Biografía
Miguel Gómez, Nací el 22 de
Junio de 1988 en Mérida donde estoy construyendo las bases de mi futuro. Me he
dedicado a muchas cosas los últimos años, entre buenas y malas noticias siendo
reportero gráfico, desertor estudiantil, dibujante incorrecto. Creo que la
literatura me llevó al dibujo, el dibujo y la pintura ahora me llevan a
escribir. He escrito muy poco y he leído muy poco.
El Sepelio de Don Joaquín
Era
cualquier domingo, cualquier hora después de despertar y desayunar. Se
encontraba allí sentado, sin esperar nada que rompiera la tranquilidad de esa
situación. Leer el periódico se había convertido en un acto puramente mecánico,
detenerse en algunas imágenes que lo llevaban a un título, que lo llevaba a un
párrafo, que tal vez leería por
completo. Pasaba las páginas y se encontraba con los anuncios clasificados, a
los que alguna vez en la vida les dio prioridad sobre todo el contenido del
diario, pero eso días de desempleo ya habían terminado, y no gracias a esa
sección. Ya se había jubilado.
Así
pasaban los minutos entre noticias que dejaba de leer y otras que lo envolvían.
Hasta que una imagen interrumpió ese leve movimiento que hacían sus ojos para
saltar de imagen en imagen, esa calma, esa constante de costumbre que había
llenado hasta ese momento su día. Los obituarios mostraban una cara conocida y
su memoria trataba de hallar recuerdos, su mente se debatía entre un impacto y
una calma, entre una impotencia y una fuga de tiempos desordenados que trataba
de ordenar.
Ahí
estaba, sobre el terreno de juego, aquella tarde de softball, tratando de
engañar al tiempo y a sus rótulas desgastadas. Viejos tratando de no ser tan
viejos .Cada uno seguía siendo el dueño de un pequeño territorio dentro de ese
pequeño país con forma de diamante. Otro juego que perdían, pero eso ya no
importaba mucho porque todavía podían hablar de sus victorias, de su juventud.
Otro
recuerdo lo transportaba a su niñez que ahora parecía tan lejana y tan escasa
de detalles. Jugaban con un papagayo, jugaban a correr y a ser perseguidos por
un monstruo volador. Nadie ganaba, nadie perdía.
Cerró el periódico, y se dedicó nuevamente a recordar. Buscaba la última
cerveza que compartieron cuando ambos tenían riñones resistentes, buscaba las
discusiones y las palabras gratas. No importaban las últimas palabras que
cruzaron porque las conversaciones más cercanas al presente estaban basadas en recuerdos
desenterrados.
Salir de su casa rumbo al cementerio implicaba añadir a su mañana el
recuerdo doloroso de una despedida obligada, hacerse dueño de una melancolía
ajena que posiblemente se apoderaría de sus evocaciones futuras. Entonces
decidió quedarse con su domingo de rutina desgastada, conservar los buenos
recuerdos y no ir al sepelio de Don Joaquín.
Minutos
de Vida
Momentos son los hijos
desobedientes del tiempo, tienen la particularidad de durar lo que ellos
consideren necesario, nunca más de eso porque corren el riesgo de ser devorados
por otro, siendo digeridos y olvidados. Por lo cual, ninguna unidad de
medida temporal objetiva podría adaptarse a
una duración momentánea, y aunque se pueda contabilizar con dicha unidad
su paso, la subjetividad sigue excusándose y negándola, los segundos impactan contra una sensación temporal que no conoce de
precisión, así, el momento consigue su
independencia de escalas y racionalidad.
Ahora mismo, estoy atrapado en un momento que tiene la particularidad de
hacerme recordar a otros. No es un momento muy cómodo ni comparable con los más
incómodos que he vivido, me hace mirar hacia atrás buscando culpables de su
existencia, juzgando a cada uno que lo antecede.
Hace un momento, por el contrario, las cosas eran más simples, me
bastaba con escoger un disco para aprovechar aquellos segundos antes que el
semáforo cambiara a verde y mis manos se posaran nuevamente sobre el volante
para seguir mi camino hacia la oficina. Ya no escucho radio en las mañanas, así
evito ser bombardeado con noticias de ayer y canciones que están de moda.
Entiendo que hay emisoras que encajan con mis gustos musicales, pero aquí su
señal es débil, inestable. En mi mano un disco de Branford Marsalis que dirigí
hacia el reproductor, después bajé la
mirada para seleccionar “track 03”.
Hace
dos momentos, sonó el teléfono, era mi hijo. Ya estaba en el país, su vuelo a
la ciudad que habito se retrasó unas horas, no me había llamado antes porque no
quería despertarme. Era una lástima, tenía planificado hablar con él de
cualquier cosa mientras el café se enfriaba y nuestros estómagos dejaban de
estar vacíos. Ya no tendría que buscarlo al aeropuerto, ya no tendría que
utilizar un camino diferente al acostumbrado ni faltar al trabajo. Podría verlo
luego y almorzar con él, pensé.
Hace
tres momentos, el sonido de la alarma me despertó y me debatía entre ir o no ir
al trabajo. Podría faltar hoy, eso
implicaba apagar el teléfono para no ser contactado por mi jefe, además me obligaba
a utilizar vías alternas para evitar cruzarme con él. Luego encontraría una
excusa, lo más importante es la familia. Entre tantas cosas por hacer,
afeitarme el milímetro de barba que me estorbaba, encontrar la corbata adecuada
y otras que nacen de la rutina pero que hoy más que nunca consideré importantes
porque hace tres años que no veo a mi hijo. Olvidé apagar el teléfono.
Ahora
siendo juzgado por mi pasado y en una situación de completa claustrofobia, de
inmovilidad absoluta, de silencios internos, de ruidos de calle. Escucho a la
gente que se acerca, no logro distinguir lo que dicen, todos hablan al mismo
tiempo y transforman palabras en sonidos onomatopéyicos de angustia que hacen
que mi claustrofobia aumente cada instante. Siento una capa húmeda que se
desplaza por mi rostro, cubre mi vista y sin detenerse sigue bajando.
Cada
intento por moverme es una invitación al más agudo dolor, quiero que esta
inmovilidad en la que me veo obligado a
permanecer deje de asfixiarme. No veo que cada instante de mi vida pase cerca
de lo que soy ahora, como si fuera la película de un niño que se hace hombre
hasta que un día mientras cambiaba la canción de un disco y escucha el
estruendo de un impacto directo, tal vez ese privilegio sólo lo tienen las personas
que sobreviven a un encuentro cercano con la muerte para poder contarlo mil
veces y sentir que la vida en su injusta repartición de segundas oportunidades
no se olvidó de ellos. Tal vez estos sean mis últimos minutos de vida.

Espléndida narración de esos minutos irreparables donde toda una película pasa por nuestra mente.
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