Biografía
Nacido en Coro el 8 de
Agosto del 1989. Licenciado en Educación en Lengua Mención: Lengua, Literatura
y Latín en la UNEFM. Actualmente laborando en la Fundación Misión Negra
Hipólita. Ha publicado en la revista “Cátedra de papel”, y fue por dos años participante en la Cátedra Libre de
Literatura “Agustín García”. Amante de todo lo que no sea real, dependiendo de
lo que se considere real. La visión juvenil de la fantasía es el norte, y qué
mejor excusa que la escritura para llegar a el…
Discurso del Insomnio
En las noches (cuando la mente y el cuerpo lo requieren)
mi cotidianidad la encierro en ese tumultuoso cuarto que emana vida propia.
La luz, que ha medio alumbrar se refleja en la ventana
hacia el pasillo, representa una esfinge liviana e incorpórea que me protege la puerta de los más desfigurados
y despiadados seres que concibe mi memoria y mi débil conciencia durante las
horas de adormilamiento forzoso.
Todos los habitantes de la casa ya resguardados entre las
sábanas y los dulces sueños; se convierten es esos momentos, seres ajenos a mi
mundo, y si por mera casualidad se llegara a romper el equilibrio, y esas
criaturas decidieran estrangularme o hacerme esclavo de la taquicardia, mis
gritos serán ahogados por esas distantes leguas que surgirán, entre lo que pasa
en mi cuarto, y lo que acontece en sus letargos. Y si la suerte sale a relucir,
y me llegaran a escuchar, de mí no encontrarían nada.
Poco a poco va llegando la media noche, y mis sentidos
consiente de ello aumentan sus reflejos. Todas las sombras, ya sean reales o
síntomas de mi locura, empiezan a surgir de los rincones lagañosos por arañas y
bichos. Luego empiezan a tomar forma. Algunos adoptan simplemente nebulosas
azules que pasan por mi cara y se desvanecen cuando mi valentía es suficiente
como para echarles un manotazo. Otras, varían metamórficamente según la
criatura que pase por mi mente y sea dominada por mi memoria o por la
imaginación. Las gamas de seres van de hombrecitos y distintos fantasmas que
tantos fueron contados durante mi infancia, a criaturas con ojos sobresalientes
y manos alargadas que fácilmente podrían llegar a mi cama. Incluso, pueden
llegar A parecerse a niños inocentes a primera vista, pero carentes de miembros
o de partes específicas de la cara.
Sólo el opaco alumbramiento de mi ventana hace que esos
bichos no se abalancen hacia mi, pero
partir de allí, mi mente agitada empieza a necesitar de la existencia de un ser
superior, y el horror que impide cerrar mis ojos comienza a tragar los
escepticismos y a clamar su ayuda. Entre distantes rezos, y manifiestos de
defensas heredadas por las viejas costumbres y creencias, se envuelve mi cama
en un pináculo inalcanzable para esos
seres que luchan por raptar mi alma o hacerme formar parte de ellos.
Y allí me quedo, inmóvil. Hasta que la claridad del alba revela
su partida.
Apocalipsis
Ese día un desaliñado y piojoso vagabundo, con facciones
finas, secuela de que tal vez tuvo otro tipo de vida, entró
a criticar la oratoria de un pastor en una iglesia bautista… Nadie
toleró tal atrevimiento. Aunque no lo estaba, le tildaron de borracho y loco.
Él hombre antes de irse con tono angustiado dijo; “Arrepiéntanse! Por favor,
oren por ustedes!. Cuando yo ya salga de aquí los volcanes harán erupción sin
control. Los mares arrasaran con todo. Los suelos temblarán hasta partirse en
dos! Y los huracanes arrancaran todo lo que esté a su paso!”
