemos La poderosa III en los matorrales, y luego venimos por ella? Preguntó Carmen.
- Corremos el riesgo de no encontrarla, los campesinos saben muy bien cuándo las ramas son movidas por los chivos o por el hombre. Como tragado por el monte y sus espinas se había perdido un señor con su camioneta, un campesino que iba detrás de sus vacas huesudas por una trocha al ver que los árboles habían cambiado la orientación, se acercó y se sorprendió al encontrar  la camioneta estaba volcada con el chofer dentro, totalmente tapada por los cujíes y la maleza.
- es fácil identificarlo cuando estás acostumbrado a pasar todos los días por un mismo lugar y tu mente es como una camada que detecta el mínimo movimiento en un paisaje aburrido –concluyó Carmen.
Al salir del agua ambos se quedaron pensativos al secarse con la misma toalla. El sonido de las olas ensordecía las pausas que eran largas sólo interrumpidas en veces  por la fricción del viento con los matorrales y del vuelo de los aviones que dependiendo de la altura se confundían con los satélites que en los montes son fáciles de divisar. Carmen volvió a colocarse la misma ropa, unas sandalias bajas, un short corto que daba crédito al color de sus nalgas pálidas y una blusa escotada que le daba aires a sus pechos, ella observaba el cielo dándose cuenta que no es tan monótono como parece en la búsqueda de Cáncer. No se sentía perdida porque entendía su orientación, consciente que si no fuera por la motocicleta ya estuviera en casa cobijada, con una buena cena caliente en su estómago, con su perrita Lucy jugueteando con sus pies y descansando para un día más en el hospital. La belleza de la mujer que parecía niña mirando las estrellas  era una belleza distinta debido a su personalidad un poco temerosa, sencilla y dada en una sensibilidad total. Un cabello encrespado color café con unos débiles ojos marrones y piel blanca era el prototipo de mujer que calcinaba a deseos a Samuel, mientras ella se distraía él se fijó en la constelación de pecas en su espalda y pensó en lo salada que tendría la piel.
-¿qué me miras? Nunca me has mirado así- preguntó Carmen
- no te estoy mirando, te estoy tocando- Contestó Samuel con sus ojos vidriosos acuarela queriendo entender la razón del por qué estar allí en medio de una noche cerca del mar, de los cardones y cujíes rociados por la bruma.
Ambos cuerpos comenzaron a calentarse y encendieron la fogata, al friccionar sus pieles la arena se convertía en vidrios de caricias, Carmen perdía toda timidez desnuda sobre el hombre hasta dejar de ser alérgica al frio, un susurro al oido comenzó a escuchar, una canción casi silenciosa que Samuel le cantaba: “Te vi cabizbaja, mirando la playa y quise saber en lo que pensabas, te besé en los ojos y había lágrimas, te quise decir que yo te adoraba, te quise gritar que me perdonaras, te besé en los labios mientras te cantaba”. La voz parecía penetrar más a las entrañas de Carmen por los oídos, que el mismo sexo de Samuel, dos hombres antes ella era virgen pero sus oídos nunca se habían llenado tanto de orgasmos, a Samuel le dolían el placer por las uñas clavadas en la espalda que lo hacian ver como un azotado. Un fuerte ventarrón se pronunció cuando ambos desnudos y acostados en la arena después del cumplido se acariciaban con ternura de gatos, Samuel salió corriendo en pelotas detrás de la carpa que se iba con el viento, ella sonreía del cómico aspecto desnudo de Samuel. La pareja decidió dormir por un rato, el chico tomó un sorbo de agua mientras ella se disponía a cerrar los ojos.
La incomodidad estomacal hizo que Samuel se levantara y sacara un cigarrillo del morral, el fuerte dolor en el estómago lo llevó a buscar un sitio al menos un poco bajo de matorrales, llevado mas por el instinto fisiológico que por la poca visión de los perdidos en la oscuridad del monte. Se baja el short y se agacha, presiona el yesquero que enciende el cigarrillo, por un segundo se sintió observado y se escuchó una detonación. El cigarrillo cayó en la tierra polvorienta, el humo empezaba a ser un humo infernal, los necos perdidos chillaban en busca de salvación.  
Las chicharras rayaron el viento cuando el sol terminó de salir, Carmen despertó observándose sola en la carpa, al salir de ella recogió sus cosas y miró hacia la quema. Alguien con gafas oscuras vestido de verde y con un parche negro en el ojo derecho la esperaba, en el momento que ella se acercó de sus ojos brotó una lágrima, el hombre con una voz gruesa sólo dijo:
-vámonos, mañana habrá zamuro.

2 comentarios:

  1. estamos Liwin, Bero y yo frente a la compu, vemos esto y nos preguntamos por qué nadie ha comentado nada, nos miramos a la cara, pensamos en que "debemos" comentar algo casi que por una especie de solidaridad tonta, pero luego nos volvemos a encoger de hombros, nos reimos y hacemos como Nelson de Los Simpsons: "JAAAA JAAA!! NADIE LE PARA MEDIA BOLA A LO QUE ESCRIBES!" jeje! un abrazo Toribio!

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  2. Gabriela Arianne Velazco10:36 p. m., abril 23, 2012

    Por andar corta de tiempo -dirás: ¿quién carajos anda corto de tiempo pasadas las 22 horas?. Pues si, yo ando corta de tiempo, debo levantarme a las 06, y caminar que jode mañana. Y aún me falta leer un texto de Luis y otro de mi Dandy, así que debo compartir equitativamente el tiempo entre ustedes tres-. Sólo he podido leer Entierro inundado y La suerte de Marlene. Mi favorito: La suerte de Marlene. La forma en que usas las imágenes: seduce, atrae, excita... De verdad me encantó. Pronto volveré para leer los demás.

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