10/4/12

MIGUEL (MÉRIDA)


Biografía

Miguel Gómez, Nací el 22 de Junio de 1988 en Mérida donde estoy construyendo las bases de mi futuro. Me he dedicado a muchas cosas los últimos años, entre buenas y malas noticias siendo reportero gráfico, desertor estudiantil, dibujante incorrecto. Creo que la literatura me llevó al dibujo, el dibujo y la pintura ahora me llevan a escribir. He escrito muy poco y he leído muy poco.


El Sepelio de Don Joaquín

    Era cualquier domingo, cualquier hora después de despertar y desayunar. Se encontraba allí sentado, sin esperar nada que rompiera la tranquilidad de esa situación. Leer el periódico se había convertido en un acto puramente mecánico, detenerse en algunas imágenes que lo llevaban a un título, que lo llevaba a un párrafo,  que tal vez leería por completo. Pasaba las páginas y se encontraba con los anuncios clasificados, a los que alguna vez en la vida les dio prioridad sobre todo el contenido del diario, pero eso días de desempleo ya habían terminado, y no gracias a esa sección. Ya se había jubilado.
    Así pasaban los minutos entre noticias que dejaba de leer y otras que lo envolvían. Hasta que una imagen interrumpió ese leve movimiento que hacían sus ojos para saltar de imagen en imagen, esa calma, esa constante de costumbre que había llenado hasta ese momento su día. Los obituarios mostraban una cara conocida y su memoria trataba de hallar recuerdos, su mente se debatía entre un impacto y una calma, entre una impotencia y una fuga de tiempos desordenados que trataba de ordenar.
   Ahí estaba, sobre el terreno de juego, aquella tarde de softball, tratando de engañar al tiempo y a sus rótulas desgastadas. Viejos tratando de no ser tan viejos .Cada uno seguía siendo el dueño de un pequeño territorio dentro de ese pequeño país con forma de diamante. Otro juego que perdían, pero eso ya no importaba mucho porque todavía podían hablar de sus victorias, de su juventud.

   Otro recuerdo lo transportaba a su niñez que ahora parecía tan lejana y tan escasa de detalles. Jugaban con un papagayo, jugaban a correr y a ser perseguidos por un monstruo volador. Nadie ganaba, nadie perdía.

   Cerró el periódico, y se dedicó nuevamente a recordar. Buscaba la última cerveza que compartieron cuando ambos tenían riñones resistentes, buscaba las discusiones y las palabras gratas. No importaban las últimas palabras que cruzaron porque las conversaciones más cercanas al presente estaban basadas en recuerdos desenterrados.
    Salir de su casa rumbo al cementerio implicaba añadir a su mañana el recuerdo doloroso de una despedida obligada, hacerse dueño de una melancolía ajena que posiblemente se apoderaría de sus evocaciones futuras. Entonces decidió quedarse con su domingo de rutina desgastada, conservar los buenos recuerdos y no ir al sepelio de Don Joaquín.

Minutos de Vida

    Momentos son  los hijos desobedientes del tiempo, tienen la particularidad de durar lo que ellos consideren necesario, nunca más de eso porque corren el riesgo de ser devorados por otro, siendo  digeridos y  olvidados. Por lo cual, ninguna unidad de medida temporal objetiva podría adaptarse a  una duración momentánea, y aunque se pueda contabilizar con dicha unidad su paso, la subjetividad sigue excusándose y negándola, los  segundos impactan contra  una sensación temporal que no conoce de precisión, así, el  momento consigue su independencia de escalas y racionalidad.
     Ahora mismo, estoy atrapado en un momento que tiene la particularidad de hacerme recordar a otros. No es un momento muy cómodo ni comparable con los más incómodos que he vivido, me hace mirar hacia atrás buscando culpables de su existencia, juzgando a cada uno que lo antecede.
    Hace un momento, por el contrario, las cosas eran más simples, me bastaba con escoger un disco para aprovechar aquellos segundos antes que el semáforo cambiara a verde y mis manos se posaran nuevamente sobre el volante para seguir mi camino hacia la oficina. Ya no escucho radio en las mañanas, así evito ser bombardeado con noticias de ayer y canciones que están de moda. Entiendo que hay emisoras que encajan con mis gustos musicales, pero aquí su señal es débil, inestable. En mi mano un disco de Branford Marsalis que dirigí hacia el reproductor,  después bajé la mirada para seleccionar “track 03”. 
  Hace dos momentos, sonó el teléfono, era mi hijo. Ya estaba en el país, su vuelo a la ciudad que habito se retrasó unas horas, no me había llamado antes porque no quería despertarme. Era una lástima, tenía planificado hablar con él de cualquier cosa mientras el café se enfriaba y nuestros estómagos dejaban de estar vacíos. Ya no tendría que buscarlo al aeropuerto, ya no tendría que utilizar un camino diferente al acostumbrado ni faltar al trabajo. Podría verlo luego y almorzar con él, pensé.
   Hace tres momentos, el sonido de la alarma me despertó y me debatía entre ir o no ir al trabajo. Podría faltar hoy,  eso implicaba apagar el teléfono para no ser contactado por mi jefe, además me obligaba a utilizar vías alternas para evitar cruzarme con él. Luego encontraría una excusa, lo más importante es la familia. Entre tantas cosas por hacer, afeitarme el milímetro de barba que me estorbaba, encontrar la corbata adecuada y otras que nacen de la rutina pero que hoy más que nunca consideré importantes porque hace tres años que no veo a mi hijo. Olvidé apagar el teléfono.
  Ahora siendo juzgado por mi pasado y en una situación de completa claustrofobia, de inmovilidad absoluta, de silencios internos, de ruidos de calle. Escucho a la gente que se acerca, no logro distinguir lo que dicen, todos hablan al mismo tiempo y transforman palabras en sonidos onomatopéyicos de angustia que hacen que mi claustrofobia aumente cada instante. Siento una capa húmeda que se desplaza por mi rostro, cubre mi vista y sin detenerse sigue bajando.
  Cada intento por moverme es una invitación al más agudo dolor, quiero que esta inmovilidad  en la que me veo obligado a permanecer deje de asfixiarme. No veo que cada instante de mi vida pase cerca de lo que soy ahora, como si fuera la película de un niño que se hace hombre hasta que un día mientras cambiaba la canción de un disco y escucha el estruendo de un impacto directo, tal vez ese privilegio sólo lo tienen las personas que sobreviven a un encuentro cercano con la muerte para poder contarlo mil veces y sentir que la vida en su injusta repartición de segundas oportunidades no se olvidó de ellos. Tal vez estos sean mis últimos minutos de vida.

1 comentario:

  1. Espléndida narración de esos minutos irreparables donde toda una película pasa por nuestra mente.

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