Los feligreses, y el pastor desde el púlpito, rieron a la
talla de tal chiste y le insultaron y reclamaron. Y el hombre,
entristecido, se limpió las lágrimas de
sus claros ojos, se acarició la barba, y dijo, mirando al suelo: “Padre
perdónalos, no saben lo que dicen”. Y cuando el hombre cruzó la puerta, empezó
a suceder todo lo que él había anunciado.
Ermitaños
Mientras dormía se
deslizaba por el duro suelo. Quería ir hasta su cama. Abriría puertas hacía lo
desconocido, lo que acontecería esa noche.
La joven tenía 8 años siendo
inquilina en un convento que estaba situado a la deriva de la intemperie.
Mientras a un lado estaba un espacio pantanoso, lugar utilizado para
innumerables torturas promovidas por la inquisición, al otro habían campos
lisos, y senderos que hacían al mundo civilizado llegar hasta ese lugar
desconocido por la vista y las bocas de los pueblerinos aledaños.
En el pasado, un ambicioso propuso
situar allí el monasterio, y construir un recinto capaz de formar a chicas con
la actitud de servicio perpetuo, en el lugar que por generaciones había sido el
centro de extrañas desapariciones y sucesos. Según las creencias, tanto
occidentales como autóctonas, infinidades de criaturas y alimañas vivían en
medio del pantano, a la espera de algún curioso desprevenido para hacerse con
él.
Por
años, desde testarudos aventureros con hambre de conquista, hasta padres y
monjas desaparecían al adentrarse en ese lugar, y algunos eran hallados luego,
con mutilaciones que hacían difícil vislumbrar sus identificaciones. Nadie
podía explicar esta cadena de sucesos, y eran pocos y pocas los que se atrevían
a buscar hogar en ese convento, donde al parecer, Dios no aprobaba su trabajo.
Era un tiempo donde el progreso
comenzaba a tragar la ignorancia y las creencias. Ya la inocencia era
desplazada. Pero aun así, no podían saber quien causaba esas muertes.
En la penumbra se dirigía hacia la
chica. Al ya estar frente a su cama, posó sus regordetas manos sobre las
sabanas. La chica despertó, viendo a ese pequeño hombre, con la cara partida de
tantas arrugas, con la barba que le tapaba el cuello y el pecho, con los ojos
pequeños, y con esa sonrisa que le hacia llegar ambos extremos de la boca, casi
hasta las orejas. La chica palidecía, el corazón se le detenía, la falta de
aire le tragaba los gritos, no podía emitir ningún sonido, ningún movimiento.
El hombrecito se paro en su cama, se dirigió hasta ella, y se abalanzó.
Poseyéndola, fulminando su pureza, restregándole sus olores a bosque,
inyectándole sus fluidos.
El hombrecito vivía en medio de la
virginidad del pantano, donde el avance y la civilización tardarían más en
llegar. En un pueblo donde la superstición formaría una barrera de protección
que impediría que se descubrieran los acontecimientos de esa noche.
La novicia, presa del pánico, y con
sus piernas y brazos entumecidos de tanto forcejeo, estaba inmóvil en la cama.
Sin rastro, el hombrecito desapareció, en medio de una noche sin nubes, y
carente de brisa…
Nueve meses después,
la mitad de las novicias del convento dieron luz a extraños ejendros
desfigurados.
Entre
las cenizas
Ocurrió
a la distancia que había entre el paisaje iluminado y las impotentes miradas de
los incrédulos.
Observaban
como las llamas se tragaban las casas,
arrebatándole la vida a todo aquello que tocaba. El fuego se esparcía
más y más, desbastando todo, ahogando el paisaje con el olor a maleza quemada,
a mortecina, podredumbre. El miedo al inhóspito futuro y la sensación de
miseria, dibujaba la cara de los espectadores.
El
pueblo quedo bajo un manto de cenizas y la intemperie de la desolación, a causa
del inocente juego entre adolescentes. La fogata que habían encendido en medio
del cementerio, esparció partículas
carbonizadas que se entre mezclaron con los secos cujies, comenzando así la
tragedia.
Las
llamas en todo momento fueron incontrolables, aplastando las viviendas de
barros, y fortaleciéndose al alimentarse con el seco paisaje y los moribundos
esparcidos por los reconcomios del lugar.
El
tiempo pasó las páginas, el pueblo volvió a levantarse, superando el desastre y
encaminándose a la expectativa del
progreso. Las victimas fueron enterradas, y los habitantes se triplicaron en
número anterior al desastre.
Pero
después de esa noche, el pueblo fue conocido como el lugar más atestado de
deformadas ánimas. Espantos con cuerpos incinerados, mutilados, monstruos que
enseñaban las heridas a carne viva. Se dice que deambulan por las calles y
entre las casas, atormentando el sueño y la conciencia de los vivos, gritando
sus penas, suplicando ayuda. Caminando en un mundo que no les pertenece, y al
mismo tiempo, está muy lejos del hogar de la muerte.
Una
de tantas visitas
A primera hora se levanto agitado por tantos deberes
rezagados, aplazados para darle chance a una noche más de fiesta, mujeres,
narcóticos y aguardiente. Ya todos los relojes de manera altanera anunciaban el
comienzo de la cotidianidad retenida en el transcurrir de la noche. Como pudo,
se tomó la pastilla para matar todos los demonios estomacales y cefálicos que
le quedaron después de excederse la noche anterior.
Como siempre, se sirvió un guayoyo recalentado, y se asomó en balcón a ser espectador de un nuevo atraco
que quedaría impune. Al tomar el primer sorbo dirigió su mirada a las nubes que
se movían con una gracia hipnotizadora, y creyendo que tal vez tenía ciertos
efectos de los psicotrópicos aun corriendo por las neuronas se le vino un
sinfín de recuerdos ajenos a esa vida que le deparaba abajo dentro de poco
tiempo, entre el tumulto y el griterío de la gente al momento de tomar la ruta
universitaria.
Sin darse cuenta, y tomándolo por sorpresa, un objeto muy
pequeño, del tamaño de un pájaro, fue bajando desde el cielo mientras él no
hacía nada más que tomarse otro sorbo de la bebida. Ya el dolor de cabeza
estaba cediendo.
Casi de repente, ya el objeto estaba frente a sus ojos.
Ya la indiferencia no tenía cabida, aunque tampoco el miedo, sino el asombro y
la curiosidad. El objeto, que parecía una roca ovalada, del tamaño de un zamuro
(incluso el joven pensó en principio que eso era), con una cantidad de símbolos
pictográficos dibujados en el centro. Con incredulidad, y con la falsa certeza
de que lo que estaba viviendo era producto de que los efectos de la mariguana
no se había pasado, colocó el guayoyo en el pilón del balcón y se quedó observando, anonadado, el objeto que
cada vez más lentamente se le acercaba hasta estar en su perímetro de alcance, incluso
le invadía el espacio personal. Ya el recuerdo del atraco parecía bastante
lejano, como si el tiempo pasara rápido y que todo lo que hizo, antes de que el
objeto se le acercara, lo hubiese vivido muchos días antes. Ya no tenía la
noción del tiempo.
Mientras el objeto, que estaba ya frente a sus ojos, se
quedaba inmóvil, él intentaba adivinar que significaba esos símbolos, intentaba
compararlo con símbolos matemáticos. No aguantó más, intentó tocarlo, y lo que
pasó a continuación ocurrió tan rápido que tal vez ni el mismo se dio cuenta.
No había movido bien la mano cuando ya el objeto soltó un
haz de luz parecido al de una cámara fotográfica, e inmediatamente después de
ello, él joven desapareció sin dejar rastro alguno, salvo la taza con el
liquido recalentado, aun echando humo.
Por varios días fue el joven desaparecido más famoso de
la ciudad. Nunca más se supo de él.
Últimos segundos de
conciencia
No es fácil despegarte de lo que más
quieres. No es sensato escapar sin anunciar
la razón a nadie, ni siquiera a ti mismo. No puedes tirar los trapos que
has ensuciado a la cara de todos los que te animaron a seguir de pie. Y la infancia, inocentemente cruel, fue la
que me dio auge a desaparecer, pero con un razonable precio que pagan todos los
que dejan de existir en este mundo: La experiencia de obtener el conocimiento a
lo desconocido, y saber lo que hay en el umbral del último respiro.
Hace tiempo señores, mucho tiempo,
yo estaba en unas pedregosas cuyo vacio terminaba en un poso, que era conocido
como el ojo de agua del pueblo. En esos instantes no sé por qué decidía irme.
Sólo alcanzo a recordar problemas con un
tipo que no era mi padre; golpes, maltratos sádicos, mi madre gritando, y yo
soltando un tiro de la escopeta, y enseguida el hombre en el suelo, con un liso
agujero que le atravesaba el cráneo. Luego de allí vinieron llantos, gritos que
ya no eran de sufrimiento sino de un miedo despavorido.
Después de ello las llamé. A esas
amiguitas que acostumbraban a escaparse conmigo cuando el trabajo del campo era
extenuante, y el clima de violencia en mi rancho era intolerable… No las
encontré, simplemente llegué hasta allí, en ese borde, y
sus azuladas aguas, danzantes al son del viento, me comunicaban invitación. Y
yo, sin querer seguir el juego, me lancé. Aguantando la respiración, y
sintiendo la brisa por última vez, con ese sabor a chivo, a maleza y a cují, mi
cuerpo entraba por ese ojo que ya no me hacía guiños, si no que se quedaba
estático mientras mi cuerpo, con gracia, se sumergía en la pupila.
Al sentir la cálida agua recalentada
por el sol del medio día,el sufrimiento dejó de hostigar mi cuerpo, ya no sentía
nada. Pero el instinto me hizo abrir los ojos, y vislumbrar como 3 hermosas
niñas se acercaban a mi desde el fondo del agua, donde mi vista no podía
detallar nada, excepto a ellas. Concebían luz propia, más radiantes que las de
mis amiguitas. Y sus cabellos, que eran entre rojizo y amarillento, con
tonalidades diferentes cada una, se movían al lento son de sus cuerpos contra
la corriente. Quería saber, en ese instante, si eran las damas de las que tanto
hablaba mi abuelo, antes de desaparecer y jamás volver a saber de él…
Suavemente se me acercaron. Para mí el tiempo se había detenido. Todos mis
sentidos giraban en torno a ellas. Ya a un palmo cerca de mí, pude notar como
esas niñas cuyos cabellos alumbraban más que las linternas más potentes,
poseían grandes senos, y profundas miradas. Estaban completamente desnudas, y
la gracia de sus cuerpos se movían al ritmo de los peces más agiles. Batían sus
manos y pies lentamente. Sus miradas eran penetrantes, y sus caras, que eran
completamente angelicales y blancas como la leche, estaban dirigidas hacia mí.
Entonces, la más grande de ellas tomó mi mano y tiró suavemente mi cuerpo en
dirección a la profundidad. En ese momento intuí en cómo era posible que aun
estuviera respirando, es más, como era posible que eso estuviera sucediendo, y
en medio de mis turbios pensamientos de incredulidad, las otras dos vinieron y
acariciaron mi cara lentamente, y ya no me importó más nada. Seguí mi recorrido
hacia el fondo, pero antes de partir giré mi cabeza y pude ver la opaca claridad
del sol reflejada en la ya lejana superficie. Volví a poner la mirada en esa
oscuridad a la cual nos adentrábamos. Ya no me importaba nada, sólo las quería
seguir a ellas, pero dentro de mí estaba la certeza de que me despedía de un
mundo, para adentrarme en otro.
Y aquí estoy, al igual que muchos.
Contando como lo imposible se hace posible. Como se conoce lo desconocido. Como
te das cuentas de que no eras ni el primero, y tampoco el último, que se
adentra conscientemente al universo que hay bajo esos ojos de agua.
A la media noche
Ahora mis
recuerdos se arremolinan hasta el punto de añorar la época en que era un hombre
común. Mis hijos, eran los seres más hermosos que llenaban de colorido los
opacos contornos de mi vida. Mi esposa, la eterna compañera, cuya fidelidad y
dulzura justificaba mi existencia hasta el punto de agradecer el hecho de haber
nacido.
La triste luna me avisa que ya casi no me queda tiempo de seguir
evocando los recuerdos, el funeral que me ofrece el paisaje me susurra en donde
estoy, el ahora, el presente. Ya lo demás son sueños desvanecidos por el humo
del tiempo. Ya no puedo palpar ninguna de mis realidades vividas. Todas esas
imágenes son espejismos retorcidos identificables. Me pregunto si todo habrá
pasado en verdad.
Ya son casi trescientos años desde que me mordieron.
Pronto
se deslizará la media noche. Y se hará justo el momento en que un día como hoy
mi aldea y mi familia murió asesinada por esa manada de bestias.
La bendición de ser el líder de mi gente se convirtió en maldición. Debería
estar con ellos.
Mientras las cortinas de nubes se corren mostrando un escenario plagado
de estrellas y luceros, con el taciturno bosque y mi persona de espectador, se abraza a mi mente
justamente el momento en que el supuesto lobo me deja con vida, y me muerde,
convirtiéndome en uno de los suyos. ¡La gran sorpresa que me produjo el saber
que los lobos, solo eran lobos en el pasaje de la luna llena!. Ese momento quedó
detenido por mis sentimientos, impotentes por la frustración de resignarme a un
futuro incierto.
Al amanecer del día siguiente cuando desperté seguía allí, entre un
grupo de hombres desnudos, robustos y de prominentes barbas, como única señal
de prueba de su anterior estado. El más imponente y peludo de los hombres me
decía ante mi incrédula mirada, que a partir de ese día estaba inmerso en su
mundo. En un mundo de matanzas, de sangre, de imponer horror, de esparcir
terror a todos los hombres de los pueblos, y que tenía que estar agradecido de
la misericordia de seguir viviendo, pues esa noche ningún ser corrió la misma
suerte.
Amargo capricho.
No vale la pena llorar en este momento. Hace ya mucho tiempo que el suplicio
se transformó en cotidiano. Ahora la justicia que impongo es para el beneficio de mi estomago y mi errante
subsistencia. Sólo soy un subordinado más de la manada. Ya falta poco para
volver a ser esa maldita bestia que no puedo controlar. Se acerca la media
noche, la luna escruta mis pupilas, y desdeñosamente avisa que dentro de poco
seré ese horrendo ser otra vez. El hambre me esta matando la razón, ojala que
en esa cochambrosa aldea de barbaros haya alguna jugosa regordeta

Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarse deja ver tus intereses por lo Nórdico. fuera de juego, debo admitir que me gusta que estés experimentando con la brevedad. eso es bueno, te hacía falta.
ResponderEliminarMe encantan tus escritos, juegas con los miedos de las personas. Yo que soy medio noctambula, y que irónicamente le tengo cierto miedo a la obscuridad absoluta, pude sentirme identificada con el primer escrito, la forma en la que los miedos de las personas juegan con la imaginación y la realidad. En sí, la mayoría son breves, pero concisos, llegan al punto que quieres plantear, y tu estilo es el que me gusta, cuando se llega a ese momento en el que la realidad y la fantasía se mezclan y se confunden. Bien hecho!
ResponderEliminarGracias! espero que asistas a evento! Buenas vibras para vos!
Eliminarexecelente narracion me gustaa buen trabajo-julio tizzani
ResponderEliminar